viernes 17/9/21

Aguantis, ensin atetuya y ensin distraición

Una de las razones por las cuales el cántabru en los últimos años ha empezado a resurgir se debe, principalmente, al empleo sistemático de la paciencia, el cual es un rasgo de las personalidades más prudentes y avezadas.

“Aguantis, ensin atetuya y ensin distraición”, o lo que es lo mismo al castellano: Paciencia, sin duda y sin distracción.

Al castellano, la palabra “paciencia” proviene del latín “pati”, que significa: sufrir. De hecho, el participio “patiens” se introdujo al castellano como paciente (en los hospitales) con el significado de: el sufriente, el que sufre. Una palabra ésta castellana que difiere de la cántabra, pues ella es: “aguantis”.

La tradición filosófica define la paciencia como: “La constancia valerosa que se opone al mal, y a pesar de lo que sufra el ser humano no se deja dominar por él”. Aristóteles en sus “Éticas”, alude a la paciencia como virtud con esta significación: “El equilibrio entre emociones extremas o punto medio: metriopatía”.

Hay que vertebrar la recuperación de la lengua cántabra en tres direcciones principales

En castellano a la paciencia se la eleva a la categoría de ser “la madre de la ciencia”, dando a entender la importancia de su papel. Los franceses consideran que “con paciencia y diligencia se llega lejos”. Para los italianos la paciencia está ligada a la “expresividad”. Los portugueses sustituyen la palabra “diligencia” por la palabra “perseverancia”. Los alemanes y los griegos creen que “la paciencia todo lo logra”. Para los suecos la paciencia se liga a “la modestia y a la humildad”. Los rusos creen que a veces la paciencia tiene que ver a cómo una persona se coloca los “tápochki”, o “pantuflas”. El pictograma chino para la paciencia (se pronuncia “rèn”) y combina los términos “soportar”, “aguantar” y “autocontrol”. Para varias culturas orientales la paciencia es fruto de un complejo entrenamiento, siendo pocos los que están preparados para asumirla.

Una de las razones por las cuales el cántabru en los últimos años ha empezado a resurgir se debe, principalmente, al empleo sistemático de la paciencia, el cual es un rasgo de las personalidades más prudentes y avezadas. Y aunque no es menos cierto que la paciencia es la virtud de quienes saben sufrir y tolerar las contrariedades y las adversidades con fortaleza (sin prácticamente lamentarse), tras ésta y su proceso, lo que ahora se pide es “pasar con premura a la acción” con inteligencia y coherencia, afinidad y correspondencia, alianza y adaptación.

Pues es éste, sin duda alguna, el proceso necesario e imprescindible que han sufrido todos y cada uno de los pueblos y culturas, que, pacientemente, han sabido aprovechar sus circunstancias y situaciones a la hora de no ser engullidos por esa ola de indiferencia y anulación; a la que muchas veces tan dados son en los tiempos más recientes de la historia de la humanidad los pueblos sin alma y sin dignidad que sobre otros ejercen su absoluto poder y dominio.

Hay por tanto que vertebrar la recuperación de la lengua cántabra en tres direcciones principales: la educativa, la familiar y la social. En este sentido resulta fundamental ampliar la oferta educativa en cántabru en los lugares que están más predispuestos para ello, trabajando con esfuerzo a fin de poder hacer con el tiempo que el cántabru llegue a ser la lengua vehicular en la enseñanza.

Claramente ya se han superado con creces los prejuicios lingüísticos en el siglo XXI en contra del cántabru

A ello hay que sumar la creación de espacios de encuentro de la comunidad cántabro hablante, fomentado de esta manera la creación cultural, la labor literaria, la parte investigadora, y, finalmente, potenciando la visión artística; así como la colaboración con instituciones y empresas para visibilizar y normalizar el uso del cántabru en el conjunto de la sociedad.

