domingo. 03.07.2022

Ha sido un largo periplo de preparación del ocho de Marzo. Comenzamos el jueves recogiendo a Fermi Cañaveras,  volando entre lluvia y  brumas invernales ponemos proa hacia Laredo. Nos espera la presentación de su novela histórica sobre Ravensbrück, Putas de campo. La historia dura y conmovedora de las mujeres que bajaron al infierno y solo algunas, muy pocas, sobrevivieron. Las emociones emergen entre los/as presentes porque la historia del horror del campo de exterminio femenino no es para menos.

Quizá este año toca hacer Memoria de mujeres que lucharon unidas por un mundo mejor. Víctimas dobles, del fascismo y de haber nacido mujer. Siempre detrás de todo genocidio, guerra, tortura y sufrimiento a la mujer le toca lo mismo que al hombre más las violaciones, abusos y humillación. El ser mujer en guerra, cárcel o pobreza puntúa para mal. En todas las guerras el cuerpo de mujer es campo de batalla que conquistan los vencedores con saña. Da igual de que guerra hablemos. Da igual que genocidio. Da igual que cárcel o emigración, las violaciones, rapado de cabello o aceite de ricino (que el fascismo español  puso de moda) para llegar al colmo del paroxismo de la humillación haciéndolas desfilar mientras las heces se despeñaban piernas abajo.

El viernes volvimos a la carreta nada más terminar el trabajo alimenticio y volamos hacia Castro. Nuestro amado Castro, a donde llevé un día al inolvidable Chato Galante, entre risas y contubernios para un futuro que el Covid quebró llevándonos a este hombre sabio y querido sin que viera su causa completada. Jamás entraré en Castro sin recordar su risa, su abrazo de oso y los planes que concebimos en aquel viaje contrastando historias. Jamás. Las Sinsombrero me esperaban con su atención e interés.

Esta vez el tema era el Patronato de Protección a la mujer. Consuelo García del Cid Guerra, entraba online. Un poco antes de empezar una mujer hermosa y delicada se acercó a mi mesa. –María-me dijo- Yo he vivido en el Patronato porque mi madre me dejó allí. He vivido todo lo que contáis. Luego tuve una hija también en el Patronato. He conocido a Sor María, mi ginecólogo fue el doctor Vela…-

Una escribe, investiga, cuenta…Quizá mi única virtud sea la capacidad de empatizar con las historias en las que me sumerjo, que puede que venga de haber vivido mucho, a veces mal y otras regular. Empatizo, créanme, mucho. Tanto que, a veces,  tengo que aparcar las historias si son tan duras como esta porque me abruma de tal forma que ni descanso ni me aclaro. Sufro y entiendo el sufrimiento. Solo que al escucharlo mientras una mujer te mira a los ojos con la profunda sima del dolor reprimido más de cuarenta años, hace mella. Mucha más.

La charla fue concienzuda. Nos emocionamos. Hubo alguna lágrima furtiva que asomó mientras su dueña la reprimía con disimulo. ¿Qué hicieron con esas niñas? ¿Qué perversión movía a las órdenes religiosas y a las kapos de los reformatorios del Patronato? Si hay un infierno, debieran arder sin consuelo en él las monstruosas monjitas de las órdenes que esclavizaron, maltrataron, humillaron, golpearon, violaron y muchas veces dejaron morir, a esas niñas.

Consuelo volvió a contarnos su lucha dentro del Patronato y la fiera batalla que mantiene para que el olvido no cubra con una nube a sus compañeras. Jamás se supera el dolor, nos dice. Las cicatrices son purulentas y siguen doliendo. Al cerrar los ojos vuelven a sentir el desamparo, el frío, las grietas de la piel de sus manos mojadas con sosa y lejía fregando sin parar aquellos antros que bien pudieran ser antesala del infierno. Nunca las pidieron perdón. No hubo justicia para las acogidas al Patronato de la Mujer, no hay lapidas ni homenajes que las recuerde. El silencio hiere y no ayuda a cerrar heridas, nos dice Consuelo.

Al acabar, pido a la mujer que antes me contactó , si quiere hablar. Si quiere hacer público lo que en voz baja me ha referido al comienzo de la conferencia. Sí quiere. De pronto, con voz suave, créanme, sin rencor pero con rabia, nos cuenta.

