martes. 27.02.2024

Hace un tiempo en una de mis visitas anuales a Madrid, quedé con amigos/as para contarnos las vivencias de los últimos tiempos. Estábamos sobrellevando la resaca (triste resaca) del 15M que mis amigos/as madrileños habían vivido en primera línea, acampados o visitando a diario las asambleas donde se cocieron los sueños que creímos -inocentes- que cambiarían el mundo. Cada generación tiene su pequeña revolución, algunas veces es violenta y corren ríos de sangre, y las más, como la de aquel florido mayo, fue hermosa, pacífica y tan poco perdurable como flor primaveral.

Andábamos contritas, frente a las cañas y los pinchos que el bar castizo y generoso a donde me llevaron mis amigos/as del foro, lamentando los sucesivos desengaños sufridos por nuestras diversas inocencias. Decepciones personales ante la ilusión generada, constatación de intereses mezquinos en quienes pensábamos altruistas y generosos, choques de egos enfermos que colisionaban con estruendo produciendo lluvia de meteoritos de infamia. Lloriqueando andábamos, dando cuenta, eso sí, de croquetas caseras, tigres bien rebozados y calamares a la romana (que no rabas, esas son genuinas de mi tierra) que apenas paliaban nuestro penar, cuando la decepción dio paso a la negación de esperanza. Se nos habían roto tantos sueños que solo nos restaba un nihilismo elegante y retirarnos a nuestros cuarteles de invierno embozadas en vestimentas de decepción y desengaño.

No había esperanza, clamábamos las más. No éramos capaces de articular grupos de trabajo libertario y asambleísta que se convirtieran en punta de lanza para una revolución pacífica, justa, equitativa y solidaria. El ser humano es mezquino, clamábamos irredentas. Nuestra psique busca poder piramidal, golpe de narcisismo que destroza el culto a la horizontalidad. Nada es posible partiendo de nuestra condición humana tan decepcionante. Clamábamos entre tragos de Mahou (aggg) y engullendo la croqueta con cuidado de no quemarnos la lengua.

Hasta que una voz se elevó por encima de nuestras cuitas:

"La cultura es la única revolución posible, quien quiera cambiar el mundo que luche y haga cultura”

“¡Ya lo tengo!” dijo la insensata a la que teníamos acogotadas por nuestros lamentos. Volvimos la mirada hacia ella con ojos interrogadores. “Ya sé la solución, estáis ahí lamentando que no es posible, que no hay redención, que no se puede…y sí. Yo sé cómo podemos hacer la revolución para cambiar el mundo”. La sonrisa de suficiencia asomó a nuestras bocas señoreadas por la sublime crema croquetera y esperamos la contingencia que nos iba a despachurrar de risa: “La solución es la cultura, un pueblo culto mejora, poco a poco, pero mejora. Un pueblo que lee, que ve teatro, que escucha música, que va a museos, mejora y la sociedad termina por ser más justa, más equitativa… La cultura es la única revolución posible, quien quiera cambiar el mundo que luche y haga cultura”

Os juro que el silencio cuajó la reunión, dejando muertas de pavor a las croquetas y  a los calamares que restaban en el plato común. La miramos como mirarán al Papa los cristianos, o la piedra de la Medina los musulmanes y nos quedamos en silencio, mascando, no la croqueta, sino lo dicho por la irredenta porque no pudimos rebatir.

Me dirán ustedes, queridas lectoras/es, que Hitler amaba la música, que pintaba cuadros (horribles, que yo creo que por eso se hizo nazi, de pura rabia por ser tan mal pintor) que Alfonso Guerra tuvo una librería y le gustaba Mahler… y tendrán razón. Hay gente culta muy cabrona, seguro, pero lo que es más seguro es que en una mente en barbecho crece la estulticia y el fanatismo mucho más fácilmente.

Tanto contarles para llegar al meollo del artículo que desarrollo ahora mismo. La cultura, la formación, el arte, la ciencia… es la solución. La única solución. Labrar con estas simientes la mente nos hace mejores. No a todas, pero sí a muchas.

Hay que culturizar, educar y formar para acabar con el horror machista

Observamos con impotencia cómo siguen asesinando mujeres con ese goteo de cifras, inexorable, de dramas continuos cada poco. Ese contar crímenes, abusos, violencia patriarcal sigue a pesar de leyes, de manifestaciones y de rugidos feministas… y nos preguntamos, ¿qué hacemos mal? La respuesta es la que dio mi amiga el día de las croquetas madrileñas: falta cultura. No faltan leyes más duras, no faltan penas más altas, ni cárceles más duras… Falta formación en las escuelas, institutos, centros cívicos… Falta organizarse para educar a nuestra gente en lo que es germen de violencia patriarcal para arrancar de raíz el conato antes de que crezca y se haga grande la planta del machismo invadiendo el corazón humano. Hay que culturizar con ahínco a las generaciones para que pisar, aunque sea levemente, o rozar, aunque sea de soslayo, los derechos inalienables de la mujer, sea visto como vemos la esclavitud o la Inquisición. Como pura lacra. Hay que culturizar, educar y formar para acabar con el horror machista.

Observamos que la sociedad repite viejos errores, intangibles errores, fatales errores, porque no aprende de la historia, por la simple razón de que no conoce la historia. Y elegimos a canallas para que nos gobiernen, o a orates que salen en la tele con motosierra dando gritos simiescos o diciendo boutades insultantes, votándoles porque nos hace gracia y porque no hay otra cosa, olvidándonos, que como pueblos, sí podemos lanzar a la sociedad la proclama de justicia, equidad y libertad.

La historia es esencial para aprender a vivir en sociedad porque es guía identitaria de futuro. Es el motivo de que se obvie con facilidad por quienes pretenden seguir mandando como lo hicieron siempre, con el convencimiento de servir a sus intereses o los de los buenos amigos y dando al pueblo por el mismísimo orto.

Sí existe una mínima esperanza de pervivencia en este imperfecto, pero hermoso mundo en que habitamos. Sí existe la más mínima posibilidad de rehabilitación y de avance social, hacia la justicia, la igualdad, la libertad, ese camino está empedrado de cultura, de arte, de educación, de aprendizaje a vivir y a socializar. Ese camino es únicamente la cultura. Porque no olvidemos que un pueblo culto se equivoca, pero mucho menos que uno que no lo es. Un pueblo culto si se equivoca da la vuelta porque conoce más caminos, sabe que hay más opciones. Un pueblo inculto es mucho más fácil que sigue al que grita, al que insulta y al matón del patio… No lo olvidemos porque queda poco tiempo para salvar la esperanza.
 

Del nihilismo a la esperanza
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