lunes. 08.08.2022

Lenguas propias e impropias. La politización de la Justicia

El nacionalismo lingüístico españolista siempre ha tenido miedo de que la lengua de Cervantes pase a ser o a tener el odioso papel de “lengua invasora".

La politización de la justicia (así como las diferentes propuestas por democratizar la Carrera Judicial) es quizá uno de los mayores obstáculos con los que se puede, o quizá se podría encontrar la muvición cantabriega ena decensa pola su lengua a la hora de lograr y conseguir sus objetivos de hacer del cántabru una lengua con plenosderechos y reconocimientos.

Y es que en verdad, por ejemplo, no se puede renovar el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) sin antes cambiar la ley, porque ello sería perpetuar el estado de politización en el cual se encuentra hoy y ahora la política española viciada de corrupción en los estamentos más elevados e institucionalizados. Y si antes se veía como “correcto” que la política influyera (en cierta medida) en la Justicia (porque se creía que era una forma más de democratizarla), ahora se ve que esto no es nada más que corrupción jurídica desvergonzada y escandalosa pura y dura llevado a su más alta representación. Y este estado de cosas podrían perjudicar, y mucho, el camino en favor del reconocimiento del cántabru como realidad jurídica, debido a la intervención de “agentes externos” y ajenos al verdadero proceso de recuperación cultural y lingüístico del cántabru en general.

Para los globalistas es siempre una gran mentira que las personas no se puedan expresar en su lengua propia

Por ello, y por ejemplo, ¿qué nos importa o qué nos debería de importar lo que dice o pueda decir un tribunal, si el deseo de sus habitantes es y pasa inexorablemente por hablar cántabru?

Por situarnos en tierras cercanas, en Tabayes más concretamente (situado en la ladera izquierda del valle del río Prada, a seis kilómetros de la capital, Martimporra), que es una aldea de apenas 60 habitantes en el concejo de Bimenes, el asturiano es “lengua oficial” desde el año 1997; pese a que la justicia anuló en su momento esa decisión de sus vecinos elegida de forma democrática. Sin embargo, poco les ha importado desde entonces a sus moradores las prohibiciones de la Administración, pues este pueblo continúa haciendo como “lengua oficial” el asturiano en su área de demarcación.

Independientemente de que los “papeles” no se hayan podido redactar a la manera oficial en asturiano, en todos estos años el ejemplo de este pueblo situado a 35 km de Oviedo, debe no obstante de servir al movimiento que propugna la oficialidad del cántabru, para que “de una manera simbólica” se pueda escenificar un sentimiento de apoyo y conformidad con la lengua propia.

Y es que para los globalistas y los apisonadores de lo que se da en llamar como “propio” o “singular”, “personal” o “íntimo”, es siempre una gran mentira que las personas no se puedan expresar en su lengua propia, sin embargo, se equivocan con intención y alevosía; pues al negar la evidencia de ello pretenden sacar “réditos y actos de fe”: si algo existiendo lo niegas, primero generarás dudas, luego despreocupación y, finalmente, y llegado el caso, oposición. Y claro, la cooficialidad de las lenguas de España no lo iba a ser menos, pues su argumento (y de los que piensan como ellos) es que la lengua que el Estatuto, o la Norma, o el Proyecto, o la Disposición… establece como propia deviene en la única oficial que en ese momento representa a esa colectividad o Estado; que en el caso de España es y sería solo y únicamente el español.

El resumen sería que la vanidad es defecto menor y la falsa vanidad incluso virtud. Pero cuidado con la falsa modestia

A estas personas uniformadoras de lo propio les asusta, por ejemplo, que los Estatutos de Autonomía en España puedan desarrollar su “propia lengua”, evitando así que esta riqueza colectiva de y para la Humanidad desaparezca. Y no ven bien que los territorios que poseen “lengua propia” se autodefinan de esta manera (lo mismo da en México, con sus lenguas originarias, que en Pakistán) en sus respectivos rasgos de identidad, porque (según ellos) y con “un recto sentido del lenguaje” (el suyo), esto significará (para ellos) que el idioma español (según su cosmovisión) quedará para siempre en el deslucido papel de “lengua impropia”.

Y es que el nacionalismo lingüístico españolista siempre ha tenido miedo de que la lengua de Cervantes pase a ser o a tener el odioso papel de “lengua invasora a la que hay que erradicar porque no es propia del terruño”. Pero se equivocan, porque la lengua española (castellana) es también, y ahora más que nunca, la lengua de los “prestigios” y de las “galas”, de las “conspiraciones” y también de los “devenires”.

