lunes. 26.02.2024

A Tasio Cañedo Mancebo
 
¿Cómo se sentiría un joven de diecinueve o veinte años ante un pelotón de fusilamiento, cuando la madrugada se intuye y la tierra desprende olor a estío?

Derio, cementerio de Vistalegre, madrugada del veintiocho de mayo de 1938 (qué coincidencia trágica, el mismo día, el mismo año y puede ser que a la misma hora en Ciriego los disparos asesinaron a Matilde Zapata). Una leve brisa debió despeinar el flequillo de Anastasio Cañedo Mancebo. O quizá llevaba boina. Una boina de obrero manual, porque este joven que hace poco abandonó la pubertad a golpe de bombardeo y de ilusiones en precario, era albañil. O peón. O simplemente solo ayudaba a los hermanos mayores, porque Tasio Cañedo era el último hijo de Soledad Mancebo y de Manuel Cañedo. Este último apenas le conoció porque la gripe española del dieciocho se lo llevó dejando a Soledad, recia mujer, enjuta, pequeña como recogida hacia adentro, contando treinta y seis años con siete hijos, una casita minúscula y un pequeño terreno que circundaba el hogar. Esas eran las pertenencias de Soledad Mancebo y de su prole.

En el terrenillo plantaban patatas, alguna berza, quizá lechuga en verano, también criaban un cerdo, alguna gallina y poco más. Lo justo para no morirse de hambre. Claro que los mayores, Juan, Isaac, José Carmen, Petra apretaron las ganas y salieron al mundo en un intento de traer jornal a casa. Ellos, albañiles, como el padre muerto de gripe española -ya lo dije pero repito para que no se olvide-. Cuando se quedó huérfano, el abuelo Juan tenía trece años, los justos para ir a trabajar comenzando el oficio del padre, albañil. El tío, con más suerte, más salud, dinero y una empresa de construcción, los amparó. Dando trabajo a los críos, no limosna, porque los ricos no hacen caridad. Crean riqueza -según nos cuentan-  y dan trabajo. A niños.

Ellas, las hermanas, se buscaron la vida en lo que cuadrara. Carmen, la más afortunada porque se pagaba bien, de matarife, cosa útil en tiempos de escasez porque del Matadero salían alimentos para todo el barrio. O casi. Sangre con la que,  juntando cebolla y arroz, se hacían jugosas morcillas que arreglaban el compango del cocido, alguna casquería que se echaba al caldero o que le regalaban con la que ofrecer, no solo a los suyos, sino al vecindario algo con lo que llenar el estómago. Carmen, con las viandas en un caldero, erguidas sobre la cabeza, se convirtió casi en la aristócrata del vecindario. Aun los muy viejos la recuerdan porque les amparó el hambre.

Carmen, se enamoró a destiempo de un hombre que no quería casarse con una pobre que además era roja, por familia más que por ella. Que la amaba, decía, pero había que esperar a que la madre muriera porque no se le podía dar el disgusto de un matrimonio desigual. Luego, después del óbito materno, el amante la desposaría y serían felices por siempre. El problema fue que la madre no murió, el hijo sí y Carmen se quedó con dos hijas y una soltería que en los tiempos que se avecinaran sonaba mal. Muy mal. Las rojas y sus desmanes, pensaban las fuerzas vivas de la Falange Española y sus palmeros. No era cosa buena la situación de la guapa moza del Matadero, no. Carmen era una belleza morena y bravía. Imagino que le llegarían pretendientes pero nunca más amó a nadie. Nunca se separó de sus hijas hasta que la muerte se la llevó muy pronto, cuando las cosas iban tan bien que ya podía descansar de tanto avío.

Todos salieron a buscar jornal, menos Soledad, la pequeña y Anastasio. Le llamaron Tasio de siempre hasta que los hombres malos le arrebataron el nombre en los papeles. Era pequeño de talla, quizá por falta de alimentos, o porque los senos de Soledad, gastados por tanto hijo y disgusto darían una leche poco nutricia. La viudez le cogió en plena crianza y con ello la precariedad era plausible. Los tiempos eran tan duros que vivir costaba un esfuerzo inagotable y los senos de la pequeña Soledad estarían agostados.

Por eso, Tasio, al calor de sus hermanos mayores, sintió el grito de liberación en esos años en los que el idealismo despunta sin más fisura que el entusiasmo y las ganas de vivir. Los hermanos, conspiraban en los cuartucos sencillos de las casas, porque se habían dispersado formando sus propias familias. En esas épocas se matrimoniaba joven y los hijos iban llegando a golpe de añada.