Son y deben de ser los consejos y las diputaciones comarcales quienes se encarguen de aplicar convenientemente, adecuadas y eficaces políticas lingüísticas a fin de poder revitalizar la lengua cántabra. Y para ello nada mejor que exigir que en los presupuestos locales y comarcales haya dotaciones económicas para que se puedan hacer efectivas conclusiones y pautas, que, sin duda, se reclaman con urgencia desde hace tiempo en favor de una lengua que se encuentra en la actualidad claramente amenazada en todo el territorio; habiéndose producido una bajada histórica en el número de personas hablantes como consecuencia de una mayor minorización y un menor uso social.

En buena parte de nuestras comarcas y valles, los cambios sociales han producido que el mantenimiento familiar que ha permitido la supervivencia de la lengua en el siglo XX, en la actualidad éste se encuentre inmerso en una acuciante y severa crisis en el siglo XXI; debido a que la transmisión familiar está rota en buena parte del territorio cántabro, hablándose ya continuamente con los hijos solo en familias concretas y determinadas del territorio.

En aquellos lugares en donde se produce más transmisión de la lengua a las nuevas generaciones, la despoblación muchas veces hace que la transmisión no se produzca con eficiencia y garantías suficientes, lo que unido a la mayor presencia de parejas mixtas (compuestas por una persona que lo habla y otra que no) hace que los niños y niñas que hablan cántabru sean cada vez más una minoría en las escuelas de lo que lo eran antes sus padres. Esta situación de indefensión y de minorización programada e inducida no se debe de consentir, ni tampoco permitir y tolerar por ya más tiempo.

Ahora, que claramente ya se han superado con creces los prejuicios lingüísticos en el siglo XXI en contra del cántabru, es hora de pasar claramente a la acción, con paciencia y mesura, pero sin pausa; pues tanto las personas que lo hablan, como las que no, consideran que la lengua cántabra es un patrimonio importante al cual hay que prestar especial atención, proteger y preservar con garantías suficientes de transmisión intergeneracional.

Desde la esfera pública e institucional al cántabru se le sigue tratando como un acontecimiento folklórico y/o anecdótico

Existe un consenso amplio en el deseo de que la lengua cántabra se mantenga y crezca, prospere y se implante; lo cual se une al deseo (por parte de sus hablantes) de que son conscientes de la necesidad de aplicar una efectiva y adecuada política de impacto a todos los niveles para revitalizar la lengua desde todos los campos: ayuntamientos, comarcas y comunidad autónoma.

Sin embargo, no pocas veces, los hablantes patrimoniales de cántabru presentan una profunda desconfianza hacia unas instituciones que no se terminan de posicionar e implicar claramente, como, por ejemplo, no se hace en otras partes del Estado que cuentan con una lengua propia que desean visibilizar y dar a conocer. Ello es debido, principalmente, a la débil gestión que se hace en favor de una más adecuada y correcta implantación lingüística, que sin duda ha de ser escalonada y pausada, analizada y consensuda.

A todo ello se une la percepción que existe por parte de la comunidad cántabro hablante, de que desde la esfera pública e institucional al cántabru se le sigue tratando como un acontecimiento folklórico y/o anecdótico: algo que no tiene mucho valor y utilidad. Es hora de que esta situación cambie y sea de una vez definitivamente revertida.

Al final, y con todo, el auténtico resumen que mira por la implantación de una verdadera política lingüística en favor del cántabru, pasa por priorizar políticas lingüísticas que estén orientadas a una mayor presencia en las escuelas que compense la pérdida de hablantes familiares, unido todo ello a un programa de revitalización lingüística. Para ello hay que contar con las familias del territorio que deciden transmitir la lengua a sus hijos e hijas de una forma consciente e implicada, y para todo ello es necesario un compromiso claro y decidido por parte de las diferentes Administraciones e Instituciones.

Por lo tanto ellas pueden y deben facilitar, por ejemplo, vales (económicos, de comida, de la luz, etc.) a aquellas familias que voluntariamente decidan enseñar el cántabru a sus hijos e hijas. Deberían de contemplarse, de una vez y ya para siempre, este tipo de actuaciones e intervenciones (o bien otros parecidos), de la misma manera que se realizan para y con otros fines sociales y específicos determinados.

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