sábado. 30.09.2023

Dicen que les carboneres que tienen mui mala nota.
¡Carbonera ye la mia y nun la cambio por otra!

Copla popular

Y llegó la Huelgona. En 1962 las condiciones laborales eran infames en la mina y en el resto del estado. El franquismo rozaba el esplendor del desarrollismo sesentero, sin bajar la guardia de la represión feroz que se seguía blandiendo contra la mínima disidencia. Como ya hemos apuntado, los/as mineros llevan mucho hollín mezclado con coraje en la sangre y no se pliegan fácilmente.

La historia comienza de una forma un tanto banal. Un grupo de siete mineros está harto de las condiciones del trabajo. Destajos que cobran a mínimos después de jornadas de once horas, sin ninguna medida de prevención ante la silicosis que los acecha a todos con poca edad, o de seguridad. Si enferman nadie provee la subsistencia y los subsidios son inexistentes.

A finales de los años cincuenta, el cambio de un estado cuasi fascista a la liberación de la economía ha traído al país una inflación inasumible, se gana poco, y el hambre asoma por las casas mineras. Anita Sirgo, cuenta como hacía tortillas sin huevos, amalgamando con harina y agua las patatas fritas en manteca. En la cuenca, tal como decimos, el malestar arrecía, son solo siete que cuelgan linternas en las taquillas y en silencio se niegan a bajar al turno siguiente. Lentamente corre la voz. Se extiende el paro casi sin darse cuenta al resto de pozos de la cuenca del Nalón, quizá la gente está demasiado harta de represión, de censura, de fascismo.

Pronto se une la metalurgia, llegando el rumor a Vizcaya donde los trabajadores al completo paran las fábricas (Nicolás Redondo comienza su andadura como líder sindicalista) y al poco tiempo ha parado toda la minería y las empresas subsidiarias.

Las huelgas están prohibidas durante el franquismo, es delito y se juzga como sedición

Las huelgas están prohibidas durante el franquismo, es delito y se juzga como sedición. No hay sindicatos libres, la representación sindical está representada de forma risible por el Sindicato Vertical, totalmente plegado a la patronal y a los dictámenes de la dictadura, por lo que se carece de interlocutores en la patronal para entablar un diálogo con los huelguistas. Los mineros piden seguridad en el trabajo, revisión salarial, jubilaciones dignas y derechos sindicales. La iglesia de base que comenzaba su recorrido con la JOC y la HOAC, abre sus puertas para los asamblearios, aunque el obispo asturiano permite a las fuerzas del orden repriman dentro de la iglesia, olvidando el Concordato.

Comienzan las detenciones de los cabecillas. Los cuarteles de la guardia civil son nidos de torturadores psicópatas que rompen los cuerpos a base de palizas ante la mínima disensión al régimen. Quedan nombres de mandos intermedios (cabos o sargentos) de la guardia civil en el imaginario colectivo como verdaderos malvados que disfrutan con los golpes, con las torturas. Uno de ellos se viste solo con un bañador cuando interroga para no manchar de sangre el uniforme. Sangre minera, naturalmente.

No hay voces ni gritos, ni manifestaciones por parte de los trabajadores, solo silencio que se extiende como un manto por la cuenca, por eso han quedado para la historia dos nombres: La Huelgona y la Huelga silenciosa.

Los escasos socialistas que comienzan a conformar el núcleo de UGT se saltan la consigna de no colaborar con comunistas