A él no le había llegado la hora. Y eso que tenía sueños, porque a Tasio le gustaban los niños tanto que se echaba a los hombros a la sobrina y desperdigaba con ella el amor que le sobraba.

Tendría sueños, imaginamos. No sabemos cuáles, por más que la mente se esfuerce en imaginar lo que en 1931, 32, 33, 34, 35, 36 se soñara siendo pobre, bueno y corto de talla, pero no lo conseguimos. Por eso dejamos correr la imaginación y pensamos que soñaría con una casa, una familia, un trabajo que le dejara vivir de forma sencilla, sin aspavientos, con la alegría de querer como se quiere siendo tan joven. Y cuidar a la madre que era su pasión. La viejuca de poco menos cincuenta años, avejentados que la vida le habían reducido el cuerpo a base de sufrimiento y penuria.

Para Tasio, Soledad era una madre y casi todo en su vida. Quizá porque le faltaba por hacer su propio nido. Le sobraban sueños al pequeño de los Cañedo, sueños y ganas de lucha, por eso se hizo sindicalista. De UGT, para más señas.

La descarga de fusilería en la madrugada de mayo de 1938 descerrajó el pecho y los sueños del chiquillo

La descarga de fusilería en la madrugada de mayo de 1938, cuando asomaba una luna clara entre los cimborrios del cementerio, descerrajó el pecho y los sueños del chiquillo llevándose la vida que pudo ser, trayendo, a cambio, un dolor muy grande a Soledad. A Juan, Isaac, José, Petra, Soledad hija y a Carmen. Tan grande fue el dolor que siempre se acarreó como fardo pesado porque a la añoranza le seguía la sensación de lo que se pudo hacer o de lo que no se hizo. El fantasma de aquella muerte se prendió de las vidas que quedaron con la fuerza de las heridas vivas, de las perdidas evitables y de los sueños rotos. Cuando el nombre del tío, del hermano, del cuñado, del hijo, caía de los labios de los/as integrantes de la familia se cortaba el silencio, se bajaban los ojos y a todos se les abría la herida del desfalco que unos sin alma produjeron. Cuánto dolor inútil se pensaban los Cañedo. Cuánta vida perdida, cuanta esperanza rota.

¿Cuántas veces debió preguntarse Juan por qué no le insistió más, por qué no le obligó a quedarse en el zulo que le preparó en la buhardilla? ¿Cuántas veces se le preñaron los ojos con las lágrimas del recuerdo de aquella despedida en la Plaza de Toros? cuando Saturnino Torre, que era yerno de Borja el Carretero, le sacó fuera arrebatándole a las furias llenas de odios que cercenaban vidas con la misma saña que cortaban cizañas. La familia de Saturnino Torre y de Borja el Carretero, era de derechas pero sabían bien la pasta de la que estaban hechos los Cañedo y quería a Juan por el vivir.

Borja, el suegro, obligó al Guardia Civil, que es lo que era Saturnino, a sacar de la Plaza y devolverle a Modesta sano y salvo a Juan, porque tenía tres hijos para cuidar y Tasio, no.

Tasio aún no había comenzado a vivir y solo tenía sueños. Solo podía sacar a uno, le dijo, desolado el guardia. Y el que salió fue mi abuelo. Tasio se quedó -después del abrazo eterno que se dieron ambos hermanos- convencido de que no pasaría nada. «Porque él era buena gente, nunca hizo nada y nadie le tenía a mal». Eso le insistía a Juan para que marchara tranquilo. Que él era buena gente, solo había luchado por lo que creía y nunca hizo daño a nadie.

En cuanto cumplió los diecisiete y llamaron a la Quinta del Biberón, él, quiso aportar sus brazos a la República

Tasio Cañedo se hizo voluntario cuando la guerra finiquitaba en el norte. Primero no pudo porque no tenía edad, aunque ganas, muchas. En cuanto cumplió los diecisiete y llamaron a la Quinta del Biberón, él, quiso aportar sus brazos a la República, a la justicia social, al pueblo de dónde venía, para ir al encuentro de esos sueños que en las noches concebía en un futuro de colores labrado de cosas bonitas y no gris plomo como hasta entonces.

Soñaba un futuro, sin mucho dislate, porque a los pobres se les distingue por soñar chiquito: «una casita, unos hijos y una mujer que lo amase como él a ella». Para eso se apuntó en el 136 Batallón de Infantería Santander, con grado de Teniente de milicianos. Para cumplir los sueños.