Existe por otro lado una idea muy extendida que considera que solo las lenguas codificadas y con una tradición de cultivo escrito son lenguas de cultura. Pero lo cierto es que hay y sigue habiendo numerosas comunidades humanas con una tradición exclusivamente oral, cuyo grado de civilización y sofisticación cultural no se ha visto comprometido por no haber elaborado estándares para sus lenguas e incluso por ser ágrafas.

El prejuicio que escatima la condición de lengua de cultura a las lenguas no codificadas se debe a un entendimiento muy estrecho del concepto que se tiene del término “cultura”, pues todas las lenguas son por igual formas de organización social y creación cultural de los grupos humanos, y por supuesto, todas las lenguas que existen en el mundo permiten la creación estética. Que una lengua no tenga una tradición literaria escrita no significa por ello que no tenga tradición literaria oral.

Este tipo de razonamientos pueden y deben de esgrimirse con alegría cuando alguna persona “carente de cultura”, o bien de suficientes razonamientos e intelectos, diga con respecto del cántabru que nuestra lengua no es una lengua de cultura.

A esas personas habría que recordarles, por ejemplo, y además, lo que dice el diccionario al respecto de la modestia y de la vanidad. Como “modestia” se denomina la cualidad que modera nuestros actos y pensamientos, impidiéndonos creernos más de lo que en realidad somos, aunque también puede significar pobreza o escasez de medios o recursos. La “vanidad” es o sería arrogancia, presunción y envanecimiento, siendo su consecuencia más inmediata la insensibilidad.

Las personas que en Cantabria dicen que el cántabru no existe, no solo son vanidosas y soberbias, sino también poco modestas y, al final, muy arrogantes

Acerca de los falsos modestos se dice que cuando Ortega y Gasset hablaba de la vanidad francesa y de la soberbia española, lo que en verdad estaba haciendo era propinar la crítica más demoledora a los españoles, gente a la que solo la ironía más vanidosa puede salvar de un orgullo aún más que atávico. Una reflexión esta que viene a cuento, y a propósito, para esos ignorantes incultos que dicen que el cántabru no existe porque, sencillamente, estos seres lo desconocen, aunque también los hay quienes lo desean desconocer, y así luego es como lo transmiten a otras personas a sabiendas de que esto no es cierto.

Estas personas, en y con su falsa vanidad, y también modestia (la falsa modestia no es más que el pudridero de la soberbia), desean perpetuar su ignorancia haciendo o intentando hacer creer a quienes lo desconocen, que su opinión ignorante y nada científica, analítica y versada es la única, y en verdad la que en verdad importa y hay que tener en consideración. Estas personas adquieren entonces, y de manera inmediata por sus deleznables actos, el calificativo de soberbias.

Pero al soberbio se le descubre en dos actitudes que constituyen las dos caras de una misma moneda: Una es la susceptibilidad y el consiguiente resentimiento, la pasión más venenosa, más viscosa y también más pegadiza. Otra es la cargante costumbre de echar cieno o fango sobre sí mismo, o si se prefiere, toneladas de barro y estiércol para adelantarse a cualquier crítica ajena, que es lo que el orgulloso y el ignorante al final no soporta.

El resumen sería que la vanidad es defecto menor y la falsa vanidad incluso virtud. Pero cuidado con la falsa modestia, que suele resultar la máscara del orgullo y la marca indeleble de la soberbia, a la postre el primero de los pecados capitales.

Basten estas reflexiones para decir y recordar a esos que hablan de lenguas cultas e incultas, que en el centro de Nepal existe una tribu llamada kusunda, la cual vive en una exuberante selva tropical en el centro del país asiático-tibetano, y aparte de ser extremadamente pobre, una de sus características principales y más sobresalientes es que no tiene una palabra concreta para nombrar al color “verde”; al cual definen (como lo hacen los esquimales con la nieve) de múltiples maneras. Parece ser que esto se podría deber a que hay y existe tanta vegetación a su alrededor (por doquier y en suma abundancia), que en consecuencia no tienen ningún tipo de necesidad de describir lo obvio: el color verde.

Algunos lingüistas creen que los idiomas kusunda, burushaski, nihali y vedda se encuentran entre los últimos vestigios de idiomas arcaicos hablados en el subcontinente indio antes de la inmigración de los pueblos indoeuropeo y chino-tibetano, pueblos todos ellos que se caracterizan por ser sumamente prácticos y funcionales. Aparentemente, solo unos pocos ancianos dominan hoy el idioma kusunda, el cual se encuentra ya al borde de la extinción.