El reto al régimen está servido. El PCE tiene miembros en la minería. Desde el exterior se ha cambiado la estrategia para derrocar a la dictadura. Lejos quedan ya las guerrillas del maquis, tan activas en el norte de España que han huido y sus integrantes fueron asesinados. La nueva consigna fue resistir infiltrándose en los resquicios que dejaba el poder. El Sindicato Vertical es uno de ellos, pronto se eligen enlaces sindicales con ideología comunista y socialista. La lucha está encabezada por el PCE, pero los socialistas deciden no hacer caso a las antiguallas que desde el exilio siguen detestando a comunistas con resabios de la guerra civil y se unen a los compañeros de lucha. Los escasos socialistas que comienzan a conformar el núcleo de UGT se saltan la consigna de no colaborar con comunistas. “¡Cómo no íbamos a ir con los compañeros frente a la dictadura!”, dicen los que han sobrevivido. Enseguida se entiende que la proyección política de la huelga es importante no solo por las reivindicaciones laborales sino que también como forma de atacar a un régimen cuyo fascismo se disimula de cara al exterior. Las voces de Pasionaria y de Santiago Carrillo lanzan proclamas de apoyo desde la Pirenaica y las noticias salen al exterior. La huelga se extiende como reguero por la toda la cuenca. Se para en Mieres, en Turón, en Lena, en Langreo, en Aller, en Laviana.

Cuando los huelguistas llevan tres semanas de paro, se desfallece. En las casas no hay jornal, los colmados de los pueblos mineros fían apuntando en cartillucas lo consumido por las familias, pero faltan fuerzas. Y ahí llegan las mujeres para apalancar la protesta.

Algunas, una minoría, ya están politizadas, son miembros del PCE que conocen bien la forma de luchar contra una dictadura que quieren tumbar. No puedo dejar de pensar en que hoy se utiliza la palabra “comunista” como insulto cuando debemos tanto a la gente que la llevó como bandera. Ellos y ellas, los/as comunistas, lucharon con denuedo por la libertad, democracia y los derechos. Y que mal agradece la historia de nuestro país su sacrificio.

Los esquiroles marchan a casa porque no soportan la presión femenina. La huelga no se rompe

Las mujeres se organizan, visitando a las menos movilizadas para explicarles que la lucha debe ser común. Lanzan octavillas y poniendo el cuerpo ante los esquiroles que van llegando como sustitutos de los huelguistas. Hacen muralla delante de la entrada de los pozos… llevan palos escondidos, por si hay agresiones saberse defender y maíz, mucho maíz en sus bolsos de domingo. Lo llevan para regar los caminos que conducen al pozo. Lo tiran a los pies de los esquiroles que tuercen los pasos ante la vergüenza de que las mujeres les llamen gallinas. La cobardía y la falta de compañerismo puntúa muy mal entre mineros. Los esquiroles marchan a casa porque no soportan la presión femenina. La huelga no se rompe. Con hambre, pero continua.

Dos mujeres encabezan la batalla, nombres que traemos, como el de Anita Sirgo, de la que dice Aitana Castaño, autora junto a Alfonso Zapico de Carboneras, que publicó la editorial Pez de plata: “todos en estas cuencas adoramos o deberíamos, porque es la memoria viva de lo que pasó en esas décadas o de Tina la de la Joécara”.

Marchan unidas, todas a una. Anita y Tina son detenidas, apalizadas con sadismo en el cuartel de la guardia civil, Tina morirá pocos años después como consecuencia de las torturas y Anita guarda como recuerdo una sordera de los golpes recibidos.

Noemí Sabugal ha publicado el ensayo Hijos del Carbón (Alfaguara, 2020), considera que es importante visibilizar ese papel de las mujeres en la historia de la minería. “No todo el mundo conoce el papel que tuvieron en la huelga del 62 cuando se manifestaban en Asturias, que tiraban maíz a los pies de los esquiroles para llamarles gallinas. O esas mujeres que fueron rapadas y que el pintor Eduardo Arrollo dejó plasmadas en unos cuadros que a día de hoy todavía son muy impactantes. Es necesario recuperarlo y recordarlo sobre todo porque su papel ha llegado hasta el final. En el año 2012, cuando se hizo la gran manifestación a Madrid se creó la asociación de las Mujeres del Carbón, de todas las cuencas mineras de España y fue muy importante”, confesó en entrevista al diario.es

Intelectuales, actores, actrices, literatos, científicos, las 102 firmas arañaron al franquismo el supuesto prestigio labrado en el exterior

