sábado. 18.05.2024

Hace unos días, ante el atentado perpetrado en Algeciras contra un sacristán y varios fieles de una iglesia, el jefe del oposición (momentáneo jefe, porque ese puesto tiene una cierta movilidad) respondió que los cristianos no mataban como sí lo hacían fieles de otras creencias. O algo similar. No haré más sangre con la incongruencia del señor Feijóo a quien cuando sus guionistas sueltan la mano lanza unas boutades de tamaño gigantesco. Dicen, que el hombre, acostumbrado a sus conferencias de prensa con La Voz de Galicia como dulce interlocutor y la sociedad gallega poco dada a cuestionar al patrone galaico, la boca se le hace culo en las lides naciones. Culo de mal asiento, desde luego.

Pero dejemos al pobre hombre con sus penas a cuestas que bastante tiene con la cruz ayusiana que lleva a hombros y vamos a recordar lo que la iglesia católica, apostólica y romana ha realizado contra el quinto mandamiento. El que dice: No matarás, que sois muy descreídos y no lo recordáis.

Obviaremos las matanzas indiscriminadas de la Inquisición, las guerras religiosas con las Cruzadas portando la Cruz como estandarte de la fe cristiana matando moros a troche y moche, y no significaremos mucho sobre el patrón de España, que se le da en llamar, Santiago Matamoros, entronizado en una de las más hermosas catedrales de la cristiandad, Santiago de Compostela, donde está el hombre escabechando a la masa moruna. Tampoco entraremos en contarles más sobre los caballeros cruzados que empuñaban lanza y faca contra el moro protegiendo al metomentodo peregrino que cruzaba el mundo en pos de una fe tan falaz como cualquier otra.

Dejemos también, por extensas, las escabechinas realizadas en los últimos tiempos por una ultraderecha irredenta que usa al cristianismo como distintivo de supremacía racial y cultural. Utoya, con el fanático Anders Breivik cazando niños en nombre de Dios, y asesinando en Oslo a 77 personas. O por ejemplo, en Atlanta, durante las Olimpiadas de 1996, Eric Rudolf asesinó a gente lgtbi, mujeres y médicos de clínicas abortistas, por herejes y contrarios al mandato cristiano. Recordemos, también, a los “simpáticos” encapuchados del Ku Klux Klan portando estandarte de la cruz y sembrando de cuerpos colgados el sur americano. Tampoco olvidemos la terrible masacre propiciada por los cristianos maronitas en los campos de Sabra y Chatila, donde asesinaron a mujeres, ancianos y niños musulmanes, mientras los efectivos ayudantes del ejército israelí a las órdenes de Ariel Sharon, enfocaban sus reflectores para facilitar la tarea de masacrar cientos, miles de  inocentes musulmanes.

Hay más casos que no nombro por no llenar el folio y porque prefiero volver al territorio patrio donde en 1936 al golpe militar y a la sucesiva guerra civil se la nombró Cruzada. Donde las armas y los crímenes se realizaban en nombre de un Dios atávico y sectario padre solo de una parte de españoles mientras que a la otra la condenaba al Averno con preliminares de tortura y sadismo llegando a cotas desconocidas.

Fíjense lo que el papa Pio XII (amigo de nazis, protector del fascismo) dedicó a las tropas golpistas en un mensaje radiofónico en lengua española el día 23 de abril de 1936, recién terminada la contienda:

“¡Dios está con nosotros!

España, baluarte inexpugnable de la fe católica, ha demostrado en la reciente y sanguinaria guerra, cómo sus valores eternos del espíritu y de la religión acaban por triunfar sobre cualquier concesión materialista”

Como les digo, la tendencia de la cristiandad es a apropiarse de un Dios vengador que bendice fusiles y blindados que matan rojos, maestros/as y demócratas. Para eso la inventaron, la religión, digo. Para que siempre esté de su parte y les dé la razón.