De igual manera a como los kusunda ven lo obvio al no tener una palabra concreta para referirse a lo que es de color “verde”, también habría que referir (y para el caso que nos ocupa) que las personas que en Cantabria dicen que el cántabru no existe, no solo son vanidosas y soberbias, sino también poco modestas y, al final, muy arrogantes.

Porque si no, ¿cómo es posible que esas personas (tan versadas y cultas ellas en el conocimiento de lo que es la lingüística y sus formas) desconozcan que, por ejemplo:

01. No es lo mismo un “consejo específico”, que al cántabru da: “belinde”, que un “consejo general”; que entonces ya da al cántabru: “conseju”. Cuando es un órgano consultor (consejo), o entidad estructurada, por ejemplo, al cántabru es: “conseju”. Pero cuando es “un consejo que una persona le da a otra”, entonces esta cambia a: “belinde”.

02. La palabra castellana y adjetivada de: “igual”, al cántabru de manera normal, habitual y general da: “igual”. Otra forma también usada es: “ingual”, esta última mucho menos frecuente y habitual.

La manera de decir “desigual” en cántabru es: “disigual”, sin embargo, a veces se escucha también: “dingual”. Una forma esta que a veces lleva a la confusión con la palabra: “ingual”.

Sin embargo, cuando “lo que es igual” es y adquiere la característica de ser “más específico”, “más determinado”, y al final, “más particular”; entonces al cántabru cambia a: “cuzpíu”.

03. “Engarmar” (y como forma verbalizada) es una palabra cántabra que significa al castellano: “engañar sin muchas consecuencias”. O si lo preferimos, sería lo más parecido a lo que es y se denomina coloquialmente: una especie de “mentira piadosa”.

Lumiar”, sin más, da al castellano: “engañar”. Es hacer creer a alguien por medio de palabras, acciones, etc., lo que no es verdad. “Engatar”, por el contrario, ya es diferente y dispar, pues se refiere a la acción del “engaño que es preparado y analizado, predispuesto y estudiado con clara conciencia y reflexión”.

El “engaño” (como forma sustantivada), y como expresión que propiamente es: “la acción de engañar, y que implica el disimulo a través del juego de las manos”; en Cantabria recibe el nombre específico de: “engalotu”, o también: “engalotu a tres pies”.

La palabra castellana, y también sustantivada (propiamente dicha) en la forma simple de “engaño”, recibe en el cántabru la concreción y la determinación de: “engatu”. Una forma ya mucho menos usada y habitual es la de: “engatura”. Esta última es quizá algo más coloquial, y hasta a veces, “perdonable”: un engaño bromista e inocente.

La forma verbal castellana de decir: “engatusar”, al cántabru es: “engalotar”, y también: “engamunir”.

04. Cuando los chichones (bulto que sale en la cabeza como consecuencia de un golpe) son de pequeñas dimensiones, entonces al cántabru da: “chinchón”. Sin embargo, cuando el mismo es llamativo, o bien de grandes dimensiones (más de lo que debería de ser habitual), entonces la forma a como mejor se conoce es: “drujón”.

05. La palabra castellana “patrimonio” da al cántabru: “patrimoniu”. Cuando hablamos de que ese patrimonio es un legajo (conjunto de papeles archivados, generalmente atados, que tratan de un mismo asunto), entonces la palabra más correcta es: “iratu”. También se emplea “iratu” para referirse al “patrimonio que es familiar”.

06. “Por su puesto” al cántabru es: “cacer”. Sin embargo, cuando lo que se da es por supuesto, y por lo tanto es absoluto (“dar por supuesto”), entonces al cántabru es: “aticuenta”.

Y como estos ejemplos hay cientos de ellos más, que quizá, y a lo mejor, desconocen esas personas que alegremente emiten juicios y opiniones acerca de nuestra lengua, sin por ello tener conocimientos, ni tampoco suficiente información y documentación al respecto. Si esto ocurre y sucede habrá que inevitablemente corregirles, y necesariamente mostrarles esa otra realidad que de seguro desconocen por los muchos años de continuada y permanente lobotomización social inducida por y desde los diferentes estamentos “oficiales”.

En resumen y para finalizar, lo primero que hay que hacer para oficializar el cántabru es lograr que los partidos políticos lo incluyan dentro de sus programas electorales. Solo así y de esta manera se podrá lograr que el cántabru inicie el camino y el cambio hacia su reconocimiento y su posterior oficialidad. Una vez logrado el consenso necesario, y el posterior acuerdo entre los distintos partidos políticos, declarar cooficial el cántabru sería un mero trámite previsto en la Constitución española, que en su Artículo 3.2 establece que “el castellano es la lengua española oficial del Estado”, y que “las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos”.

Lenguas propias e impropias. La politización de la Justicia
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