lunes 17/1/22

Aprendiendo a desobedecer y la corrección política

Mientras que la obediencia trata de uniformar a las personas en la sumisión a la norma (hablar solo y exclusivamente castellano, y/o inglés, por ejemplo), la desobediencia promueve un nuevo concepto de ciudadanía que reclama su protagonismo en la realidad que se desea y se pretende vivir: por ejemplo, tener la opción de también poder hablar cántabru.

Si por un rasgo definitorio se ha destacado precisamente el espíritu cántabro, este ha sido el de la desobediencia a las imposiciones y las normas que le han pretendido inocular y/o imponer desde fuera, bien por medio de la invasión y la anulación, bien por medio de la coerción.

Se podría llegar a decir que todas las personas participamos de ciertas manipulaciones que, o bien no vemos, o bien no las queremos ver. Normas basadas en premios y castigos, relaciones personales basadas en la dependencia y en los chantajes afectivos, por ejemplo, son hoy por hoy una ley, y hasta cierto punto también una norma; cuando en verdad esto no debería de ser nunca así. No obstante, ser conscientes de nuestra colaboración sumisa no tiene por qué implicar necesariamente un cambio inmediato, pero sí que es el primer paso imprescindible para cualquier proceso de superación.

El hablante de cántabru debe de perder el miedo a la desobediencia para así poder recurrir a ella cuando lo considere más oportuno. Así, y mientras que la obediencia trata de uniformar a las personas en la sumisión a la norma (hablar solo y exclusivamente castellano, y/o inglés, por ejemplo), la desobediencia promueve un nuevo concepto de ciudadanía que reclama su protagonismo en la realidad que se desea y se pretende vivir: por ejemplo, tener la opción de también poder hablar cántabru.

El miedo (junto a los inconscientes que siguen "la norma") nos bloquea más que la propia represión, influyendo en los deseos y en la conciencia colectiva

En los tiempos que nos han tocado vivir (tan trepidantes), los mecanismos de dominación, subyugación y anulación (ingeniería social) se hacen si cabe cada vez más sutiles que nunca antes en la historia de la conducción y la anulación de la voluntad. El miedo (junto a los inconscientes que siguen "la norma") nos bloquea más que la propia represión, influyendo así y de esta manera, en los deseos y en la conciencia colectiva para favorecer que sea de esta manera cada persona quien reclame, financie, y finalmente sustente su propio control y autogobierno.

Ésta es la gran victoria de la fase actual del globalismo: la que nos hace creer que somos los verdaderos protagonistas (y por lo tanto los únicos responsables) de la actual situación de injusticia y desamparo que nos ha tocado vivir. Y es que al poder no le preocupa que nos concienciemos, o que también las personas sean conscientes de que falta mucha más información de la que nos hacen creer. No, esto no necesariamente significa que esa sea la causa de la apatía social.

La historia y la experiencia nos demuestra que el tomar conciencia de lo mal que está todo no tiene por qué movilizarnos automáticamente en su contra. Necesitamos alternativas posibles, no que nos recuerden una vez más lo mal que está todo, y que tan hábilmente utiliza el Sistema cuando le viene en gana y le interesa para conquistar sus planes.

Y es aquí en donde entra de lleno la expansión y la divulgación del cántabru a todos los niveles que estos sean posibles, pues al poder no le preocupa que critiquemos sus medidas (cierta dosis de inconformismo es incluso necesario para hacer ver la "pluralidad" de opciones y legitimar el Sistema actual), sino que lo que en verdad le preocupa es que vivamos y disfrutemos nuestras alternativas (las que sean) de la manera que mejor decidamos; pues ello les socava profundamente su pensamiento único al temer que las opciones personales puedan extenderse hacia lo colectivo.

Al poder no le preocupa que vivamos de forma diferente de puertas adentro, pero sí que despertemos al resto de los "dormidos" humanizándolos

Al poder no le preocupa que vivamos de forma diferente de puertas adentro, pero sí que despertemos al resto de los "dormidos" humanizándolos. No desobedecemos para presumir, ni tampoco para enfrentarnos al poder en un suicida duelo desigual, sino que lo hacemos para abrir posibilidades de acción colectiva tratando de hacerla útil y adaptable a cada realidad: las personas que viven en Cantabria tienen derecho a poder expresarse y vivir su vida en cántabru si así lo desean y es ese su deseo.

