jueves. 01.12.2022

La censura y sus mentiras: el arte de la manipulación y del engaño

El conocido filósofo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche dijo una vez de manera acertada: “No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no podré creer nada de lo que me digas”.

La censura es tan antigua como lo es la misma comunicación, encontrándose miles de ejemplos a lo largo y ancho de toda la historia de la humanidad. Y si en cualquier momento ésta no se encuentra, o bien no se ve con claridad y exactitud, ello es debido a que, sencillamente, la historia no pocas veces ha sido contada, narrada, escrita y manipulada; por precisamente aquellas personas que desean exponer y mostrar una única visión unicista y exclusivista de unos hechos y unos aconteceres que les son propicios y favorables, convenientes y adecuados.

El conocido filósofo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche dijo una vez de manera acertada: “No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no podré creer nada de lo que me digas”.

La razón por la cual los embustes y las falsas creencias resultan más atractivas y sugerentes que las verdades, han sido objeto de varios y reputados estudios y análisis a lo largo (principalmente) de la última década. La primera conclusión a la que se llega es que a la inmensa mayoría de las personas no les gusta leer mentiras y embustes rocambolescos a sabiendas de que lo son. La segunda es que la totalidad de las personas desean que algunas falsedades sean ciertas. ¿Cuáles? Pues precisamente las que satisfacen dos de nuestras necesidades más básicas y vitales: las de certezas y las de resultados.

Las falsas y malintencionadas aseveraciones manipuladas que satisfacen el primer anhelo plantean respuestas sencillas a problemas complejos. Por ejemplo: “El castellano siempre se ha hablado en Cantabria porque no hay constancia de que antes pudiera existir otra lengua que no fuera el castellano”. Las que complacen el segundo son las que predicen un desenlace coincidente con nuestros prejuicios. Por ejemplo: “Es mejor que todo el mundo en Cantabria hable en castellano, porque las lenguas minoritarias en un mundo moderno y globalizado no sirven para gran cosa, o bien para nada”.

Eric Fromm (psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista), en su ensayo “Sobre la desobediencia”, decía que: “La censura eficaz no es aquella que se manifiesta a nivel de la palabra impresa o hablada, sino aquella que, incluso, impide que los pensamientos se vuelvan conscientes; reprimiendo así la sensibilidad peligrosa”.

Y es que en un mundo, a veces irracional, en donde la mentira es la falacia “lógica” más sofisticada, y en donde la dispersión de las ideas, junto al abandono de la racionalidad (la razón es una ciencia en la que hay que instruir y formar a la gente) es la estrategia de combate que se sigue y utiliza para derribar al contrario, o bien aquello que no es adecuado o afín a los intereses creados; cobra especial protagonismo el arte de la manipulación y del engaño. “Caloñas” (mentiras) o “macanas” (embustes) en cántabru, que, además, y para “cuadrarlo” o “redondearlo” todo, se autoproclama y adorna con los falsos dilemas y clichés de la más rancia hipocresía; al tiempo que adolece de un mínimo de congruencia o racionalidad histórica comprobada y/o verificada.

Ahora bien, el empleo deliberado del lenguaje para la confusión de lasconciencias y laocultación de la realidad es lo que se suele entenderpor manipulación. Y es que en el contexto de la confusión y de la sumisión de las conciencias, la manipulación se entiende más bien como la comunicación de los pocos orientada al dominio de los muchos. Se manipula por lo tanto y entre  tanto, cuando se producen deliberadamente mensajes que no concuerdan con la realidad social.

Si el lenguaje, dice el derecho, es en primer lugar un pensamiento, ¿dónde está entonces la seriedad de lo público y el valor de la palabra? ¿A dónde se ha ido la Grecia de Pericles?, aquel que fue en la antigua Grecia un importante, influyente abogado, magistrado, general, político y orador ateniense en los momentos de la edad de oro de la ciudad. ¿Dónde aparece o surge ahora el valor de la confianza, la certeza de los hechos contrastados y probados, y por extensión, la lógica accesible y entendible de la moral más virtuosa, honesta y prudente?

