sábado. 02.03.2024

Lo que el Smartphone se llevó

Los Smartphones han ido a dar al traste con esos músicos o poetas que nos regalaban unos minutos de su arte a cambio de unas monedas, o de la mirada complaciente del pasajero, sin más. 

Confieso que cuando voy a comer a casa de mi madre y suena el teléfono fijo, me quedo mirándolo primero a él (al aparato) y luego a ella, para ver si se trata de un fenómeno tipo poltergeist  y si se queda paralizada ante un sonido que a mí se me antoja ancestral. He de decir que mi madre lo descuelga con la naturalidad de una vida entera haciéndolo, pese a que también tiene, a sus 88 primaveras, un Smartphone. Pasado, presente y futuro conviven en esa casa.

Yo soy asiduo usuario del metro, siempre rápido e infalible. El otro día me subí y me dio por observar con ojo antropológico lo que hacían los viajeros mientras esperaban a que llegara el vagón. No negaré que la estampa en el andén del metro no me sacudió, ni siquiera me sorprendió. Quizás porque yo fuera uno más de la tribu. 

Parecíamos cuidadosamente colocados, como para una obra de teatro, esperando al vagón, alineados con nuestros Smartphones fijamente sujetos entre nuestras manos, sin utilizar el sufijo del phone. Todos andábamos, concentración máxima, en nosotros mismos, viendo y riendo y reenviando el último meme (memo), cual artículo de fe. 

Había eso sí, algún rara avis que osaba hablar por teléfono, con sus pendientes blancos, los del logo de la manzana mordida, gesticulando en acalorada conversación, ajenos a que todo lo que dijeran podría utilizarse en su contra. Este espécimen es uno de esos a los que luego se les llena la boca de privacidad e intimidad, sin ser del todo consciente de que le está contando a los que no llevan auriculares, amén de a su mujer, lo poco acertada que estuvo  su madre – de ella- con su comentario en la cena. 

Una vez en el vagón, un par de músicos callejeros, afinaban sus instrumentos. Son esos que pasaron la reválida para tocar en espacios públicos, ese doctorado en música callejera que instauró en mal momento Espe Aguirre, como si el valor de tocar en la calle o en el metro no fuera ya, una cátedra en sí. 

Los músicos desplegaban sus útiles para amenizar al personal, con una canción, para acto seguido pasar la gorra y saltar al vagón  de al lado. Pobres almas, pues todos los que poblábamos el vagón íbamos equipados con nuestros auriculares, con o sin "alambre", aislados de cualquier acto terrenal. 

Los Smartphones han ido a dar al traste con esos músicos o poetas que nos regalaban unos minutos de su arte a cambio de unas monedas, o de la mirada complaciente del pasajero, sin más. 

Les hemos silenciado con nuestra desconexión. Mucho talento perdido. ¡¡¡A tocar a la calle!!!

No sé si las generaciones que nos siguen serán autistas sin diagnosticar, o auténticos prodigios de tanta información digerida a través de todo tipo de dispositivos que consumen vorazmente. Tampoco hay que descartar que las generaciones venideras sean más bien escasas en número, pues la gente ya no quiere tener hijos; prefieren tener Smartphones y/o mascotas.

Vivimos en un país con más líneas móviles (55 millones y subiendo) que personas, (47 millones, grosso modo), incluyendo a aquellas que, por su corta o avanzada edad, no pueden usarlos. La conclusión más lógica que me viene a la mente con la frialdad de este dato, es que vivimos mucho más conectados, pero mucho más aislados que nunca antes. 

Estamos pagando un alto precio por el uso de los Smartphones. Nos han arrebatado un pedacito de humanidad, nos han robado los cafés y las largas tertulias de sobremesa, eso que tanto se estilaba antes...

Os dejo que suena el teléfono fijo de mi madre y eso....¡¡!Es algo importante seguro!!!!

 

Lo que el Smartphone se llevó
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