sábado 4/12/21

De Portugal al 20D

Apunten el mensaje porque lo escucharemos desde ya por aquí: “Ya ha pasado lo peor de la crisis y un cambio de gobierno provocaría una inestabilidad, que el país no se puede permitir”.

El pasado domingo se celebraron elecciones en nuestra vecina Portugal, tantas veces lamentablemente ignorada. En ellas, la derecha que gobierna Portugal, el PSD/CDS-PP, el hermano luso del Partido Popular, fue el partido más votado (36,8%), aunque perdió la mayoría absoluta y 24 diputados.

En la oposición quedan el Partido Socialista (PS), el Bloco de Esquerdas (el homólogo portugués de Podemos) y la izquierda comunista, de fuerte tradición en ese país.  Parece complicado que lleguen a entenderse los tres partidos de izquierdas, condición inexorable para poder alcanzar una mayoría suficiente que le permita gobernar al PS. Esto permitiría un frágil gobierno a la derecha del Presidente Passos-Coelho, si consigue la abstención del Partido Socialista para su investidura, posibilidad que parece cercana, después de que su líder declarara como “insuficiente” los resultados del socialismo luso como para conformar gobierno.

Portugal ha sido el país que tanto la Troika como Merkel han puesto estos años como modelo, ha aplicado como alumno aventajado todas las recetas propuestas: subidas de impuestos de 3,5 puntos en el IRPF y subida al 23% del IVA, recorte del número de funcionarios, de las pensiones y de los salarios de la Administración y privatización de todo lo privatizable para obtener 9.000 millones de euros adicionales. A pesar de todo, nuestro país vecino mantiene una de las deudas públicas más altas de la UE (130%), ha sufrido la salida de 485.000 de sus ciudadanos en busca de un futuro mejor en el extranjero (casi un 5% de su población) y sólo en 2014 su PIB consiguió crecer un tímido 0,9% después de tres años de recesión. Nada de esto ha conseguido sacar al CDS-PP del Gobierno.

Passos-Coelho es el primer presidente responsable de la aplicación de políticas de austeridad impulsadas por la Troika que renueva su mayoría. Lo hace después de una campaña en la que el mensaje ha sido “ya ha pasado lo peor de la crisis y un cambio de gobierno provocaría una inestabilidad que el país no se puede permitir”. Apunten el mensaje porque lo escucharemos desde ya por aquí.

Estoy seguro que en Génova han tomado buena cuenta de lo sucedido en Portugal. De cara a las generales, el Partido Popular va a centrar su discurso en dos argumentos fundamentales. El primero, es presentarse como el partido que ha salvado del desastre económico a España y que la ha devuelto a la senda del crecimiento, aunque a muchos nos parezca que los problemas de hace cuatro años siguen tan vigentes o más que antes y que por el camino se ha salvado a la banca a un coste desorbitado, no así a la ciudadanía. El segundo argumento será que son el partido que garantiza la unidad de España, entendiendo por ello un inmovilismo tenaz frente a los movimientos que se están produciendo en Cataluña, justo lo que algunos entendemos como la peor postura posible para precisamente conservar la unidad territorial. Puro marianismo.

Pero esto puede ser suficiente para el PP. El discurso del miedo al cambio y la apropiación del nacionalismo españolista pueden arrastrar más votantes de lo esperado. Recordemos que a pesar de los más de 5 millones de parados que tiene este país, hay 17,8 millones ocupados de los que buena parte quieren creer que estamos en la buena senda y que ha disminuido el riesgo de perder el empleo o que incluso, podrían mejorar en el corto plazo sus condiciones laborales, craso error mientras exista una oferta tan numerosa y preparada. Frente a esto, o se presentan proyectos de Estado sólidos que transmitan confianza y seguridad o este país votará continuidad, ya saben, “virgencita que me quede como estoy”. Eso sí, por lo menos perderán 50 diputados.

Y mientras tanto, tenemos una oposición variopinta. De un lado, el PSOE, que ha ido a remolque toda la legislatura, sin entender el cambio que se le demandaba en las urnas, recogiendo sin gran coherencia propuestas y haciéndolas suyas en lo que parece un gran mosaico de retales y con un discurso que ni es chicha ni limoná. Nadie sabe realmente qué Estado propone el PSOE y se intuye que volvería a plegarse a los intereses de los grandes oligopolios, que son también los suyos, o los de sus amigos. Suerte tendrán, como sus homólogos portugueses, si mantienen el peor resultado de su historia, el de 2011.

Por otro lado, Ciudadanos, con ese nuevo impulso que parece que le ha supuesto las elecciones catalanas, quiere encarnar esa renovación moderada, sosegada dicen ellos. Es indudable que el partido de Rivera es un gran producto de alguna agencia de marketing, probablemente americana, pero esa renovación que pretende abanderar tiene un cierto tufo a oportunismo muy propio de la imagen de “el más listo de la clase” que parece querer transmitir. Entre el marketing pasado de frenada y la absorción de las bases del Partido Popular con ganas de medrar, el partido destila un más de lo mismo con nuevo traje de marca IBEX 35.

Por último, Podemos, centrado en la defensa de la ciudadanía frente a la casta, durante tiempo ocupado en su organización interna, ha perdido en la batalla dialéctica del abajo-arriba frente al izquierda-derecha y el españolismo-catalanismo. Tampoco dará tiempo a que la actuación de los diputados de Podemos en los parlamentos autonómicos sea visible, aunque estén generando una actividad que hace tiempo no se veía. Podemos necesita imperiosamente presentar un proyecto de Estado claro, que reenganche a aquellos que se ilusionaron con su nacimiento y venza los temores de aquellos otros que no se deciden a confiar en un proyecto que continúa poco definido. Recursos y capacidades para hacerlo existen, pero es urgente que se atraigan a sectores poco mimados como el funcionariado, la juventud, los pensionistas, los autónomos y los pequeños empresarios. Hoy, el proyecto de gobierno genera más incertidumbres que certezas, lo cual no es nada positivo ante un electorado que, al contrario que en Grecia, tiene todavía mucho que perder.

Quedan 75 días para las generales, que visto lo visto este año, es un mundo, pero o se ponen los partidos las pilas o volveremos a ver a Rajoy en la Moncloa. Y antes me cojo el petate que vivir otros cuatro años de marianismo.

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