La palabra “falacia” proviene del latín “fallacia”, que daría: “mentiroso”, “falsario”. Y éste, a su vez, del verbo “fallere” (engañar), que por otro lado nos da: “falencia”, “falaz”, “fallo”, “fallar”. Se refiere pues a un fraude o mentira con la que se intenta dañar o perjudicar a una colectividad, o bien a alguien. También se refiere a las “fallas” o errores que se dan en la lógica del proceso argumental y constructivo.

El estudio de las falacias se remonta, por lo menos, hasta a Aristóteles (el famoso filósofo, polímata y científico griego del siglo IV a.C.), quien en sus “Refutaciones sofísticas” identificó y clasificó hasta trece clases diferentes de falacias. Desde entoncesse han agregado a la lista cientos de otras falacias, al tiempo que sehan propuesto varios sistemas de clasificación y estructuración; cadacual más complejo y diverso sí cabe.

Unas falacias que en los artículos que se van dando a conocer y exponiendo a través de las publicaciones se nombran (a veces sin ahondar en ellas completamente dada su extensión y número), y hasta tienen un recordatorio especial, que por otro lado es conveniente y muy adecuado revelar. No solo para la lógica, sino también para la política, la retórica, el derecho, la ciencia, la religión, el periodismo, la mercadotecnia, el cine y, en general, para cualquier área en la cual la argumentación, el juicio, la prueba, el discurso, la conclusión, la síntesis y la demostración sean de especial valor y relevancia.

Las falacias son verdades comisionadas y/o panfletarias, manipuladas y/o mediatizadas

Es decir, las falacias son verdades comisionadas y/o panfletarias, manipuladas y/o mediatizadas. O si lo preferimos: aquellas aseveraciones que son “cocinadas” en y con la falsa trazabilidad de los argumentos ilógicos y precipitados, disparatados y contradictorios, irracionales y absurdos, ilógicos y descabellados. También entran en esta categoría las “falsas pistas” (además de las medias verdades), al tiempo que todo aquello que es interesado y/o políticamente enmendado y/o corregido. O si lo deseamos, aquello que es trastocado y/o alterado por la absurdez de la incongruencia histórica y probatoria más elemental y harto evidente.

David García, investigador del Centro de Ciencias de la Complejidad de Viena (Austria), manifiesta que: “(…) las noticias, verdaderas o falseadas transitan sin filtro por el espacio digital. La desinformación viaja por las redes sociales seis veces más rápido que la información”.

El psicoterapeuta y divulgador español (en la radio, prensa y diversos medios de temas relacionados con la psicología), Luis Muiño, a propósito de las técnicas del “buen manipulador”, opina: “Resaltar las palabras y ocultar los hechos. Recurrir a eufemismos, no hablar claro, y esconder la realidad en una nube de palabras. Usar muchas frases humo y palabras bonitas que no quieren decir nada. Convertir todos los temas en viscerales, establecer una separación radical entre nosotros y ellos, además de apelar al miedo”. “(…) La violencia verbal es más eficaz que la física. La única técnica de persuasión que tienen los poderosos actualmente es el lenguaje”.

Los ejemplos son por miles, o mejor, por cientos de miles a lo largo de la historia de la humanidad. Pero como simple muestra reflejemos aquí (aunque sea solo por un instante), a aquel que afectó en su día al bueno de San Millán (Æmilianus o Emiliano) de la Cogolla (anacoreta que fue alumno de San Felices, y vivió del 473 al 574), creador de la comunidad mixta de eremitas de Suso; que luego daría lugar a uno de los focos culturales más importantes de la época medieval en el Sur de Europa.

Pues bien, resulta que San Millán ya fue en su día víctima de las noticias falsas o falseadas, al acusarle sus enemigos de malversar los caudales de la parroquia de Santa Eulalia de Berceo (La Rioja), motivo por el cual el obispo le expulsó para siempre del cargo que ocupaba. Así es como lo relatan “las redes sociales” de la época, que no son otras que las pinturas del friso del monasterio.

