lunes. 20.05.2024

Nos despertamos un día con el sobresalto de que un presidente, que había hecho de la resistencia logo de poder, solicitaba tiempo para pensar si merecía la pena el sufrimiento que produce la larga mano de una sucia prensa, o libelo indecente, reforzado por una judicatura cómplice sin miramientos de un feroz ensañamiento, por más poder que se tuviera. Nos dejó perplejas la confesión que luego se deshizo como azúcar en agua, pero esa no es la cuestión. No era la primera vez que contemplábamos el desgarramiento de esa picadora de carne que es la sociedad que confluye en las cloacas más abyectas del reino de España puestas a funcionar con el fin de deshacerse de un rival político.

No era la primera vez, ya les digo… Años antes el vicepresidente del mismo país tuvo su epifanía renunciando al poder para olvidar el sitio, los insultos, el acoso personal y judicial que hacia él y su familia se había ejercido. Tampoco fue el primero. Mucho antes vimos caer a un juez prestigioso y valiente que se enfrentó a la mafia más truculenta que no pudo con él, en cambio fue triturado al querer meter mano al franquismo, no tan residual como inocentemente pensábamos.

Tampoco fue el primero. A partir del 2004, cuando el partido que siente que el poder es suyo y se afrenta con sangre cuando lo pierde, puso en marcha un ventilador de excrementos periodísticos que nos dejaron sin aliento y eso que veníamos del “vayase, señor Gonzalez.

A partir de esa fecha, cuando el PP aznarista pierde las elecciones y Zapatero toma el poder aupado por la ola de indignación que produjo un atentado consecuencia directa de una guerra infame, comenzó un viento huracanado a repartir bulos, maledicencias, mentiras y sospechas sobre el atentado que nadie dudó de quién y por qué. Solo ellos cambiaban el relato porque les convenía. El PP, como buena derecha de ancestrales mancebías no soporta perder, y como los malos jugadores, hace trampas todo el rato para tornar cuanto antes a encabezar las cotas de mando. Unas veces le sale bien, como el Tamayazo de Esperanza Aguirre, y otras no, como en las elecciones citadas.

He escuchado doloridas confesiones, alguna privada de la que no mencionaré más datos que los que la discreción y la falta de permiso de la interlocutora me permitió. Una vida que se cuajó durante ocho años que duraron los juicios, uno de ellos, mientras el juez se cortaba las uñas (sí, como suena, ¡se cortaba las uñas con un cortaúñas!, ¡un juez en pleno proceso!) mi interlocutora se jugaba inhabilitación, prestigio y salud mental. A Victoria Rosell la escuché durante dos horas desgranar un enredado drama que masacró su prestigio de jueza y dejó a su familia a los pies de los caballos.

¿Qué decir de Mónica Oltra? Sentimos rabia e impotencia cuando, dolorida conteniendo a duras penas las lágrimas, se asomó por las pantallas para avisar que pronto irían a por el resto porque las fauces de esa cloaca mediática de ultraderecha no se le paraba y crecía en hambre de desprestigio a inocentes. No se la escuchó, la dejamos en abandono y se despiezó su vida hasta que todo fue nada. Nadie le devolverá el sufrimiento, el desprestigio y una carrera brillante de brega política, añosa y dura.

¿Y el fuego amigo? Le pregunto a Verónica Ordóñez López. Con valentía se permite dejar su nombre como testimonio de un desmán consentido por compañeros/as de partido. Porque el caso de Ordóñez López fue propiciado por el que entonces era su secretario general, que quedó sin castigo judicial pero con la confirmación de que fue maltrato, aunque sin castigo, porque falta una ley que proteja a las personas con cargos políticos, como se hace con cualquier trabajador/a de España. Fue violencia, pero no delito, porque un cargo político no tiene leyes de protección laboral que le protejan. Así de sencillo. Así de infame.

Maltrato obviado por compañeras y mandos de un partido que, supuestamente vino a remediar la política de casta. No con Ordóñez López.

Verónica formó parte del primer Podemos, el rozagante de cuando Juan Carlos Monedero impulsó aquellos círculos que venían a redimir al pueblo del olvido procaz de tantos años de indiferencia intencionada. Formó parte del Círculo de Castro en el que desembarcó no sin polémica y con mano dura intentando encauzar con mejor o peor suerte y critica ante decisiones cuestionadas. La dureza en política puede ser virtud pero daña   produciendo heridas que no cicatrizan.

Fue elegida diputada por Cantabria en unas gloriosas elecciones en que ni nos creíamos que la izquierda del PSOE pudiera convertirse en voz potente parlamentaria. Tres diputados regionales eran un sueño inconcebible en una comunidad conservadora y fiel al poder perpetuo e incuestionable de un PP omnipotente y omnipresente.