Cuenta su vida de patronata. De niña en casas de acogida sin calor ni amor de ningún tipo. De mujer maltratada hasta el paroxismo, de humillaciones, violaciones sistemáticas bajo el amparo del Patronato.  Queda embarazada de unas violaciones reiteradas y vuelta a empezar. La lucha enconada que mantiene con las “dulces monjitas de Sor María que la intentan convencer para que deje su bebé. Para que se lo ceda para convertirlo en dinero que esa trama infernal maneja. También cuenta que al final de su andadura cae en un piso de acogida donde hay quince jóvenes al cuidado de una monja. Una monja diferente. Una madre que sin aspavientos las cuida, las protege y las hace salir del marasmo. Hoy está viejita, enferma y sus chicas la cuidan, como se cuidan ente ellas, preocupándose de salud, condiciones de vida…Una de ellas ha vivido de psiquiátrico en psiquiátrico, con electro shocks, violaciones, medicaciones adormecedoras y dolorosas. Imaginen ustedes, sola,  mujer, pobre y sin nadie que proteja.

Lentamente nos vamos quedando sin habla. La emoción nos deja  mudas. Ella habla con voz tranquila, como si esa lava que expulsa su boca la liberara de unos barrotes en los que ha encerrado el dolor. Sabemos que el Covid, sigue acechando, pero qué quieren ustedes, el abrazo nos funde. Así somos nosotras. Hablamos, dejamos el corazón al aire y luego, para cerrarlo, necesitamos el calor humano de las hermanas.

Salimos después de dos horas y media. Tarde catártica. Ni el frio ni la lluvia nos apagó. Con cañas, vino y pinchos de tortilla celebramos la vida, la hermandad y el feminismo que todas compartimos.

Dormí poco, porque las emociones palpitan en la cabeza e impiden el sueño. El hotel y el trato en el mismo fueron de lujo. Al despedirme por la mañana, la dueña del hotel, que sabía mi participación en la jornada feminista, me habló de lo que sentía, de su feminismo preñado de artrosis y años. Con ojos limpios y el pelo revuelto me dijo: “las mujeres tenemos mucho que luchar aun María, por eso que bien lo que hacéis”. Pues nada. Marché feliz a callejear por esa villa que enmaraña los ojos de pura belleza.

Noja, era el destino siguiente (a esas horas me sentía como Santa Teresa inaugurando conventos por la anchurosa Castilla, se lo juro a ustedes)

Era el último bastión de mi viaje (por ahora, porque resta semana) Un grupo de mujeres reunidas por el Ayuntamiento de Noja (grata, gratísima sorpresa que uno de los Ayuntamientos más ennegrecidos por la corrupción durante más de treinta años se reconvierta en algo digno y sencillo) para hablar de la distancia que nos queda para conseguir una sociedad igualitaria.

Me tocó la mesa redonda de cultura con maravillosas compañeras. Al momento los sofás del escenario del Centro de Cultura se convirtieron en un ágora hermoso donde hablamos con soltura y pusimos claridad sobre la verdadera situación de la mujer en nuestro  país. El periodismo y su degradación, la desigualdad salarial, el edadismo en los medios de comunicación y en la cultura en general (oh, aunque no se lo crean, las autoras mejor jovencitas rozagantes para lucir cacho en las presentaciones, dicen los editores,  como les cuento) Anécdotas aparte fue una hora tan agradable que quedamos con ganas de más y emplazando al alcalde y concejalas para más años. Prometieron que sí. Y nos fuimos a comer en hermandad, porque la vida es eso, lucha, explayarse y disfrute. Que no quita una cosa para otra.

Una comida agradable con parte de la corporación de Noja. No se extrañen por la confraternización, que en persona soy modosita aunque al escribir no me ate, ni el dedo ni la cabeza, nadie. Muy felices de reunirnos, de contarnos y de vivirnos.

Al acabar el alcalde nos regalo a todas unas lechugas de su huerto. Lechugas de Noja, nos dijo,  grande, triscona y verde como su paisaje.

Luego,  he vuelto a casa a contarles a ustedes las vivencias de estas jornadas que preparan la lucha que hacemos día a día porque queda trecho y queda mucho que contar, recordar y hacer justicia a las que se fueron. Memoria para las víctimas y recuerdo porque el olvido las mata y las hiere de nuevo.

Quiero participar de este feminismo de alpargata y lucha alejada de los cuadros de elite que distingue y olvida que somos hijas de las nadie. Que somos pueblo y venimos del barro con el que se forjaron almas invencibles.

Por un feminismo de lucha. Por una lucha feliz y por la Memoria de las hermanas que no están.

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