Siguió la represión atroz, palizas, detenciones de hombres y mujeres a los que las torturas dejaron secuelas de por vida. Se levantaron voces en todo el estado, produciéndose la carta de los 102 personajes famosos, entre ellos, Nuria Espert, Carmen Martín Gaite, Dolores Melo. Encabezaba las firmas don Ramón Menéndez Pidal, a la sazón presidente de la RAE, que al ver el manifiesto corrigió alguna palabra, pero firmó sin dudarlo: “todo sea por molestar al cabrón de Franco dicen que dijo el sabio a los que le escuchaban. Intelectuales, actores, actrices, literatos, científicos, las 102 firmas arañaron al franquismo el supuesto prestigio labrado en el exterior.

Eran tiempos en los que en el ministerio de Interior era Camilo Alonso Vega, (llamado don Camulo por los próximos) y cada disensión al régimen se pagaba muy caro. La carta de las famosas se hizo pública con resonancia mundial, lo que supuso, como la misma huelga, un golpe al régimen de considerable entidad.

La noticia del paro nacional corría por la prensa mundial y la represión que se realizaba movilizaba las protestas de los trabajadores, estudiantes e intelectuales. Los países europeos tomaron en cuenta que el aliado franquista, el paraíso donde veraneaban, no tenía derecho a la huelga, ni a manifestarse, y que en las Comisarías y Cuarteles se torturaba sin consecuencias. El régimen no podía permitirse el descredito que dejaba en cueros vivos la realidad de una dictadura sanguinaria y fascista.

La huelga había comenzado a principios de abril, llegaba el uno de mayo, fecha que había descafeinado el franquismo con espectáculos de coros y danzas donde los “productores”, que no trabajadores, de la patria danzaban con entusiasmo para deleite del dictador, su señora y los ministros del gobierno. Se temía que ese día se incrementara la pelea laboral, por lo que el ministro General del Movimiento, José Solís Ruiz (llamado, la sonrisa del régimen) viaja a la cuenca asturiana para dialogar con los mineros. Es lo nunca visto en el franquismo ¡un ministro hablando con huelguistas! Recordemos que la huelga era considerada delito de sedición y penada con años de cárcel. Solís bajó a uno de los pozos, escuchó las reivindicaciones obreras que se atendieron, no sin antes conceder una subida de precio a la huya a la empresa, que compensara el dispendio salarial. Los trabajadores en cuyos pozos se sacaban muchos kilos de carbón notaron un gran aumento de los sueldos. La subida salarial no era lineal, sino que se aplicaba sobre el valor de lo extraído en los pozos. En cambio, los pozos que extraían menos mineral, las subidas se les quedaron cortas.

El triunfo de la Huelgona estaba servido. Ver cómo el franquismo se plegaba ante los mineros dio alas a la oposición que vagaba perdida en el exilio y oculta en el interior. Poco tiempo después, lideres de la derecha, liberales, y progresistas se juntaron para conformar un frente común frente al franquismo. Gil Robles, el líder de la CEDA, que alentó facilitando el golpe de Franco estaba entre ellos. Tarde, pero se llegó a reconocer que lo peor que podía pasar a un país era vivir en dictadura. Fue el Contubernio de Múnich, bautizado así por las huestes periodísticas del régimen, incluso movilizó a un titubeante Franco, que comenzaba su declive, para reunir a sus fieles en la Plaza de Oriente con el fin de clamar contra el comunismo, y la conspiración judeo masónica -vamos, como hace Ayuso cada poco, buena imitadora del dictador-.

El golpe que dieron la gente minera al franquismo fue el detonante de la historia que siguió. Hay historiadores que consideran que con la Huelgona comenzó la Transición. Otra cosa es lo que luego los liderazgos hicieran con ella.

La lucha de las mujeres fue imprescindible para el éxito de la Huelgona

La lucha de las mujeres fue imprescindible para el éxito de la Huelgona, quizá sin ellas, no se hubieran pasado de un paro poco significativo y sin mayor trascendencia. Consideramos de justicia traer sus nombres y poner rostro al tropel de mujeres que en los años sesenta se la jugaron. Algunas perdieron la salud y la vida, pero ganaron todas y todos. Y nos allanaron el futuro. Montserrat Garnacho publica en su libro «Mujeres mineras» in Asturias y la Mina, Ediciones Trea, Gijón, 2000.