Salvo alguna excepción, la iglesia española no solo estuvo a favor del fascismo en la guerra sino que fue cómplice

Salvo la iglesia vasca –que tuvo sus mártires, sacerdotes nacionalistas fusilados por los fascistas- el total, salvo alguna excepción, de la iglesia española no solo estuvo a favor del fascismo en la guerra sino que fue cómplice necesaria en todas sus criminales acepciones durante la larga, larguísima postguerra.

Sirva como ejemplo lo ocurrido en mi ciudad, Santander que puede ser extensivo al resto del país. El 26 de agosto de 1937 entran las tropas italianas, moras, y requetés en Santander después de haber derrotado en Bilbao a los gudaris arrasando el Cinturón de Hierro. Ese mismo día se comienza a detener a toda persona mínimamente sospechosa de desafección fascista. Se crean varios campos de concentración en la ciudad hasta el punto de tener alrededor de 50.000 prisioneros en los meses (años) siguientes, en una provincia –entonces, éramos provincia de Santander–  con alrededor de 150.000 habitantes en todo el territorio. Hay quien apunta hasta los 75.000 prisioneros, pero no discutamos por las cifras.

Durante años, Antonio Ontañón, investigador incansable de la Memoria ha realizado una labor ingente intentando identificar a los enterrados en las 150 fosas que tiene Cantabria. Su tarea se ha dirigido de forma más concreta a los enterramientos del cementerio municipal de Ciriego. Tarea a la que Ontañón ha dedicado años identificando a 809 fusilados en dicho cementerio, 21 asesinados a  garrote,  90  “paseados” por Falangistas y similares, 202 muertos en las cárceles de Santander y el Dueso, de hambre, debilidad, tuberculosis… y 80 ahorcados.

La tarea de identificar a estas personas, como digo, ha sido ingente debido a que no solo se les eliminaba físicamente sino que se les anonimaba. Los reos salían de las respectivas cárceles, generalmente de la Provincial de Santander, con nombres y apellidos escritos en un papel que el director de la prisión entregaba al jefe del piquete de fusilamiento. Este, a su llegada al cementerio, procedía al crimen entregando la relación de asesinados al capellán de dicho cementerio, a la sazón, don Tomás Soto Pidal, que era quien debía de encargarse de certificar la muerte y clasificar en los archivos del cementerio al muerto.

Nadie debía conocer el nombre de los proscritos que recibían los tiros en las tristes madrugadas de postguerra

Lo que ocurría en el trascurso del proceso era que el capellán, Soto Pidal, desaparecía los nombres, archivando a los asesinados de cada día como “desconocidos”, de esa forma se borraba no solo sus vidas sino su memoria. Nadie, ni la familia, ni los posibles investigadores debían conocer el nombre de los proscritos que recibían los tiros en las tristes madrugadas de postguerra, según el sistemático y premeditado genocidio emprendido por el fascismo en España.

Los condenados en juicios sumarísimos que no duraban más de diez minutos, sin ninguna garantía jurídica, llegaban transportados en camiones, como hemos dicho. El número era de diez a quince en cada camión. Los que cogían. En la tapia del cementerio se les fusilaba, aportando el jefe del piquete el tiro de gracia a los que aún vivían. Luego, cargados en un carromato de metal se les trasladaba a la zanja que previamente los presos del Seminario de Corbán (edificio eclesial…) habían cavado la tarde anterior. Se les tiraba, encima se añadía cal viva y se dejaba la zanja abierta hasta la próxima remesa. Hasta llegar a los cien en que se cerraba la zanja y se abría otra. Ocurría, cuenta el citado Ontañón en su libro “Rescatados del olvido” que si llovía, se hacía un charco en la zanja medio abierta, mezclándose el agua con la sangre de los cadáveres recientes conformando un espectáculo dantesco a la vista de los nuevos condenados.

