domingo 20/6/21

Anillo Verde

Este proyecto del Anillo Verde ha supuesto un desembolso de dos millones y medio de euros de nuestros impuestos. Los resultados, francamente, parecen una farsa.

El proyecto del Anillo Verde de la Bahía de Santander, cofinanciado por organismos europeos y autonómicos y coordinado por la Fundación Naturaleza y Hombre, ha suscitado elogios en artículos de prensa y entre nuestros políticos que ejercen o han ejercido cargos de gobierno. Pretende frenar la pérdida de la biodiversidad del entorno de la Bahía de Santander y acercar la naturaleza a los ciudadanos.

Si valoramos los resultados de tales inversiones y trabajos, durante los aproximadamente cinco años que duró la ejecución del proyecto, uno no puede más que quedarse estupefacto y pensando que alguien debe estar muy confundido.

En este proyecto a menudo se definen las actuaciones de un modo impreciso, lo que delata la falta del rigor científico que debiéramos esperar de acciones tan respaldadas. Por ejemplo, se habla de un “anillo” cuando no hay continuidad alguna entre los espacios gestionados que justifique esa denominación. Por otro lado, llamarlo “verde” puede deberse a la omnipresencia del color que la naturaleza nos regala en el norte peninsular, lo cual no es un mérito del citado proyecto.

Después de veinte años trabajando en Alday, no han sido capaces de erradicar las temidas plantas invasoras que persisten en la cuarta parte de su extensión

El supuesto anillo se compone de diez reservas. La de la Cueva del Juyo es de una superficie menor que la de un campo de fútbol, constituida principalmente por una explanada de grava: ¿no se pretenderá aprovechar la explanada como aparcamiento? El Monterín es otra reserva, que apenas se conoce, cuando estás cerca de la entrada ni la ves, aún preguntando a los vecinos es complicado encontrarla. La atraviesan una línea de alta tensión que afea el lugar y otra de media tensión que puede ser peligrosa para las aves y, lo peor de todo, con un acceso franco al precipicio de una cantera, sin ninguna señalización de peligro. Peñas Negras es otro de los espacios, en donde para sembrar arbolitos se talan encinas, acebos y un rico sotobosque; además de tener una cantera al lado, con las molestias y los peligros que ello conlleva. En el Pozón de la Yesera, la gran mayoría de los árboles plantados no prosperan, al igual que en otras reservas; con vallas de madera caídas, peligrosas barras de acero en sus prados y con una factoría en ruinas, con tejados de uralita y sin impedimento ni advertencia alguna del peligro que entraña su acceso. De las conocidas como Marisma de Engoa y Marisma de Alday esperaríamos restauraciones tales como las lógicas recuperaciones de sus flujos mareales; de esa manera desaparecerían la multitud de especies consideradas invasoras con la sola ayuda de las mareas, de paso se recuperarían unos de los ecosistemas más biodiversos del planeta y, además, dejaríamos de depender de nuevas inyecciones de subvenciones. Después de veinte años trabajando en Alday, no han sido capaces, estos afamados técnicos, de erradicar las temidas plantas invasoras que persisten en la cuarta parte de su extensión; aunque nos saldrá mucho más barato que no lo hagan.

En la isla de la Campanuca, aseguran que han desbrozado plantas invasoras y en su publicidad se observa un operario trabajando con una azada: ¿no saben estos especialistas que el lugar está catalogado como yacimiento arqueológico y los materiales romanos y medievales aparecen en la superficie?

El culmen de los despropósitos es la actuación en la Ría de Solía, en el lugar de Morero. Allí existió un longevo bosque, de unos cincuenta años de antigüedad, pleno de biodiversidad animal, el más rico en muchos kilómetros a la redonda, con varias especies protegidas por las directivas europeas y una deslumbrante y variada flora. Hace unos doce años, el eje de la Autovía Ronda a la Bahía hubo que desplazarlo, con respecto al del proyecto original, unos 150 metros y construir un viaducto para salvar tan importante enclave natural, por las alegaciones del Gobierno de Cantabria y del Ayuntamiento de Villaescusa. La Confederación Hidrográfica del Norte también alegó en favor del arroyo de Morero por su importancia ecológica. Pues bien, allí se han talado once hectáreas de árboles a matarrasa, incluso autóctonos, sin que conste que haya un permiso expreso del Servicio de Montes del Gobierno de Cantabria; en pleno periodo de  nidificación, afectando a unas veinticinco especies de aves (la SEO BirdLife reflejó en un informe solicitado por el Gobierno de Cantabria esa abundancia de aves reproductoras); se desvió el arroyo de Morero sin autorización; se aplicaron indiscriminadamente herbicidas compuestos de glifosato; se realizaron intensos movimientos de tierras en dominio público de Costas, sin proyecto; se han afectado restos de la arqueología industrial en el enclave de mayor concentración de infraestructuras de toda la minería de la Sierra de Cabarga… Ahora nos encontramos con un imponente barrizal y en compensación con un irrisorio número de arbolitos plantados.

Este proyecto del Anillo Verde ha supuesto un desembolso de dos millones y medio de euros de nuestros impuestos. Los resultados, francamente, parecen una farsa.

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