domingo. 14.04.2024

Confieso que tiendo (mos) a despreciar o al menos a minusvalorar el intelecto de los componentes de la ultraderecha. Cierto que el discurso que escuchamos, los debates públicos no prometen cambios sustanciales en el prejuicio de inanidad que nos asiste en cuanto prestamos atención a sus diatribas.

Nos preguntamos de dónde sale la gente que parecen convertidos perpetuamente en estatuas de sal con discursos anacrónicos y argumentos decimonónicos. Cuestionarse a estas alturas la libertad sexual, el feminismo, los derechos humanos inherentes a las opciones sexuales, a la igualdad o a la diversidad, se nos antoja pasado de moda y tendemos a levantar la vista con la suficiente alevosía que nos hace sentirnos muy por encima, intelectualmente, de ellos.

El problema se nos origina cuando comprobamos el número de personas que siguen y proclaman la ideología que despreciamos. En este momento, el pensamiento progresista (sea lo que fuere eso de progresista porque habría que definirlo) es minoritario en el mundo. Somos una pequeña isla donde entendemos la libertad de pensamiento, respetamos o casi, los derechos humanos, vivimos en una incierta e imperfecta democracia y practicamos la tolerancia con el diferente. Isla y pequeña. La superioridad occidental que creímos incuestionable ante los desvaríos del Tercer Mundo o de autocracias, se nos desmorona a pasos agigantados. Ahí tenemos los sistemas restrictivos de Polonia, Hungría, Rusia, y pisando el acelerador, Italia con su gobierno de afinidades fascistas mientras en Francia se mantienen varios partidos ultraderechistas con más que probable acercamiento al poder, por no hablar de la etapa trumpista que sospechamos pueda repetirse. Los derechos duramente conquistados lgtbi+ feministas cuyo carácter legal nos tranquiliza parece que tiemblan, cual tarta ligera, ante el embate de las ¿nuevas? ideologías que surgen por doquier. Y donde menos las esperábamos.

Así es el discurso ultraderechista. Infame, infamante y banal, casi infantiloide

Es incuestionable que el discurso de los líderes ultras es banal y se maneja entre tópicos, populismos de barra de bar y lugares comunes reincidentes de posturas retrogradas. Son discursos fáciles, sencillos que asemejan a la comida basura: barata, fácil de obtener, gustosa para paladares poco elaborados calmando el hambre y el ansia perentorio, pero sin contenido nutricional alguno. Pura bazofia para consumo rápido que envenena arterias y produce muertes súbitas. Así es el discurso ultraderechista. Infame, infamante y banal, casi infantiloide.

Quizá estemos acostumbradas a la falta de talento intelectual por innecesario, en las filas de los líderes ultras. Escuchamos las soflamas de Trump con la suficiencia de la altura intelectual de toda izquierdista que se precie. O las de Salvini, Orban o Abascal que considera cumplidos los requisitos antimachistas por el hecho de tener dos hijas y una madre.

Ya nos avisó Steve Bannon con cierta dureza pseudoteológica un tanto infame intentando revestir al ser más vacuo, más inane y ególatra de la creación, Donald Trump, de cierto barniz ideológico. Flaco favor, porque el hombre de color naranja es impermeable a cualquier edulcorante intelectual, por suave que sea. Lo suyo es el trazo grueso, las ideas básicas…Ya les dije arriba, la comida basura ideológica.

En nuestro país, si había duda, durante las largas horas de la Moción de Censura hemos comprobado cómo la estrechez de mente ideológica del líder voxero va parejo con la estrechez de sus chaquetas. Un suspiro y las revienta. Un suspiro mental y eclosiona…

Pero no nos fiemos tanto. La superioridad intelectual de la que (con razón) nos acusa la ultraderecha hace que perdamos el pie. Y podemos caer en exceso de confianza.

De un tiempo a esta parte, un escaso pero insistente grupo de ¿intelectuales? (quizá estoy haciendo un grave oxímoron al tratar de intelectuales a estos tipos) parece querer subvertir la tontuna ultra y se empeña en revestir sus alienantes pensamientos de cierto lustre intelectual. Digo que lo intenta.