Valga este divertido y revelador ejemplo para mostrarnos de una manera sencilla, y porque no, hasta incluso cómica, como una de las mentiras más perseverantes y prevalentes (repetidas y trazadas por el establishment oficial de las últimas décadas), ha sido el hacernos creer (mito que afortunadamente hace ya tiempo que ha sido desenmascarado, y ya casi por completo desterrado y erradicado) al conjunto de la sociedad cántabra (y también española); que el castellano nació o surgió en Cantabria.

Ese establishment incluso se atrevió con insolencia a decirnos en épocas ya pasadas que es lo que teníamos que pensar, y de qué manera. Igual que en su día lo hicieron, por ejemplo, los cristianos de principios del siglo V d.C, cuando una turba de enloquecidos asesinaron brutalmente a Hipatia de Alejandría (la brillante matemática, neoplatónica elocuente y famosa por su belleza en el año 415 d.C.), por atreverse a pensar y a discernir lo que era o no oficial para su época: “Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera equivocada es mejor que no pensar”. 

Lo cierto es que la revolución tecnológica ha dejado al periodismo tradicional a los pies de los caballos de las grandes tecnológicas

Lo cierto es que la revolución tecnológica ha dejado al periodismo tradicional a los pies de los caballos de las grandes tecnológicas, por lo que la conclusión final que se puede extraer de todo ello es que, la manera en la cual hoy las personas se acercan a las noticias (antes las buscaban, ahora les llegan a través de las redes; a menudo ya “seleccionadas”), sin duda favorece el que muchas veces se difundan falsedades y tergiversaciones; las cuales (y ahora ya de manera más que descarada y escandalosa) son fabricadas y confeccionadas en los estándares de la jerarquización mediática más soez y tergiversadora, grosera y vil.

De hecho, algunos medios de comunicación son hoy el ariete y la herramienta más poderosa que utiliza la clase dominante para manipular a las masas, pues da forma y moldea las opiniones y las actitudes diversas y múltiples que puedan haber o existir; al tiempo que también define lo que es normal y/o aceptable. Incluso los medios de comunicación actúan en consecuencia, y, además, la prensa más seria, no pocas veces promociona el cotilleo más obsceno, el chascarrillo más desvergonzado, o cuando no, el escándalo más superficial; a fin de distraer de manera consciente (y demencial) la verdadera realidad de los sucesos y los acontecimientos que verdaderamente son más relevantes y transcendentes.

Es lo que se podría definir como la puerilización o infantilización de la información, que tan magistralmente encaja hoy en la sociedad compuesta por grupos de intereses; y que tan magistralmente bien describió en su momento el destacado economista y sociólogo estadounidense Mancur Olson. Y que no son sino unas facciones que actúan como pandillas de adolescentes (las unas contra otras, y en entornos donde escasea la responsabilidad y la sensatez), y en donde el grito, la pataleta, y el alboroto consentido, son vías mucho más eficaces para y hasta conseguir las ventajas y las prebendas más deseadas; que el simple mérito y/o el esfuerzo sostenido hasta alcanzar la recompensa deseada, fruto de un esfuerzo y de un interés lógico. Un marco éste donde predomina quien más “vocifera” o “confunde”, “escenifica” o “apabulla”. O, a lo mejor, el que tiene más y mejores amigos con y los mejores contactos y las mejores influencias, pero raramente quién aporta los razonamientos más detallados y explicados, versados y documentados, acreditados y prestigiosos.

Y es que el elemento primordial del control social no es otro que la estrategia de la distracción y del despiste, de la cual ya en su día (2002) tan magistralmente habló el escritor francés Sylvain Timsit en sus famosas “Estrategias y técnicas de los Maestros del Mundo para la manipulación de la opinión pública y de la sociedad”; las cuales son si cabe en los tiempos actuales tan reveladoras como lo fueron entonces. Y éstas consisten, principalmente, en desviar la atención de un público y de una sociedad que está dormida (o poco despierta), acerca de los problemas que de verdad y realmente son importantes y resaltables, notables y extraordinarios, valiosos y apreciables.