Mujeres como María la polaina, Faela la francesa, Angeles la pulguina, Nieves y Sagrario las de Cuarteles, Leontina la de Santa Rosa, Gelina la pesquera o Malia y Encarna, las de Rozaes de Bazuelo. Como Marcelina la lampistera, que también tuvo que pegarle una somanta al vigilante por abusar de Rosa la tontina, y eso que eran primos. Como Flora la de Tablao, muerta en un derrabe una noche que habían ido todas juntas a robar carbón al quince. Como Inés y Fela, las de Tres Amigos, o Daniela la matona y Amparo, su hermana. Como Ángeles la nena, que hacía dos horas y media de camino desde Casorvía a los lavaderos y otro tanto de vuelta. Como Pilarona, que la despidieron de Nicolasa porque sí se quedó en huelga. Como Divina calicates, que abrió ella más metros de galería que túneles el tren. Como María la tarambana, que llegaba y se sentaba siempre a la puerta de casa a «echar el pitín» y primero estaba dos horas escogiendo las hebras de tabaco de entre los botones y los hilos que sacaba del bolso del mandil y echando cagamentos. Como Olvido la del cestu, que era ramplera, vagonera caballista, lavadera y pizarrera, todo a la vez, en la Carmona y en los lavaderos de Cuestavil y que murió reventada, silicosa. o como Pilar la de Romería y Nati la de Navaliego, que en vez de vagoneras eran cesteras, porque sacaban de la galería el carbón «a cestaos», o como Pacitona, que levantaba un yunque como si nada y que tenía una mula listísima y Ie decían siempre a su madre «¡vaya mula más lista que tien Pacitona, eh!» y contestaba ella «¡sí, pa lista la mula, pero pa fuerza, la mi fía!» Como Ramona la anisina, a la que también despidieron por beber. O Ramonina la de Ujo, que no pudo casarse con el novio, después de cuatro años, porque no podía dejar de trabajar hasta no sacar adelante a los hermanos, porque eran huérfanos y él ni quería que ella trabajara ni quería esperar más. O como Lola la carbonera, que nació en 1895 y se retiró en el 1965 y que murió a las puertas del siglo XXI, a los ciento tres años de mina…

Es de justicia, también nombrar a las 39 mujeres de Torre del Bierzo que en 1941 se rebelaron contra la falta de suministro de harina, que dejó desabastecidas las panaderías y sin valor sus cartillas de racionamiento. «Le echaron mucho coraje enfrentándose al alcalde, porque, aunque reclamaban lo que les correspondía por ley se jugaron que las encerrasen o las ejecutasen», asegura el autor del libro.

Tal como dijimos en el capítulo precedente, la normativa de la OIT no permitía la entrada de mujeres en los pozos, lo que hizo que, ante la presentación de candidatas a hacerlo en el año 1985, la empresa alegara que no era posible, con el cinismo característico del mejor patriarcado que se alía con el capitalismo con intereses hermanados. La historia de Concepción Rodríguez Valencia y su lucha por acceder a los pozos mineros en igualdad de condiciones forma parte de otro artículo que publicamos en nuestro magazine.

Hoy la minería del carbón está casi finiquitada. Las cuencas mineras, antes florecientes pueblos llenos de familia, de tabernas, economatos, colegios conforman ahora un paisaje desolado de abandono.

De los más de dos mil mineros de la cuenca asturiana, quedan poco menos de ochenta en la actualidad. De ellos algunas son mujeres, tanto trabajadoras de exterior, como de interior, también hay mandos e ingenieras. Fue un largo camino de lucha de gente brava y solidaria como pocas. La historia de la minería española, está trazada por el heroísmo, el dolor, el miedo y la muerte.

Lo que debemos tener en cuenta y no olvidar es que la minería también ha sido cosa de mujeres.
 

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