miércoles 19/1/22

Hay libros providenciales que le siembran a una la mente para dejar un germen perdurable. Son una suerte que confirma la causalidad de la vida y nos llevan de la mano conformando el pensamiento, las emociones y hasta el entendimiento. Los Amnésicos es uno de esos libros.

Llegó a mí por algún consejo olvidado, tanto que cuando lo recibí ni sabía la intención que me guio al pedirlo…Pronto, al volver las primeras páginas, supe que ese libro se cruzaba en mi camino para darme respuestas. Varias respuestas y algunas de ellas, perturbadoras. Respuestas al dilema que nos solemos encontrar a lo largo de la trayectoria vital de las personas a las que la política, la sociedad y la historia, nos apasiona.

Los Amnésicos es un largo ensayo de Geraldine Schwarz, periodista germano francesa que dedicó años de su vida a la investigación intentando darnos, sobre todo darse, la trayectoria vital de la vieja Europa por el siglo XX y el XXI. Shwarz, a la vez que realiza una exhaustiva investigación sobre la historia de Alemania, Francia y otra más sencilla por Italia, Polonia, Hungría, Eslovenia, incluyendo también países no tan determinantes de las dos guerras mundiales, como digo, a la vez que investiga por la historia nos cuenta la peripecia vital de su propia familia.

Una familia burguesa, tranquila, sin aspavientos, tanto la parte francesa por parte de madre como la germana por el padre. Nos cuenta la forma en que sus progenitores se enfrentaron a ser hijos de una situación histórica tan genuina y dramática hasta llegar a su propia experiencia vital.

El abuelo de Schwarz fue un Mitläufer (los que se dejaron llevar por la corriente, la masa no critica). Jamás participó de la ideología nazi ni se implicó en nada conflictivo, solo militó en el NSDAP como forma de facilitar sus negocios. Supo aprovechar la coyuntura de que su socio era judío para comprarle su parte de la empresa a bajo precio antes de que los nazis la expropiasen. Hay pasajes dolorosos en el libro donde Geraldine cuenta con asepsia cómo el abuelo pleitea con el antiguo socio cuando el gobierno alemán decide resarcir a los judíos por el expolio económico sufrido durante la Shoá. Al viejo Shwarz le “indigna” que el socio le reclame la diferencia entre lo pagado y el verdadero valor de la sociedad hasta el punto de considerarse agraviado por la ley de resarcimiento. Incluso debe de sentirse agradecido, le reprocha el viejo Schwarz a Löbmann, el socio del pleito. Enfado que dura toda la vida. Curiosa vida que torna a la víctima en victimario.

Las casas se sellaban, los muebles y enseres de los hogares se subastaban entre alemanes de raza pura

La abuela, una dulce germana amante de la familia, cuidadora abnegada de su tribu, contempla desde su calle cómo llevan a sus vecinos judíos, cómo expolian sus pertenencias y escucha la contundencia con la que las tiendas judías son arrasadas y vejados sus propietarios. Incluso, años más tarde, Geraldine se pregunta analizando el extraño lujo de un comedor que no casa con el resto de la decoración del hogar familiar, si esos muebles no salieron del expolio al que muchos alemanes se prestaban en las casas de los judíos expatriados. Las casas se sellaban, los muebles y enseres de los hogares se subastaban entre alemanes de raza pura, por supuesto, pero antes, los vecinos asaltaban algunas de las viviendas precintadas para llevarse los enseres y muebles. Una terrible reflexión que no tiene respuesta realiza Geraldine Shwarz contemplando los muebles lujosos del comedor familiar. ¿Habrá visto la dulce abuela las zapatillas de los habitantes expulsados de sus hogares cuando posiblemente entrara a saquear la vivienda expropiada? ¿Contemplaría con indiferencia, mientras sacaba los muebles, cómo languidecían las tazas del desayuno de los propietarios expoliados? Preguntas que no tienen respuesta porque la abuela murió en muerte trágica (¿pudo ser la culpa?) cuando Geraldine era apenas una niña.

Nos cuenta  la autora la admiración amorosa que la dulce abuela sentía por Hitler, el padre de la patria que una vez fletó un barco maravilloso para que la clase media alemana, que pudiera pagarlo, hiciera un viaje por el norte de Europa. El matrimonio Schwarz, disfrutó de unas magníficas e inolvidables vacaciones que nunca olvidaron por el lujo, los bailes y lo que se disfrutó en aquellos esplendorosos días que propició el III Reich. La dulce viejita admiraba de joven al jefe firme que puso orden en la caótica república y llevó carne a la boca de la gente, como le confiesa una entrevistada de los Sudetes a Shwarz “claro que nos gustó que nos anexionara Alemania. Hasta que llegó Hitler comíamos patatas, con él entró la carne en las casas. Hitler puso carne en nuestros platos” confiesa una tierna viejecita entrevistada en un geriátrico poco antes de la publicación del libro.