Y éstas (las distracciones), curiosamente, las deciden las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o la inundación continuada y persistente de entretenimientos y noticias con informaciones que son insignificantes y harto mediocres. Ya que la estrategia de la distracción es indispensable a fin de impedir que el público se interesarse por conocimientos esenciales en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología, la cuántica, o la cibernética; por solo nombrar algunos aspectos de entre los más notorios y relevantes.

A las aseveraciones o noticias falsas (de las que ya se hablaba, con otro nombre, en la Atenas de Pericles) se las llama hoy en día: “hechos alternativos” o “posverdades”. Y definirlas no es tan simple como a simple vista pudiera parecer. Y ello es debido a que una historia puede ser cien por cien falsa, o bien contener trazas de verdad en una escala que va “del falso casi en su totalidad”, al “falso en algunos de sus detalles menos relevantes”. Para más confusión a menudo tomamos por mentiras las opiniones con las que no coincidimos o estamos de acuerdo.

Y es que en verdad, las fake news (noticias falsas) son mucho más antiguas de lo que pensamos y podamos creer. Por ejemplo, una de las fake news más estudiadas es la mal llamada “leyenda negra” sobre la conquista española de América. Porque si bien nace en Holanda, es en Inglaterra donde se convierte en política de Estado. Luego la retoma Estados Unidos para inculcarle un falso nacionalismo a México, con el objetivo de desviar la atención hacia la conquista española, y no hacía el momento que provocó su subdesarrollo, que fue (entre otras muchas cosas más) el arrebato del 60% de su territorio nacional por parte de EE.UU.

Las fake news (noticias falsas) son mucho más antiguas de lo que pensamos y podamos creer.

El peligro no estriba tanto en la capacidad de las falsas noticias o aseveraciones para crear una realidad adulterada (pero verosímil), como en el hecho de que minan nuestra confianza en cualquier cosa que no hayamos vivido en persona. El “Diccionario Oxford” explica que el prefijo “pos” (en el término posverdad) no alude a una mera sucesión temporal (como en el caso de posguerra), sino a una nueva realidad en la que la palabra asociada a “pos” se ha convertido en irrelevante. Y así, la posverdad no haría referencia a una hipotética nueva verdad, sino a un contexto político y social en el que a nadie le importa ya si algo es cierto o falso. Y es aquí cuando ya comenzaríamos a entrar de lleno en el paraíso de los prejuicios y de las arbitrariedades, de los convencionalismos y de las afectaciones.

En definitiva, se favorecen esas noticias que hacen las delicias de un público con mentalidad adolescente (generalmente poco versada o instruida), al tiempo que se observa con preocupante perturbación la fuerte deriva que adopta la prensa escrita hacia estadios que ya rayan; lo que sin ambages se puede definir como el más puro entretenimiento (o bien la más pura y simple diversión) en detrimento (tristemente) de la información y el análisis más riguroso y empírico, razonado y veraz.

Es o sería lo que hoy se define como la “información espectáculo”, “el show de belén esteban”, “la preponderancia de las ubres y los glúteos”… sobre la opinión que es razonada y detallada, entendida y argumentada, reflexionada y analizada, estudiada y pensada.

En “Political Correctness: History of Semantics and Culture”, el que fue escritor y crítico de arte australiano, Geoffrey Hughes, explica que las variaciones del lenguaje, del significado, y hasta, porque no, del uso de las palabras, pueden ser espontáneos; reflejando así cambios previos en la realidad o en los valores de la sociedad. Pero también forzados, impulsados conscientemente por grupos de intereses, o, incluso, impuestos por la maquinaria propagandística del Estado.

El caso más extremo es la ingeniería semántica: una intervención autoritaria que, mediante la creación de un nuevo léxico, así como a través de la imposición de nuevos significados a las palabras existentes, pretende claramente manipular a la sociedad. Una vez roto el dique a los abusos del poder, caerá sobre todos nosotros un torrente de censuras, prohibiciones y penas. Y es que la corrección política, o bien el mundo sabiamente descrito por el novelista, periodista, ensayista y crítico británico George Orwell (“Un mundo feliz”), en la novela 1984 (con su famosa neo lengua); serían un buen y claro ejemplo de todo esto que aquí se expone y manifiesta.