Hay que ser muy conscientes de que cualquier poder mediático y económico perverso puede manipular (si lo desea y nos dejamos) a la mayoría "democrática" respetuosa del orden imperante, pero más difícil lo puede tener si ese Sistema se enfrenta a una ciudadanía que reclama su identidad desde la desobediencia: El deseo de aprender y enseñar, conocer y vivenciar el cántabru día a día en nuestra sociedad.

Sólo mediante la violencia es posible que una minoría imponga sus privilegios sobre la mayoría, como casi siempre ha sucedido. La desobediencia es pues democracia directa, y ésta solo conseguirá incidencia social si es respaldada y asumida por un número considerable de ciudadanas y ciudadanos que son responsables y muestran su deseo de querer vivenciar sus vidas en cántabru.

Una acción coordinada y debatida, analizada y consensuada (sin élites y sin jefes, al alcance siempre de las personas) es verdaderamente transformadora y vivencialmente amplificadora de realidades, al tiempo que también desenmascaradora de conflictos sociales latentes y violencia institucional (la que aplica el Estado español contra el cántabru); que sutilmente se instala en la sociedad mediatizada y anulada por la propaganda del Sistema que teme la acción directa no violenta más que a un "nubláu".

Cuando obedecemos por temor a las represalias, pero sin embargo conservamos la conciencia clara de saber dónde estamos y qué pretende quien nos obliga, nuestra obediencia se limita a ser una mera práctica ingrata. Esto es lo que actualmente les suceden a muchos cántabrohablantes, que se limitan a castellanizar sus vocablos y a anularse, a fin de así poderse asimilar a la norma. Es entonces cuando la obediencia nos convierte en cómplices de aquel que nos manda, pero nos lo invisibilizan repartiendo esa responsabilidad entre múltiples pequeñas colaboraciones ciudadanas, que son a veces más vigilantes (al estilo guardia y/o policía) de la norma (la castellana) que el propio Sistema anulador que desea con sus colaboradores acabar una lengua y una realidad cultural que es diferente y diferenciada.

A desobedecer se aprende desobedeciendo y aprendiendo de la propia práctica

Por lo tanto, a desobedecer se aprende desobedeciendo y aprendiendo de la propia práctica, y fundamentalmente, reflexionando de nuestros errores y aciertos. Por eso, si en algún momento te dicen que vas por mal camino porque hablas cántabru, muy posiblemente es porque a estas personas les asuste que vayas por tu buen camino. Es mejor ganar e ir ganando pequeños espacios de libertad (ir poco a poco expandiendo la conciencia de hablar cántabru en todos los espacios que esto sea posible), que pasarnos la vida deseando la plena libertad de poder hablar cántabru sin conseguirlo.

Por lo tanto, la corrección político-lingüística es a día de hoy una de las peores armas de destrucción que sobre las lenguas en los tiempos presentes se puede ejercer. Y es que parafraseando al filósofo francés Gilles Deleuze en su libro: "Pourpalers, 1972-1990", podemos leer de hace ya varias décadas lo siguiente: "La dificultad hoy en día no estriba en expresar libremente nuestra opinión, sino en generar espacios libres, de soledad y silencio en los que encontremos algo que decir. Fuerzas represivas ya no nos impiden expresar nuestra opinión. Por el contrario nos coaccionan a ello. Qué liberación es por una vez no tener que decir nada y poder callar, pues solo entonces tenemos la posibilidad de crear algo singular: algo que realmente vale la pena ser dicho".

Nada de lo que hoy está sucediendo puede entenderse sin considerar la perversa acción de los políticos durante las pasadas décadas: su intromisión en la vida privada de los ciudadanos, su insistencia en legislar basándose en lo que llamaron derechos colectivos y, especialmente, su pretensión de imponer a la población una nueva ideología: la corrección política. Esta es, y ha sido por mucho tiempo el hablar castellano única y exclusivamente en Cantabria.

Esta forma de actuar y de proceder ha acabado al final por comprometer la libertad individual, la igualdad ante la ley, los principios, la honradez, el juego limpio, el pensamiento crítico y, por supuesto, el bienestar económico de todo un pueblo. Pues cuando se impone una única univisión, necesariamente, y por desgracia, se suprimen también otras muchas cosas y valores propios que son de una cultura y de una sociedad.