Quiero aclarar para las personas que comiencen a pensar que mi tono adolece de prepotencia y desprecio intelectual, les diré que no estoy apuntando hacia una derecha intelectual, a la que no solo respeto sino de la que aprendo constantemente. Soy lectora asidua de Zarazalejos, Vargas Llosa, Camilo José Cela, Enric Juliana (centro, más bien) Vallín (confeso liberal) Por no hablar de autores extranjeros como John Ford, Jean Françoise Revel, Howard Hawks, Celine, Ezra Pound, Robert A. Heinlein, John Dos Passos, Clint Eastwood, Elia Kazan, TS Elliot, Evelyn Vaughn, Billy Wilder, Hergé… Mi admiración eterna a uno de los más grandes de las letras como Delibes, que podría adscribirse a un liberalismo cristiano, así como Unamuno, Ortega, Baroja de los que me sigo alimentando de forma cotidiana. Todos ellos son intelectuales liberales, con tendencias derechistas más marcadas en unos que en otros, pero en todos la talla intelectual es incuestionable. Diferiremos de su ideario pero jamás podremos cuestionar su inteligencia y capacidad para exponer las diferentes tareas a las que se entregan.

La derecha es a la intelectualidad lo mismo que la izquierda, indudable. Hablo de otra derecha, la que elabora ideario con el fin perverso de subvertir los avances sociales y políticos, que según ellos nos conducen al infierno y al descalabro porque solo en una sociedad estratificada, medieval y dividida, más que por clases sociales, por castas, se sienten seguros amparados sus privilegios por los poderes públicos. Su discurso moral procede de un catolicismo o cristianismo tridentino impermeable a los nuevos idearios eclesiales. Los católicos, se sintieron amparados y muy cómodos durante el papado de Juan Pablo II, el papa retrogrado, conservador y protector de la infame pederastia que anidó la iglesia oficial. Condenan, sin paliativos, las veleidades modernizadoras del papa Francisco considerándole poco menos que el Anticristo mientras que las sectas evangélicas de carácter catecumenal han proliferado con pastores infames en su populismo y falta de ética social.

En los últimos años hemos visto cómo se ha pretendido revestir el ideario ultraconservador de un cierto barniz erudito para lo que se crean pozos o cuevas (think tank, lo llaman ellos tan dados al anglicismo) de pensamiento con el que pretenden conformar un frente intelectual ante la inferioridad que padecen frente a la izquierda.

Nos lo confirma la creadora del  Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP), Marion Merechal-Le Pen, con estas palabras:

“El sistema universitario se ve devorado por lo políticamente correcto, el terrorismo intelectual, todas las teorías de los campus universitarios norteamericanos, lo postcolonial, indigenista, neofeminista y todos esos yo-yo-yo, en detrimento de los conocimientos y saberes”

El desembarco en España de este instituto financiado y apadrinado en su totalidad por la ultraderechista francesa (ha desertado de la familia Le Pen, por considerarlos desviados hacia el liberalismo, que lo suyo es más derechizante…) Fue un poco antes de la pandemia, justo en 2019 cuando desembarcaron en España con el fichaje de un cuadro de profesores entre lo más granado de la ultraderecha española y algún converso, que los hubo, como Miguel Ángel Quintana Paz que coqueteó en tiempos con Cs.

Los integrantes de este “selecto” club mantienen como ideario diferenciador la Teoría del Gran Reemplazo

Pero hagamos historia. El instituto nace en Lyon, de la mano de Marion Melechal Le Pen, bajo consignas ideológicas claras. Combatir la ideología de género, los derechos lgtbiq -tienen verdadera fobia al matrimonio igualitario y a los derechos de las personas trans, además de considerar poco menos que demonios a las feministas-. Su obsesión se basa en combatir los derechos sexuales que se aparten del ideario católico/cristiano más tridentino y conservador. Como colofón principal poseen un marcado acento racista y anti musulmán, además de aporafóbico (ante los musulmanes ricos doblan la testuz e hincan rodilla). Los integrantes de este “selecto” club mantienen como ideario diferenciador la Teoría del Gran Reemplazo, y están convencidos que desde hace años hay una invasión musulmana y/o de razas inferiores que se infiltran por la cultura europea y occidental con el fin de destruirla.

En opinión de citado Miguel Ángel Quintana Paz, es mucho más peligroso ser gay en determinadas calles parisinas que en Polonia, Hungría o Rusia, con marcadas legislaciones anti lgtbiq en los citados países.