Del borrado de los nombres de los condenados se encargaba la iglesia católica. Los curas de los diversos cementerios de España borraron los vestigios de los fusilados con lo que eso suponía para las familias a nivel afectivo porque no sabían qué había pasado con ellos y a nivel legal ya que quedaban en un limbo legal, ni viudas, ni huérfanas…

No contaban con la voluntad y la determinación de gente como Ontañón (imagino que habrá bastantes “Ontañones” en todo el país, lo que me reconcilia con el ser humano) que como hormiguitas pacientes contrastaron en los archivos de las diversas prisiones los nombres que salían en camiones camino del cementerio, confrontando las fechas y buscando a las familias, a testigos y a quien pudiera aportar alguna prueba del fusilamiento se ha conseguido identificar a los 1.300 desaparecidos en Cantabria.

Hacemos la salvedad, que nos insiste Antonio Ontañón, que solo consigna los que tiene verificados y probados, por lo que intuimos que serían muchos más que no se han podido encontrar. En mi propia familia, un tío abuelo fusilado en Vizcaya no consta en ninguno de los archivos consultados…

El bueno de Tomás Soto Pidal, fiel colaborador de la dictadura y borrador de las víctimas está enterrado con honores de santidad en la ermita de la Virgen del Mar, patrona de la ciudad, además de contar con una calle que lleva su nombre.

La complicidad total de la iglesia en el genocidio español es innegable. La guerra civil fue considerada una Cruzada desde el principio, el Caudillo era entronizado en la iglesia bajo palio, y de forma oficial y privada, se le consideró defensor de la fe. Los criminales planes de eliminación de la mitad -por lo menos- del pueblo español, que profesaba ideología diferente al fascismo, sea republicana, socialista, comunista o anarquista, formaba parte del ideario primigenio de los organizadores de la contienda. No se trataba solo de vencer al enemigo, había que eliminarlo, borrarlo para que las generaciones futuras no pudieran recordar a las personas que creían en una sociedad plural y democrática. Y de eso se encargó la iglesia, además de dar soporte ideológico y servir de coartada para la causa fascista.

El genocidio sistémico se realizó siempre con el amparo y la total complicidad de la iglesia. El franquismo, no es que utilizara al clero, es que éste se implicó a tiempo completo en los actos criminales que realizó el régimen, ofreciendo tejido y sustento ideológico y todas las influencias habidas y por haber.

Fue el catolicismo el que en diversos países se posicionó en contra de la República y a favor de los que se decían “defensores de Dios y del cristianismo occidental” presionando a la opinión pública y los diversos gobiernos para mantener la neutralidad o el apoyo al sector fascista de la contienda. Fue la iglesia, salvo contadas excepciones, quienes ampararon y cubrieron las sangrientas espaldas de un régimen genocida.

A cambio recibieron prebendas incontables, porque si algo sabe la iglesia católica es negociar a su favor. La educación y la formación de la juventud franquista quedaron en sus manos, arrebatándosela a la Falange, que pujaba con fuerza por el pastel educativo.

En las cárceles había capellanes. En el ejército había capellanes militares. En ambos lugares consentían sin voz disonante alguna, las torturas y las barbaridades que se cometían, siendo ellos los que bendecían, no a la víctima –para eso debía abjurar de ideales, confesar sus pecados y arrepentirse de su vida- sino a los fusiles y blindados, a las fustas y rebenques, a las rapadas de pelo, al ricino y a las violaciones sistemáticas que eran realizadas por los vencedores. No hubo piedad ni perdón con el adversario, que clamaba Azaña. Las huestes católicas saltaron por encima del Quinto Mandamiento sin vergüenza… Claro que saltaron por encima de muchos más, porque el Sexto y el Séptimo, se quedaron en el mismo limbo.

Ni una voz. Ni un leve susurro enhebró la iglesia católica hasta la llegada de la hornada de curas obreros, izquierdistas o meramente humanos, de algunos obispos y de papas como Juan XIII y Pablo VI, pero eso es otra historia. Y casi diría, que otra iglesia.
 

La iglesia y el Quinto Mandamiento (ya saben, no matarás)
Comentarios