viernes. 24.05.2024

Cuando se está de invitado. Principios y valores

Y es que existen personas que hablan acerca del cántabru (y que ni tan siquiera han nacido en Cantabria, o bien no tienen ningún tipo de vinculación con ella), pero que no obstante, y a pesar de todo, sí que se permiten “el lujo de dar lecciones” acerca de lo que se tiene o no se tiene que hablar en nuestro país.

Algunas y algunos inquisidores” del cántabru (que haberlos “hailos”) se permiten el lujo de decir, por ejemplo: “tardeando”, “plazeando” y “ruleando”, pero luego son incapaces de “dar el visto bueno” a aquellas palabras, giros y expresiones que son propias de Cantabria. Cuando esto sucede (que por increíble que pudiera parecer, acontece) estas personas son, y de hecho se las puede catalogar sin remordimiento y sin compasión, de sencilla y llanamente con el cariñoso calificativo amable y no ofensivo de: “cortas” y “limitadas”, “menguadas” y “disminuidas” en su inteligencia y comprensión razonada de una realidad que tienen delante de sus ojos y narices... pero que no quieren o desean ver y reconocer.

No desperdiciemos la ocasión para hacerles comprender a estas personas “reducidas” y “pusilánimes”, lo que son y donde están, lo que dicen y lo que hacen, y, sobre todo, no perdamos nunca la sonrisa y las buenas formas y maneras con ellas, pues en su “membrada” visión de los hechos siempre se puede albergar la esperanza de que ellas no sigan viviendo una vida de “corta” significación y alcance, relevancia y trascendencia.

Y es que existen personas que hablan acerca del cántabru (y que ni tan siquiera han nacido en Cantabria, o bien no tienen ningún tipo de vinculación con ella), pero que no obstante, y a pesar de todo, sí que se permiten “el lujo de dar lecciones” acerca de lo que se tiene o no se tiene que hablar en nuestro país.

El paisanaje (origen) de estos seres es muy diverso y peculiar, pues los hay que son españoles, y otros que no lo son. Ambos grupos dicen y afirman cosas como estas que a continuación aquí se exponen y a muchas personas asombran: “Tenían que prohibir los dialectos y las lenguas que se hablan en todos esos sitios, y por lo tanto, las instituciones españolas tendrían que imponer el español, de manera que los que hablen esas lenguas y dialectos… que lo hagan cada uno con su familia en su cuadra, en su casa o en su pesebre o rebaño… Somos españoles y vivimos en España”.

Cuando estos seres (en un proceso aún de evolución y de readactación a una realidad que por lo visto desconocen) dejen de hablar o de exponer sus argumentos, lo que hay que decirles inmediatamente, y con gran amabilidad (pero sin ningún tipo de miramiento) es o podría ser algo muy parecido o semejante a esto: “Cuando se está de invitado se respeta la casa que te acoge, y si no, puerta”.

Si no lo entiende a la primera (porque esto también puede ocurrir y suceder), entonces lo que hay que hacer es repetirlo una y otra vez hasta que el ser lo comprenda y/o lo entienda convenientemente.

Y es que de acuerdo a la definición más extendida, los valores son aquellos principios, virtudes o cualidades que caracterizan a una persona, una acción o un objeto que se consideran típicamente positivos o de gran importancia para un grupo social.

Existen también los valores éticos y morales, los valores familiares y religiosos, los valores personales y de conciencia, etc. Sin embargo, y también, encontramos aquellos valores que son culturales, los cuales se relacionan con las creencias y con las costumbres que comparte un grupo de personas o una comunidad. Luego están los valores sociales, que son aquellos principios que reconocen y aplican los miembros de una sociedad para relacionarse entre sí.

A fin de cuantas los valores motivan a las personas a actuar de una u otra manera, porque al final estos forman parte de su sistema de creencias, determinan sus conductas, y, finalmente, expresan sus intereses y sentimientos más íntimos y personales. Además, los valores definen los pensamientos de los individuos y la manera en cómo estos desean vivir y compartir sus experiencias con quienes les rodean.

No renunciemos nunca a nuestros principios y a nuestras convicciones, a nuestros valores y a nuestras creencias por el hecho de hablar cántabru o bien estar en el camino de quererlo aprender y/o dar a conocer al conjunto de la sociedad.

Y es que hay y existen en el mundo personas que están más dotadas que otras a la hora de aprender otros idiomas, y esta es una circunstancia que no tiene por qué tener la mayor transcendencia si no fuera porque algunas de estas personas, en su afán de no reconocer sus propias limitaciones, “cargan” con la pesada frustración de decir: “que ellas o ellos no aprenden cántabru, por ejemplo, por ser eso “inútil”, “estéril”, “inservible”, “vano”, “ineficaz”, etc.

No es que estas personas se opongan en sí al cántabru (que habrá quien lo haga), sino que al no ser capaces ellas de dominar sus propias emociones y limitaciones, lo que en verdad hacen es cargar contra aquellas que sí que lo hablan o bien lo desean aprender. Una frustración ésta que se crea cuando una persona no puede satisfacer sus propias expectativas ante una situación concreta (deseo, proyecto o ilusión), y las emociones al final son las que le terminan alterando su propio estado de ánimo de una manera negativa; generando así y de esta manera un alto grado de fracaso y decepción, chasco y descalabro.

No permitamos nunca que estas personas con un ego no resuelto y no trabajado imposibiliten que aquellas personas que sí que desean aprender cántabru lo hagan en libertad y por propia elección.

El Periódico de Cataluña, un diario de información general de pago y de distribución matinal, editado en Barcelona, publicó el 3 de Octubre de 2021 una interesante reflexión, o si se prefiere, un artículo de Lucia Abadías López titulado: “Ya descuidamos el aragonés, que no sirva de precedente”. Por su interesante aportación aquí y ahora reproducimos con su enlace correspondiente al final:

Como aragonesa, me pregunto muchas veces qué hicimos mal para dejar ir uno de nuestros rasgos más importantes, la lengua. Ahora, que estudio en Barcelona, me he dado cuenta de la importancia de conservar el catalán en la educación, base del futuro. Tengo suerte por aprender en catalán. Suerte porque a nadie le deseo la tristeza que supone sentir haber dejado atrás una parte de todos aquellos que lo precedieron.

Aceptar la diversidad del territorio es lo único que hará que quepamos todos. Por el contrario, exigir a una comunidad que deje de comunicarse en su forma propia y particular es limitarla, querer destruirla. Tratar de eliminar lo que nos diferencia es una forma egoísta de imposición e intolerancia con un cierto matiz totalitario. Abrir la mente, permitirse el lujo de conocer la riqueza cultural de nuestro país y empaparse de curiosidad, de experiencias y de conocimiento, desde el respeto, nos permitirá avanzar hacia una sociedad más asertiva y, en consecuencia, próspera.

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