Como decimos, esta ideología ha calado con profusión en determinadas zonas de la sociedad norteamericana, con los detonantes que se vivieron en la invasión del Capitolio por las huestes trumpistas que han nutrido la locura conspiranoica de los QAnon y similares. Cierto es que, en el país americano, llevan tiempo sembrando la sociedad con ideologías trasnochadas y antagónicas con la modernidad. Desde los años sesenta y setenta se fueron creando corrientes, la llamada Tea Party, que han germinado con la presidencia del fantoche Donald Trump.

En Francia, en los últimos años, se le ha dado cancha mediática sobrada a Eric Zemmour para lanzar diatribas racistas y antimusulmanas hasta conseguir que se presentara a las últimas elecciones de la mano de Merechal y su apoyo económico y social. Este pequeño judío procedente de Argelia, ha sido condenado en alguna ocasión por delito de odio debido a los comentarios racistas que hizo en público, haciendo de la provocación, la mentira y el populismo más perverso la fuente de su popularidad. Zemmour, se ha declarado sin ningún rubor partidario del mariscal Petain y defensor de su política de sumisión a los nazis, con la peregrina idea de que, al hacerlo, Petain, salvó de la muerte a miles de judíos, obviando la realidad histórica de la colaboración del régimen petanista en la entrega de cualquier disidente que estuviera en su zona, pasándoselo sin ninguna piedad a los nazis, lo cual suponía la conducción a los campos de exterminio. Muchos españoles, de seguir vivos, podrían explicar al señor Zemmour como era esa terrible colaboración. Las mentiras históricas, el sesgado de los hechos son patrimonio de estos degenerados sociales y no tienen ningún escrúpulo en manipular a la población con sus falacias.

Lo curioso es que personas que no profesan ideologías ultraderechistas se prestan de forma gratuita y frívola a corroborar las premisas del populismo. Escuchamos con frecuencia decir a personajes famosos que no se sienten libres porque cuando muestran opiniones controvertidas, se les rebate con fuerza. Se han escrito libros, se hacen artículos -hay especialistas en la materia en este campo, entre ciertos periodistas que retuercen el concepto de libertad de expresión cuando lo que pretenden es acallar la crítica que sus aviesas opiniones nos producen-.

Les cuesta entender, a estos personajes, que, si opinan públicamente podremos rebatir públicamente su argumentario, que no es falta de libertad, es derecho de réplica.

Los movimientos ultras mantienen un alto grado de judicialización de la opinión pública, como ejemplo tenemos los peculiares Abogados Cristianos en España que con celo demoledor se aprestan a demandar cualquier ofensa que consideren a la fe católica, apostólica y romana. Jamás se les escucha defender a las innumerables víctimas acalladas de pederastia o dedicar tiempo al robo de bebés que se ha realizado bajo el amparo cómplice de la iglesia católica durante cincuenta años.

Los litigios estratégicos han llevado hasta Estrasburgo a personas por nimias apreciaciones de ofensa católica. En Polonia existe una asociación similar a Abogados Cristianos, llamada Ordo Iuris.

Sobra decir que las políticas antifeministas son la obsesión de todo movimiento ultraderechista que se precie.

El sesgo de la maternidad es exaltado considerando que la principal tarea de la mujer-mujer es maternal y parir muchos hijos blancos, occidentales e inmersos en la cultura cristiana.

Todos estos movimientos tienen un profundo trasvase internacional, estando muy relacionados entre si. El autobús de Hazte Oír ha llegado hasta Kenia, Chile, México, Nueva York. Ya hemos hablado de que desde Francia nos ha llegado el ISSEP con su ideario fascistoide presto a ser difundido entre los cachorros de la “buena sociedad” española.

Vamos a desglosar cómo y qué es lo que hacen desde el instituto que tiene su sede (¿casualmente?) en el local anteriormente utilizado por Vox en Madrid, calle Nicasio Gallego.

Según la información publicada por Issep en su perfil en Twitter, la mayor parte de los docentes –Manuel Ruiz de Lara, Guillermo Fernández García, Carlos Martínez de Marigorta, Moisés Guillamón Ruiz, Juan Carlos Picazo Menéndez, César Amabilio Suárez Vázquez y Juan Ignacio Martínez Aroca– son magistrados de juzgados mercantiles de distintas ciudades del país.