Poco duró la felicidad; al poco tiempo las disensiones internas llegaron a más con un secretario general cuestionable. Como ejemplo les refiero que ante mis preguntas sobre un caso de violencia ejercida sobre una compañera, confesó que “yo cuando me enfado me caliento mucho y puedo llegar a las manos”… Con esos mimbres, imaginen ustedes qué tuvo que pasar entre él y Ordóñez López cuando ésta se mostraba díscola o respondona, mostrando un cariz de liderazgo que el mediocre SG, carecía. Imaginen…

Ordóñez López nos cuenta que tuvo que medicarse para soportar la legislatura, refugiarse en su gente para soportar el aislamiento de muchos compañeros/as que debieron escucharla y protegerla del abusador. No se hizo ni una escucha ni se ofreció la protección debida, según Verónica, que nos insiste que incluso hubo burlas y ostracismo por parte de prensa y la dirección del partido. Desde la dirección madrileña (el núcleo irradiador, ya saben) se le recomendó silencio para no perjudicar las campañas. Que eran riñas de compañeros, nos asegura Ordoñez López que decían los adalides de la nueva política, cuando los hechos ocurridos eran un enfrentamiento desigual en el que una de las partes era hombre, fuerte y agresivo y la otra, mujer que  se desmoronaba dando coletazos de rabia contenida por la falta de escucha, porque Ordóñez López, repetimos lo que nos cuenta, solo pedía amparo y escucha. Reitera que no lo encontró en su partido, o no lo suficiente. Confiesa, ante mi sorpresa, que tuvo ayuda de una parlamentaria del PP, y de la hoy presidenta del gobierno cántabro, María José Saenz de Buruaga que al menos supo levantar el teléfono para preguntar cómo estaba. Dos mujeres del PP hicieron lo que unos compañeros/as negaron.

En un comunicado remitido por el contendiente argumentó: "Creo que todo el mundo habrá tenido una discusión con alguien donde se ha subido el tono, se han empleado palabras gruesas y se han dicho cosas de las que después se ha arrepentido. No me siento orgulloso de las palabras y las formas que utilicé. Me he disculpado ante las compañeras en privado y ahora lo hago públicamente".

Los acosos no solo implicaron a la entrevistada, también fue denunciado ante los órganos del partido por una trabajadora del mismo y por Lidia Alegría, líder del partido en Santander, que ha manifestado en más de una ocasión haber padecido tanto por el trato dispensado por el SG, que jamás volverá a la política activa debido al sufrimiento y las secuelas que dejó el acoso vivido. El señor Blanco, concedió una entrevista a un medio local en donde realiza una declaraciones altamente insultantes hacia  esta última, refiriéndose de forma vejatoria a las relaciones personales que les unían.

Verónica Ordóñez López fue desmoronándose por momentos, denunció y emprendió un largo camino hasta llegar a una sentencia absolutoria para el demandado donde no se reconoce que su estado anímico fuera consecuencia del largo acoso laboral sufrido. Sí se reconoce que las relaciones eran malas entre los dos contendientes igualando a las partes sin observar diferencias entre abusador y abusada. Ordoñez López no recurrirá la sentencia, a pesar de no estar conforme y sentir que ha padecido una injusta indefensión, pero el cansancio y el deseo de pasar página, aun con las graves secuelas que ha dejado los difíciles momentos por los que ha pasado, la decidieron a seguir adelante sin más. Nos repite que ha podido salir del marasmo que la supuso todo el proceso de acoso, gracias a su grupo familiar y de amigos, a su fuerza y  defiende que la experiencia ha de ser útil para otras causas que no sean tratadas de forma tan injusta.

Ante mi pregunta de si el ser mujer fue determinante en su caso. La respuesta es clara.

-Por supuesto. De haber sido hombre nos hubiéramos enfrentado de igual a igual, o quizá él no se hubiera atrevido a agredirme verbalmente de la forma que hacía. Un hombre no se expone a una hostia de otro… o es más cauteloso.

Por tanto existe un segundo factor que determina el caso. Ser mujer en política tiene riesgo. Riesgo de agresión, riesgo de abuso, riesgo de sufrir discriminación y desprecio. Y todo esto dentro de un partido que lleva el feminismo como bandera y dice  detestar la vieja política conformándose como adalid de la nueva democracia. Una se pregunta ¿qué ocurrirá en los que ni son feministas ni enhebran discursos de nuevo cuño ¿Cuántas Nevekas guardan silencio dolorido en el mapa político español?

Preguntas sin respuesta, porque en la política existe maltrato, curiosamente más, mucho más frecuente hacia la mujer. Sigue habiendo desamparo como el que destruyó la vida de Nevenka años atrás cuando su jefe de filas la descalabró a base de acoso y ninguneos criminales hasta que empujada por una sociedad cómplice con el verdugo tuvo que exiliarse en Inglaterra, convirtiéndose en eso, exiliada del maltrato dentro de la política.

¿Existe el maltrato laboral en cualquiera de las profesiones? Sin ninguna duda, pero hay  leyes laborales que regulan y castigan con severidad el repulsivo delito. Dentro de la política, no, lo que potencia que el abuso y el maltrato verbal o físico, se produzca con más frecuencia de lo debido.

¿Es el caso de Verónica Ordóñez López excepcional? No puedo responder a esa pregunta, mucho me temo que no.

¿Maltrato en política?
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