El supuesto fundamental de la ingeniería semántica es que la modificación del lenguaje (y de los significados), redundará en un cambio del pensamiento y de las actitudes. Pero es ahí precisamente en donde fracasa este intento de modelar la sociedad a través del lenguaje. Pues como señala el psicólogo experimental, científico cognitivo, lingüista y escritor canadiense Steven Pinker en “The Blank Slate”, las palabras no son pensamientos, sino más bien meras representaciones o escenificaciones. Se puede cambiar la palabra, sin embargo, el nuevo vocablo acaba (tarde o temprano) impregnado por el antiguo concepto. Cuando esto sucede, lo que hay que hacer es inventar otra nueva palabra (con la intención de volver a distraer y/o manipular a la sociedad), y así sucesivamente, en una carrera alocada hacia la sinrazón y el contrasentido, la arbitrariedad y la falta de objetividad.

Surge así lo que Pinker denomina: “el carrusel de los eufemismos”, pues una vez que la nueva palabra (un eufemismo de la anterior) es aceptada de forma mayoritaria, al final ésta acaba adquiriendo la antigua connotación; si bien un tanto modificada y trastocada. Es entonces cuando comienza la búsqueda de un nuevo eufemismo que lo reemplace, cambiando así, y de esta manera tan perversa, el plan y la palabra, la estrategia y el valor de la semántica. Y así, sucesivamente, en un movimiento cíclico, igual que un carrusel que siempre acaba regresando a un mismo lugar; para al final no decir ni aportar nada constructivo y de valor.

En última instancia, la degradación del lenguaje es uno de los principales resultados de todo este juego semántico enloquecido y amorfo de nulos significados y peores instrucciones culturales. Y como las nuevas palabras son muchos veces eufemismos (es decir, rodeos para evitar expresiones francas o directas), y las siguientes son ya repeticiones de otros eufemismos, al final tenemos que los nombres van poco a poco perdiendo paulatinamente rigor, claridad y precisión.

La consecuencia final es que en última instancia el vocablo acaba completamente alejado de la realidad, cuando no despojado de su función descriptiva original, con lo que las expresiones (en su fase de conclusión) resultan ser tan exageradamente redundantes, ampulosas y cargantes (y tan ajenas a la economía del lenguaje); que notablemente se dificulta la expresión de lo que en verdad se pretende y se desea exponer.

Y es que en su arrogancia, los teóricos (o teocráticos) de la corrección política, lo que muchas veces pretenden y desean es arreglar el mundo inventando vocablos “perfectos”, “sublimes”, y/o “descontaminados”. Sin embargo, su uso (el inadecuado) reiterado lo que hace es desgastarlos, devolviéndolos de esta manera, y al final, a la vida más real; descubriéndose así su carácter más prosaico y vulgar.

Estos aconteceres suceden y acontecen cuando una lengua (por ejemplo, el castellano) se inserta sobre otra que es más débil (por ejemplo, el cántabru), y que luego parasita; al tiempo que ve como su esencia se ve progresivamente mancillada y despojada de sus valores más prosaicos y puros. Por ejemplo, en castellano, a una plaga de piojos o de ratones se la denomina como tal: “plaga de ratones o de piojos”. Sin embargo, en cántabru, el matiz cambia. Y así, a una plaga de ratones se la denominará: “ratazón” o “la ratazón”. Mientras que a una plaga de piojos se la definirá como: “piojazón”.

Cristina Soriano, que es una investigadora española del Centro de Ciencias Afectivas de la Universidad de Ginebra (Suiza), piensa que “las emociones negativas se perciben como más intensas que las positivas, por eso están siempre presentes en los discursos que tratan de manipular”_. De hecho, existen algunas lenguas que disponen de muy pocas palabras para hablar, por ejemplo, de las emociones; sin embargo (y por el contrario) en el castellano se usan cientos.