Todo se confabuló para la hipnosis colectiva. Y el pueblo se dejó subyugar

El decorado de Núremberg, los apoteósicos mítines donde la presencia del Fhürer se entronizaba con la precisión de un dios teutónico que hipnotizaba a un pueblo hambriento de pastores, de jefes, de padres que guiaran hacia una gran patria aria libre de parias, raza pura de hombres fuertes y mujeres fértiles amantes del hogar y criadoras de un pueblo que conquistaría el mundo. Todo se confabuló para la hipnosis colectiva. Y el pueblo se dejó subyugar. La gran mayoría del pueblo alemán quedó prendado del austriaco gritón.

Les hizo soñar. Esa es la clave de ese movimiento inexplicable como fue el nazismo. Les hizo concebir un sueño en donde la grandeza se extendía por la patria hasta conquistar el mundo y vivir felices con platos de carne, vacaciones anuales en barcos de ensueño, pleno empleo y gente sonriente y poderosa. Porque el nazismo y el fascismo empapó al pueblo. No podemos olvidar que fueron los Mitläufer quienes propiciaron el horror. Porque todos ellos/as contemplaban cómo se humillaba y vejaba a judíos, comunistas, socialistas, romaníes, gays…Contemplaban detrás de los visillos, con la indiferencia del buen paseante cómo rompían escaparates, cómo gentes de toda condición ataviados con ropa de domingo y con una maleta hacían fila para entrar en los trenes de la muerte. Sí sabían. Los Mitläufer sabían todo. Pero les hacía soñar. El pueblo alemán soñaba y no quiso mirar a las menudencias que propiciaba un régimen asesino. Qué más dan seis o seiscientos millones de muertos si hay carne en la mesa.

Había pueblos, ciudades cercanas a los campos que obviaban el horror para seguir comiendo la carne que Hitler ponía en el plato

He contado en varias ocasiones la anécdota referida por Jorge Semprún. Desde un ventanuco del barracón de Buchenwald veía un pueblecito a lo lejos. Cuando fue liberado, caminó hacia el pueblo con la curiosidad de saber si desde las casas que divisaba en su presidio se veía algo del campo. Su sorpresa fue, al llegar y visitar hogares abandonados por los bombardeos, que desde cualquier vivienda se veía todo. El campo, las altas chimeneas que vomitaban el humo compactado de los cuerpos calcinados, el patio por el que deambulaban los cadáveres medio vivos de sus ocupantes. Había pueblos, ciudades cercanas a los campos que obviaban el horror para seguir comiendo la carne que Hitler ponía en el plato.

La terrible reflexión que nos estremece ante esas preguntas y la afirmación de que no había tanto peligro en oponerse al exterminio como se demostró ante el escándalo formado por el Aktion T4, terrible plan para el exterminio de enfermos y dependientes emprendido por el Reich que tuvo que suspenderse ante la crítica social. Hitler paró el Aktion T4 ante las críticas pero no lo hizo con la Shoá. Lo cierto es que nadie hubiera ido a la muerte por oponerse al genocidio, como mucho hubiera perdido el trabajo o las comodidades pero no era tanto el peligro como la inercia de pensar que no iba con ellos…Qué mejor sin judíos, sin romaníes, sin izquierdistas o gays… Mientras hubiera carne en la mesa.

El pueblo alemán –entre los que estaban la propia familia de Geraldine–  mayoritariamente estaba entusiasmado con el III Reich. Esa es la cruda realidad que asumió su padre y ella misma. A partir de esa premisa reconstruyeron su historia en base a una realidad contrastada. Y la contaron.

La otra parte del libro analiza al régimen de Vichy ofreciendo unos datos estremecedores. No, tampoco fueron los franceses los héroes que nos han contado. La historia construida por el general Del Gaulle y sus sucesores, de la resistencia heroica del pueblo francés al régimen de Vichy y a la dominación nazi. En la Agonía de Francia, Chaves Nogales nos retrata perfectamente el desmantelamiento y la cobardía frente al invasor que tuvo la ciudadanía francesa. La Resistencia fueron poco más de cien mil personas… frente a los millones de Mitläufer, franceses. Cosa que saben bien los españoles que en 1939 tuvieron que exiliarse en el país de la Liberté, egalité y fraternité.

