sábado 25/9/21

La Real Academia Española de la Lengua, la Gramática de la Lengua, y la Real Academia de la Historia. La manipulación de las conciencias

Si la lengua castellana hubiera sido un instrumento del poder del rey en aquellos tiempos, lo que habría hecho es establecer su imposición en los reinos y en sus dominios; algo que ni siquiera se planteó y nunca se hizo.

Instalados ya los Borbones en España (y siguiendo éstos el modelo francés de imposición y anulación de voluntades y culturas), se crea en 1713 la Real Academia Española de la Lengua con el objetivo primero y claro de evitar la corrupción de la lengua castellana, y ya más tarde (y siguiendo el modelo de la Academia Francesa) de hacer realidad en el reino un exclusivo uniformismo lingüístico que se correspondiera con el nuevo Estado centralizado borbónico surgido de los Decretos de Nueva Planta.

El primer tomo del diccionario apareció en 1726, y su fin era fijar la lengua castellana “dominante en la Monarchia Española”

La apoteosis de la relación entre poder político e idioma la constituiría la Real Academia Española, una forma de regalismo estatal, que además era, al parecer, un apéndice del Consejo de Ministros de los Borbones del siglo XVIII. Y al igual que se había dotado el Estado de unas nuevas leyes comunes (que eran las de Castilla, con la excepción del reino de Navarra y las Vascongadas), también así se debía de utilizar una única lengua (que a partir de entonces sería el castellano), convertida ésta desde este momento (y por obligación) en la única lengua oficial y particular reconocida por el Estado; a imitación de lo que ya empezaría a ser una realidad en las incipientes naciones de la “revolución industrial” de finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Bien es cierto que al principio (misión y objetivo último de la Real Academia Española) esto no era así, como afirmamos al comienzo de este capítulo; pues el objetivo de la Real Academia era doble: la elaboración de un diccionario y de una gramática. El primer tomo del diccionario apareció en 1726, y su fin (con el de la gramática, que apareció en 1771) era fijar la lengua castellana “dominante en la Monarchia Española” e “instruir a nuestra juventud en los principios de su lengua, para que hablándola con propiedad y corrección, se prepare a usar con dignidad y elocuencia”.

Ni el diccionario ni la gramática (como se lee en sus prólogos), excluyen a las otras lenguas hispánicas, ni tampoco obligan a usar el castellano en los otros reinos de la monarquía; salvo la limitación del Decreto de Nueva Planta. Porque si la lengua castellana hubiera sido un instrumento del poder del rey en aquellos tiempos, lo que habría hecho es establecer su imposición en los reinos y en sus dominios; algo que ni siquiera se planteó y nunca se hizo. Por lo tanto, no sería justo decir que existe (al principio) una conexión entre los objetivos de la Real Academia y la marginalización de las otras lenguas regionales, como es evidente y se ve al día de hoy; pues claramente vemos que muchas han sobrevivido hasta nuestros días en buenas condiciones.

Si bien es absolutamente cierto que con el transcurrir del tiempo esta situación de subordinación de las otras lenguas que no eran el castellano, sí que se iría dando de manera progresiva y en detrimento de las “otras lenguas regionales”; que era como entonces se nombraba a esas otras realidades lingüísticas diferentes del castellano. Lo cual dice mucho a favor del mantenimiento y el empleo de la lengua cántabra hasta tiempos muy recientes y próximos al actual siglo XXI (junto con el empleo de las otras lenguas peninsulares) en sus áreas respectivas de demarcación y natural dominio.

Este trabajo crítico debía de ser en última instancia compatible con la historia “sagrada” de los reyes de España

En “Historia de España (Vol. V): Reformismo e Ilustración”, el profesor Juan Ruiz Torres dirá: “La comunidad política en torno al rey, y la patria que se imponía a las otras patrias (y era la única que merecía tal nombre vista desde la corte), debía tener una sola lengua, y esa lengua cultivarse con esmero para mayor gloria de la patria, en singular; que se identificaba con el estado dinástico”.

Se trataba en consecuencia, de crear un modelo uniformista de dirección sujeto y sostenido por y con las mismas leyes, en un único reino administrado a través de una sola lengua. Modelo que es completamente opuesto al de la “Monarquía Compuesta” defendida por los austracistas, los cuales admitían diversas “patrias” o comunidades políticas; las cuales a su vez disponían de sus respectivos derechos y libertades.