Quizá el castellanista no versado desconoce esto que desde Cantabria, y con amor, le recordamos a esos “puristas” del lenguaje de la manipulación y del engaño. A modo de ejemplo, y como simple muestra, nos recuerda la tradición popular, y luego el _palabreru_ o “diccionario” cántabru, acerca de los “ujujús” de Cantabria estos bellos y hermosos significados:

- Emitir el ujujú después de interpretar una canción: “Relinchar”.

- Emitir _relinchos_ después de cantar, o por cualquier otro motivo o razón. Algunas de estas razones tenían que ver, normalmente, con las celebraciones de bodas: “Agudar”. Los que las emitían recibían el nombre de: “Agudaris”.

- Grito agudo que se sucede al término de las canciones, dándose la circunstancia de que la terminología se emplea cuando los que gritan son un importante grupo o número representativo de personas: “Jiscaa-as”-“Jiscada-s”.

- Grito agudísimo emitido tras entonar una canción, o como muestra de alegría por algún suceso: “Jisquíu-os”. “Jujidu-os”.

- Grito gutural emitido al finalizar una canción, pero también por otra circunstancia muy particular. Normalmente se hacía al finalizar el trabajo o la faena: “Jujéu-os”.

- Grito agudo y prolongado, entonado o emitido tras de cantar una tonada o una canción que es relativamente larga, o bien más larga de lo normal: “Relinchu-os”. “Guséu-os”. “Ijujú-os”.

- Grito prolongado, entonado o emitido tras de cantar una tonada o canción. Y a diferencia del resto de _jisquíos_, éste se diferencia del resto por prolongarse en el tiempo (más de lo normal) a la hora de ser emitido: “Griju-os”.

- Ujujú relinchado lanzado después de cantar. Grito o chillido agudo emitido al finalizar una canción, a donde acude un importante número de gente: “Relinchíu-os”. “Chipilíu-os”.

- Ujujú relinchado lanzado después de cantar, o bien en otras diversas ocasiones. Estas ocasiones eran para dar la bienvenida a eventos importantes en el año, como el fin de año, el fin de cosecha, etc. Grito o chillido agudo emitido al finalizar una canción, o en otras diversas ocasiones: “Gucín-is”.

- Ujujú que se lanza después de cantar, pero cuando los que lo entonan lo hacen tras haber consumido más alcohol de lo normal, y ya van “con frescura” o “mojáos”: “Chipilíu-os”.

- Ujujú que realizan los que son aprendices: “Girina”. También oído: “gerinar”. Los que lo hacían antes eran los: “girinis”.

- Cuando el ujujú lo realizan los que son pequeños (niñas o niños pequeños), entonces es: “Chuscular”. Decían entonces: “_amira cumu chuscula_” (mira como ujujúa). Los que lo hacían eran los “chuscularis”, y los últimos, quizá fueron los de Las Suertes, en el barrio de Vegaloscorrales (Vegaloscorralis), en el Ayuntamiento de San Pedro del Romeral; lugar en el cual yo tuve cabaña pasiega. Y empleaban, quizá esta palabra, porque el diccionario cántabro posee una palabra para decir: “voltereta”; que en este caso es “_chusculumbru_”. Vocablo que está casi ya perdido y desaparecido, pero que no obstante está documentado en el libro: “Léxico cántabro”, de Miguel Ángel Saiz Barrio. Ediciones Tantín, 1991.

Visitar el claustro del monasterio de Yuso es evocador sugestivo, fascinante y sugerente, sobre todo si después de leer estas breves aportaciones, podemos tener mayor capacidad de discernimiento, al tiempo que una reflexión más clarificada. Y más aún hoy en esta era de la comunicación global (y a veces impersonal), es bueno que estemos atentos y siempre observantes; no vaya a ser que acabemos como los monjes medievales: dando vueltas y más vueltas bajo las arcadas de medio punto, y al final escuchando solo a nuestros propios pensamientos.

La censura y sus mentiras: el arte de la manipulación y del engaño
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