viernes 17/9/21

La implacable “inmersión” o el intento de eliminación del cántabru: siglos XIX y XX

Para que solo nos hagamos una idea de la débil presencia institucional que tenía entonces el castellano en el País Cántabru, basta con recordar que en extensos territorios montañosos apenas llegaban las señales-ondas de la televisión española.

El proceso de sustitución lingüística de la lengua cántabra en el País Cántabru en favor del castellano se reinicia con fuerza a principios del pasado siglo XX (década de los años 20, y ya en adelante), primero, y principalmente, a través del servicio militar obligatorio (que entonces duraba dos años), y ya más tarde (en torno a los años 50), a través del empleo masivo de los medios de comunicación (primero la radio y luego televisión); que desde entonces única y exclusivamente emplearán para la comunicación habitual el castellano en todas y en cada una de sus formas y modelos.

El uso de la lengua cántabra será decididamente menospreciado por las instituciones centrales españolas

Por el contrario, el uso de la lengua cántabra será decididamente menospreciado por las instituciones centrales españolas, y ya luego regionales impuestas desde Madrid. Para ello se iniciarán hábiles y mal intencionadas campañas de desprestigio hacia el idioma de los cántabros, prácticamente desde el comienzo de la II Monarquía Constitucional: finales del siglo XIX, a principios del siglo XX.

Esta situación y proceder tomaría forma, y ya carta de naturaleza, a mediados del pasado siglo XX. Así, los castigos públicos (por ejemplo, colgar una albarca del cuello a modo de risotada y escarmiento), y por supuesto, las llamadas de atención “para hablar bien” en las escuelas del pasado siglo en el País Cántabru (que no pocas veces venían acompañadas de humillaciones, cachetes y serias reprimendas), fueron continuadas y repetidas, permanentes y constantes durante décadas; pues su insistencia y perseverancia no conocían tener fin. Están más que constatados y evidenciados numerosos testimonios fidedignos de personas que nacieron en el siglo pasado que dan buena fe de esto que aquí se afirma y se manifiesta con absoluta certeza y veracidad, evidencia y seguridad.

Y así, y tras la finalización del franquismo (1975), esta situación de persecución y de desprestigio hacia la lengua propia de Cantabria no sería, ni corregida, ni tampoco subsanada por la denominada III Monarquía Constitucional Española: finales del siglo XX, a principios del XXI; pues de hecho aún continúa bajo otros sutiles y muy perfeccionados métodos de manipulación, de anulación y también de engaño colectivo.

Es un hecho real y constatado, indiscutible y verificado, que el País Cántabru era al finalizar el siglo XIX en un 90% cántabro hablante. Esta sociedad, que empleaba en la comunicación habitual dicha lengua sin ser ni tan siquiera consciente de ello (pues ninguna institución de “prestigio” o socialmente aceptada la defendía, como tampoco recogía su inmenso valor patrimonial), poseía entonces tantos o más voquibles que la propia lengua castellana peninsular; cuyo número en la actualidad (año 2021) es de en torno a 80.000 palabras, entre las que se encuadran también varios miles de anglicismos, americanismos, e incluso entradas provenientes de Asia y África.

Para que solo nos hagamos una idea de la débil presencia institucional que tenía entonces el castellano en el País Cántabru, basta con recordar que en extensos territorios montañosos (por ejemplo, del Pas) apenas llegaban las señales-ondas de la televisión española. Y así, hasta bien entrada la década de los años 80 del pasado siglo (y de esto yo he sido testigo por varios años), la que entonces era la UHF (segundo canal de la televisión estatal española de entonces); apenas se veía y escuchaba con claridad en amplias zonas y áreas de Cantabria. Lugar éste donde el castellano era, lógicamente, inexistente hasta hace apenas un siglo.

Me recuerda esta situación (solo que cambiando el escenario de lo lingüístico a lo religioso) a la que en su día nos relató el padre Juan de Villafane en su obra: “Relación Histórica de la vida y virtudes de la Excelentísima Señora Doña Magdalena de Ulloa y Osorio y Quiñones”, que cuando en 1598 (fecha de la fundación en Santander del Colegio de la Compañía de Jesús) los padres jesuitas salieron a convertir paganos en los montes del Pas; se encontraron “a gentes sumidas en la ignorancia religiosa y emprendieron una misión evangelizadora”.

Las primitivas creencias célticas aún continuaron practicándose, e incluso se sincronizaron con la nueva estructura religiosa asiática

Sin embargo, y pesar de todo, las primitivas creencias célticas aún continuaron practicándose, e incluso éstas se sincronizaron de una manera prodigiosa con la nueva y recién llegada estructura religiosa asiática. De hecho, las analogías llegan a ser tan chocantes, que incluso autores cristianos como Justino (que escribe en el siglo II) se vieron en la necesidad imperiosa de explicarlo. 

Según Le Goff (y por encontrarse cierta similitud con el apartado lingüístico) la cultura cristiana venció a la anterior cultura pagana al producirse tres circunstancias o procesos: a) La destrucción de los lugares de culto, así como de las imágenes y las formas que los antiguos pueblos europeos empleaban a la hora de expresarse. b) La sustitución (u obliteración) de los cultos paganos por otros parecidos cristianos que se superpusieron a los primeros. c) La desnaturalización o sustitución de las formas paganas, que vino acompañado por un cambio de significado.

Sin embargo, en una muy hábil y también perversa política de uniformidad cultural y lingüística, se proclamaba y se decía (por ejemplo, desde el poder oficial e institucional), que el cántabru estaba “disgregado” (como si el resto de las lenguas antes de ser “oficiales” o “institucionalizadas” no lo hubieran estado); además de que era una prolongación del castellano. Incluso, ya más recientemente, se ha llegado a inventar, e incluso a promocionar (sin absolutamente ningún tipo de base científica, constatada y realista) que el castellano nació en Cantabria.

Estas aseveraciones han servido durante mucho tiempo (y aún sirven) para continuar y proceder con un estado de aniquilación y subordinación del cántabru, con respecto a lo que es la lengua del Imperio (en este caso el castellano); pues hasta la saciedad se ha demostrado que el cántabru nunca es ni ha sido castellano.

La implacable “inmersión” o el intento de eliminación del cántabru: siglos XIX y XX
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