El abuelo materno de Schawrz, era gendarme en la porción francesa bajo dominación de Vichy. Se pregunta, la autora, si su abuelo era de los que ayudaban a detener resistentes, los perseguían o les ayudaban a huir. No tiene respuesta, como no la tenemos nosotras al leer las cifras de la represión y colaboración francesa con los invasores. Como tampoco la tenemos frente a la Italia fascista y el resto de la Europa dominada. Solo las excepciones de Bulgaria y Dinamarca ofrecen una oposición de cierta dignidad frente a la Shoá. Solo dos países en los que no se colabora con los nazis y se les niega la entrega de judíos. En el resto, no solo se les dejaba hacer sino que se colaboraba con entusiasmo.

Como contrapeso al análisis de complicidades asesinas, Shwarz, analiza la contundencia en restituir la Memoria. En los primeros años, en Alemania la consigna fue: olvidar. Obviar la complicidad de los Mitläufer, pasar página como si nada hubiera pasado llenando las hojas de la historia con el heroísmo de la reconstrucción alemana y el dolor por la partición del país. Adenauer, no solo pasó de puntillas por el pasado reciente sino que asimiló en su gobierno a muchos e importantes colaboradores nazis. Hasta llegar a escándalos tan evidentes que tuvo que recoger velas. En general la primera generación y los/as que vivieron la guerra, quisieron olvidar y olvidaron. Fue en los años setenta y ochenta cuando la juventud estudiante y obrera alemana obligó al poder a tomar conciencia de lo ocurrido, de saber cómo fue posible eliminar a seis millones de judíos y diezmar al pueblo romaní, izquierdistas y homosexuales. Las preguntas buscaban respuesta; el pueblo y la sociedad alemana realizó una catarsis autentica, dolorosa y contundente que, según Schwarz, ha sanado a la tercera generación que es la suya y posiblemente sea por esta causa el que Alemania queda lejana a los escarceos ultraderechistas del resto de Europa.

Y esta es la segunda reflexión del ensayo. Geraldine Shwarz, en las conclusiones del ensayo nos recomienda hacer bien los deberes, asumir incluso a nivel personal la historia autentica para sanar las heridas sociales, cerrarlas y propiciar la vacunación del ideario nazi fascista que florece en los países que no hicimos la catarsis colectiva de asumir la historia.

He podido comprobar en sucesivos trabajos sobre Memoria que nadie habla de los verdugos. Nadie asume como propios a los delatores, las traiciones, los crímenes y sí asumimos las heroicidades. Cuesta reconocer que nuestro padre o abuelo fue miembro de Falange, o de cualquier camada que propiciaban las cazas de rojos. No sabemos qué ocurrió en los años oscuros del franquismo, hasta es posible que esa presencia mantenida en la vieja fotografía sepia fuera un delator, o un criminal que asomaba sus fauces al amanecer para fusilar y cubrir en una fosa a pobres perdedores de una guerra cruel. Cuesta confesar la duda de si el abuelo fue un delator o un asesino… porque el olvido interesado ha cubierto de moho la verdad. El problema es que la negamos con el ataque verbal característico de una defensa a ultranza de algo que no estamos seguras.

De los miles de fusilados de las cunetas apenas hay datos. De sus asesinos, tampoco. Cuando salen a la luz, como el nombre de uno de los que asesinó a García Lorca, los descendientes demandan al investigador en vez de pedir perdón… Como la iglesia que niega la mayor y oculta la complicidad criminal con el genocidio franquista. Como las empresas que usaron mano de obra esclava. Y como tantos estamentos cómplices y verdugos. En los Amnésicos no hay resentimiento, ni venganza inútil. Lo que hay es asunción de la realidad, y responsabilidad ante el descarnado análisis de los hechos históricos. No se trata de revanchismo, jamás, se trata de contar una historia ecuánime y verdadera. Aunque duela, aunque haya que raspar viejas heridas cerradas en falso.

Quizá por eso, por no hacer la catarsis histórica tenemos en el Parlamento más de cincuenta diputados que consideran a la dictadura un camino de rosas, niegan la historia o la tergiversan e intentan hacernos comulgar con ruedas de molino.

Esta España maltratada y olvidada debe hacer muchos deberes de Memoria colectiva. En todos los ámbitos y en todas las esquinas podemos encontrar fantasmas que nos pudren la historia. Hora es de sacarlos a relucir para luego sanar las heridas y abrazar al hermano/a.

Solo cauterizando las viejas heridas se sanan. Jamás obviando, mintiendo o queriendo extender el manto del olvido a una historia que nos sigue sangrando.

Les repito algo que he dicho en varias ocasiones: lean Los Amnésicos, con calma, empapándose de su contribución a una sanación social verdadera.

Comentarios