Los esfuerzos humanos que suponen lograr una existencia satisfactoria y pacífica, no pocas veces han conducido al desastre, porque, desgraciadamente, no es difícil encontrar una causa defendible y alguna especie de bien tras cualquier acción reprobable. Si esto resulta cierto en el caso de la conducta individual, la vida colectiva presenta ejemplos mucho más claros de la amenaza que supone el empeño de tantos por imponer un orden inobjetable, que en última instancia pasa por acabar con las "lacras" de la existencia.

Existen intereses que pretenden que nos entreguemos a cualquiera, o a muchas de esas obsesiones unidireccionales

El problema es que existen intereses que pretenden que nos entreguemos a cualquiera, o a muchas de esas obsesiones unidireccionales: por ejemplo, abandonar nuestras lenguas nacionales, sin hacernos antes siquiera un par de preguntas muy elementales. La primera, saber si es al menos posible eliminar esa sustancia cultural propia e intrínseca de un pueblo (que hay que borrar en este nuevo mundo globalizado), y la segunda, si, caso de poder lograrlo, no daríamos lugar a consecuencias indeseadas y, posiblemente, peores que la "distorsión" supuestamente erradicada.

Los políticos descubrieron que dividir a la sociedad en rebaños (en constante pugna entre ellos) es la mejor forma de controlarla. Por ello, la política sin alma ha primado siempre (y antes) los "derechos colectivos" (según le convenga y decidan legislar) en detrimento de los derechos individuales, unos derechos grupales que implican, por definición, la prevalencia de unos grupos determinados en perjuicio del resto.

La consecuencia más grave, sin duda, ha sido la quiebra de la igualdad ante la ley, pero también el decaimiento del esfuerzo y de la eficiencia; dado que cuenta menos el mérito individual que la pertenencia a un grupo. O la desaparición de la responsabilidad individual, porque, al fin y al cabo, si los sujetos se ven obligados a compartir el fruto de sus aciertos, ¿por qué no habrían de trasladar a los demás los costes de sus errores? El sistema de favores, prebendas y privilegios acaba deformando la mentalidad de muchas personas, genera ciudadanos infantiles, acostumbrados al paternalismo, y al final, se dedica más a reivindicar que a esforzarse por conseguir unos logros adecuados y valorables.

En este estado de ingeniería social calculada y premeditada al final el Estado es siempre el financiador de la política cultural, y es esta la razón última por la cual al final ese mismo Estado acaba por pervertirlo todo a su conveniencia o la de terceros, muchas veces indetectables o escondidos al gran público general que es distraído y hábilmente manipulado en el circo de lo aparente y lo vanal. Y es así como llegamos al final a la conclusión de que la conexión de determinadas clases de políticas con la élite cultural constituye la clave de la dominación cultural, y al final social y existencial de un pueblo o una colectividad. Que para el caso que nos incumbe, es y sería, la superioridad de una lengua sobre otra que no tiene posibilidad alguna de opinar y de poderse defender.

Daniel Bell, uno de los sociólogos norteamericanos liberales más interesantes del siglo XX, hablaba en 1976 en "Las contradicciones culturales del capitalismo", de la fusión de la clase política con la élite cultural. Dicha absorción o maridaje era inconveniente en democracia, decía, porque la cultura entendida como la exploración de la existencia humana en lo relativo a la vida, la muerte, el amor y el odio, se concebía como una respuesta a lo existente, no como una confirmación del poder.

Y es así como vemos que la cultura en las décadas de 1960 y 1970 (con el Mayo del 68 influyendo decisivamente en las mentes de los jóvenes de la época y por ende en las sucesivas generaciones) se había convertido en el eje central del discurso oficial, donde el poder establecía las instituciones como canalización cultural y la subvencionaba, convirtiéndola así en parte de la conciencia colectiva amalgamada con la determinación del Estado, que en última instancia es quien dicta la "moral", y al final, quien otorga legitimación a la acción estatal.

Es esta fecha del Mayo del 68, el momento clave que hace posible que muchas lenguas de Europa (que hasta entonces han estado acalladas o suprimidas) comiencen de nuevo a experimentar un importante resurgir. Circunstancia que no ocurrirá con el cántabru, dado que la fusión de la clase política con la élite cultural, no acaba por determinar la batalla del lenguaje a través del dominio de la educación, de los medios de la información, o bien, de la cultura en general; que entonces está firmemente anclada y sujeta por el Estado a su norma y disciplina férrea y exclusiva.

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