La creación de la Gramática de la Lengua en 1771 durante el reinado de Carlos III, serviría (no al principio, pero sí más tarde), sin duda (y con gran pesar para el resto de las lenguas ibéricas), para afianzar de forma definitiva e impositiva esa forma de operar y de hacer política, solo en favor de la lengua imperante y “oficial” en detrimento del resto; ya que entonces tan solo hablaba la lengua castellana (y no del todo uniformada) no más del 40% de la población del aquel entonces en España: aproximadamente 10 millones de personas. Y en donde la anulación de la diferencia sería y comenzaría a ser a partir de entonces, la norma y la natural conducta coercitiva de unos gobernantes hasta el presente siglo XXI, al menos en lo que respecta claramente a esas otras lenguas llamadas “no oficiales” o “reconocidas”; como en esta ocasión y en este caso es y le sucede al cántabru.

Otro pilar destacado del absolutismo borbónico en contra de las identidades y de las lenguas naturales y legítimas de España, fue la creación en 1738 de la Real Academia de la Historia; cuyos miembros recibieron entonces el privilegio de ser nombrados “criados de la casa real”. A su origen, en parte reaccionario, y en parte conspirativo contra las otras lenguas nacionales y minoritarias (les estaba permitido eliminar documentos y manuscritos de las otras lenguas peninsulares), había que sumar el hecho de que una parte de sus integrantes pretendía depurar con saña “de la historia de España invenciones basadas en leyendas y cronicones falsos”.

Esta actitud no permitía, en modo alguno, dejar espacio a ningún otro tipo de nacionalismo, y como tal, finalmente logró imponerse con relativo éxito en la antigua Corona de Aragón

Es decir, todos aquellos sucesos, manifestaciones y hechos culturales y lingüísticos, que pudieran debilitar o poner en tela de juicio la naciente, y desde entonces, “reformada” lengua castellana. Si bien este trabajo crítico (en el fondo una auténtica revisión y manipulación de la verdadera historia de España) debía de ser en última instancia compatible con la historia “sagrada” de los reyes de España. Y aquí era en donde verdaderamente se producía un auténtico “choque de trenes”, pues la tradición realista hispánica no era la de imponer idiomas, sino la de mantener los dominios y la fe.

Acerca de esta revisión (invención) de la historia, ya tenemos en Cantabria ejemplos más que magníficos y suficientes, como, por ejemplo, ha sucedido con la apropiación indebida asturiana de la Reconquista; así como con lo de la posterior dinastía española que surgió en la Liébana. Pues bien, con la lengua cántabra, esta usurpación y manipulación de la historia ha corrido la misma “suerte”.

La contribución de la Real Academia de la Historia al modelo cultural uniformista borbónico, fue aún mayor si cabe que el propiciado desde la Real Academia Española de la Lengua; ya que su principal objetivo era crear un nacionalismo dinástico a la manera del francés: uniforme y centralista en torno a la corte del monarca absoluto y de sus acólitos.

Esta actitud no permitía, en modo alguno, dejar espacio a ningún otro tipo de nacionalismo, y como tal, finalmente logró imponerse con relativo éxito en la antigua Corona de Aragón. Aunque las visiones alternativas (igualmente españolas y de raíz austracista) y de repulsa hacia esta nueva forma de hacer política no desaparecieron, como bien se demostró y quedó patente en 1729 con la fundación (y sin apoyo oficial) de la Academia de las Buenas Letras de Barcelona; heredera de la austracista Academia de los Desconfiados. En catalán, Acadèmia dels Desconfiats, la cual promovía el estudio de la historia, la lengua y la poesía catalanas de principios de siglo: 1700. Este reconocimiento real hacia esta institución no se produciría, no obstante, hasta que llegó el reinado de Fernando VI: 1746-1759.

Es con este panorama y bajo estas premisas de completa sumisión y negación de las otras culturas y lenguas de España, como se van a ir sucediendo los distintos reyes y reinados, gobiernos y constituciones, que hasta la fecha (y por lo que respecta al cántabru); aún no han terminado de reconocer su idiosincrasia, exclusividad y especificidad como se debería de una lengua que es única y singular: el cántabru. Lengua que, sin duda, entre todos y todas debemos de cuidar, proteger, relanzar, valorar y respetar… a fin de llevarla a sus máximas cuotas de divulgación, enseñanza y representatividad.

La Real Academia Española de la Lengua, la Gramática de la Lengua, y la Real Academia...
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