Luis Gollonet Teruel, de la Sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Andalucía, asegura a esta redacción que se desmarca y que no va a participar en la formación.

Guillermo Fernández-Vázquez, sociólogo especializado en partidos de extrema derecha, sostiene que los movimientos políticos en torno a Issep apuestan “por profundizar en un programa neoliberal en lo económico, muy conservador en lo moral y muy identitario en lo nacional”.

Entre los profesores vinculados al entorno de Vox, hay nombres como el del propio Méndez Monasterio o la jefa de prensa de la formación de extrema derecha en el Congreso, Rosa Cuervas; pero también hay personalidades relevantes de la derecha como el exministro del PP, Jaime Mayor Oreja, presidente de  la Federación Europea antiaborto One of Us; el expresidente de Sacyr Vallehermoso Luis del Rivero; el presidente de la Liga, Javier Tebas; el del grupo Intereconomía, Julio Ariza y Toni Cantó, antiguo director de la Oficina del Español en la Comunidad de Madrid.

Con este plantel ya nos podemos imaginar el ideario que trasmite el instituto. Hay, no obstante, una persona al frente de la organización que merece mención especial por el supuesto “brillo” intelectual que le acredita, además del citado Quintana Paz. Se trata de Kiko Méndez Monasterio, nieto de un consignado General de División, Monasterio Ituarte, militar africanista que conspiró desde la colaboración con Gil Robles, para el golpe de estado contra la República, uniéndose y colaborando estrechamente con el general Cabanellas durante la guerra civil en la que participó activamente en el bando fascista.

Kiko Méndez Monasterio, tuvo una juventud agitada. Formó parte de la Asociación Tornasol y de Alianza Nacional grupúsculo neonazi que en los años noventa fue muy activo en atentados contra diversos estamentos en Madrid. En 1999 realizaron un asalto a la Universidad Complutense agrediendo, entre otros, a un jovencísimo Pablo Iglesias. Fueron denunciados y condenados a penas de cárcel e indemnizaciones a los estudiantes agredidos. Al frente de este grupo estaba el conocido ultraderechista, Ricardo Sáenz de Inestrillas, hijo de un colaborador golpista y violento ultraderechista, asesinado por ETA en 1986.

Ricardo Sáenz de Inestrillas además de condenas por diversos delitos, fue condenado en 2001 a siete años de prisión por el disparo que propinó a un tipo que se negó a venderle cocaína. Kike Méndez Monasterio no solo formaba parte de su organización terrorista sino que mantenía una estrecha amistad personal e ideológica con el citado Sáenz de Inestrillas hasta el punto que es el mismo quien define a Kiko Méndez Monasterio en declaraciones a ElPlural.com de cuál era el papel del actual asesor de Vox dentro de esta organización de tintes ultraconservadores: “Kiko Méndez Monasterio ha sido uno de los dirigentes más importantes de la organización, era el presidente de las juventudes”.

Ha colaborado con diversos medios de prensa, siendo tertuliano seguro de los diversos programas de Intereconomía que dirige otro de los profesores y colaboradores de ISSEP. Ha escrito una novela, un cuento infantil y sigue colaborando como columnista en los medios que mantiene la ultraderecha. Además, en los últimos tiempos, ha estrechado su amistad con Santiago Abascal convirtiéndose en colaborador externo del político y asesor en comunicación.

Es un tipo de verbo fácil, de inteligencia ruda pero despierta, que ha desarrollado elaboradas teorías anti woke, contrarias al feminismo, manteniendo una postura encontrada con la ideología de género, derechos lgtbiq, y como no podría ser de otra manera, defensor de la cultura judeo cristiana, blanca, occidentalista y contrario a la permeabilización racial, con un marcado acento anti musulmán -repito, musulmanes pobres-  y un racismo larvado e intelectualizado.

Con estos mimbres nos encontramos en estos momentos, donde el rearme ideológico y erudito de la ultraderecha más montuna y peligrosa acechan a la sociedad en la que vivimos. La pretensión es disfrazarse de un intelectualismo combativo al patrimonializado por la izquierda históricamente, combatiendo con armas ideológicas e intelectuales cualquier avance social que merme, someramente, sus privilegios de clase y diría  también, que de sexo y raza.

ISSEP, cuña intelectual de la ultraderecha en España
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