Tasio sabía leer, escribir y hacer los números necesarios para contar a la gente bajo su mando. También sabía sumar, restar, multiplicar y dividir. Y poco más. Trabajaba con los hermanos, ya hemos contado pero tuvo tiempo de ir a la escuela lo justo para aprender lo básico. Trabajaba como ellos, a las órdenes del jefe, el tío Francisco Cañedo, un hombre de bien. De derechas y medio rico. Además tenía buena voz y las palabras le salían del alma con convicción.

No llegó a entrar en combate ni disparó un solo tiro, quizá por la penuria de su armamento y porque los facciosos subían El Escudo a buen paso arrasando todo. Por el cielo las bombas italianas caían incesantes arrancado vidas y cultivos y poco podían hacer unos desarrapados con el alma magullada por unos años de guerra y el abandono del mundo.

La madrugada en que el batallón de fusilamiento gritó fuego, rompiendo la vida de Tasio y de trece camaradas en Vistalegre, Derio, Vizcaya que cayeron con él, como cayó Matilde Zapata cien kilómetros al oeste, en Ciriego, también rompió la vida de Soledad, y eso no tiene ni nombre porque los lingüistas jamás encontraron palabra para nombrar el dolor de una madre sin hijo. A los hermanos los dejó huérfanos, con la impotencia de no haber podido salvarle. Sobre manera a Juan, con el que cruzó un abrazo y una mirada de amor y despedida en la plaza de toros de Santander un día de final de agosto de 1937.

No importó nada al Tribunal Militar que le condenó en Santoña que no hubiera ni un solo cargo real contra él

Se volvieron a ver una sola vez, cuando la condena era firme, Juan le visitó en Larrinaga estando ya el reo en capilla. Tasio refirió al hermano, que no había esperanza para él. Estaba condenado a muerte. No importó nada al Tribunal Militar que le condenó en Santoña que no hubiera ni un solo cargo real contra él. No le importó nada al jefe de Falange de San Román de la Llanilla que firmó la delación confirmando que fue voluntario… y que era un poco revoltoso.

Cuando los ganadores entraron hablando italiano en la ciudad, se desplegaron los puños de lucha ilusionada abriéndose la mano en un saludo romano preñado de bronca y venganza mientras las bocas se solazaban con el odio y el grito de ¡Arriba España!

¡Arriba España! gritaban, pero mueran los españoles y las españolas que amaron la libertad

¡Arriba España! gritaban, pero mueran los españoles y las españolas que amaron la libertad, que por unos años -tan pocos que se volatilizaron ante los gritos- germinó la ilusión de un mundo más justo, más libre. Un mundo donde una viuda con siete hijos no tuviera que batallar contra el hambre cada día. Un mundo en que los niños de trece años no tuvieran que ser peones de albañil, como sus hermanos, ni las hermanas recoger el carbón que soltaban los trenes para revenderlo y apañar unas pesetas. O cargar fardos enormes en la cabeza que torcían la espalda y reventaban las piernas. Un mundo donde los jefes no amarraran a los obreros a la esclavitud del destajo, donde estos tuvieran voces sindicalistas que defendieran sueldos dignos. Y donde los niños fueran al colegio… como él, como Tasio Cañedo, que por ser el pequeño de la familia habían logrado aprender a leer, a escribir y a hacer cuentas. Y por eso, quizá solo por eso, le hicieron teniente de milicianos del ejército leal del Norte.

He intentado -soy consciente del fracaso- reconstruir la historia de este muchacho. He intentado entrar en los pensamientos de un joven cuando le bajan a empellones del camión que le ha llevado hasta Derio, poniéndole de espaldas a un paredón mientras contempla la luna marchar a otros mundos y sus sueños de amar a alguna muchacha, de abrazar a los hijos que no tuvo, de reír las risas que nunca reiría, de abrazar otra vez a su madre, escurrida de huesos, siempre de luto. De mirar a los ojos de su hermano Juan, tan querido, tan admirado. He intentado pensar ¿qué sentiría ese tío abuelo que no conocí, del que no tengo ni una sola fotografía, cuando a las cinco de la mañana de un día de mayo le iban a matar? No he podido y expreso mi fracaso con pena. Porque nadie sabe qué piensa un chiquillo cuando va a morir, ni las preguntas que seguro se hace.

La descarga de fusiles que, en la madrugada del 28 de mayo de 1938, en el cementerio de Vistalegre, en Derio, Vizcaya, cuando alguien dio la voz de ¡carguen! ¡disparen! barrió la vida y crujió los sueños de un hombre bueno. De tantos hombres y mujeres, buenos en su mayoría, inocentes casi todos. Habría tiro de gracia en esa cabeza revuelta de pelo que ya no soñaría más nunca. Hubo médico forense que certificó la muerte de un chiquillo inocente. Todo eso hubo esa madrugada en Derio. Lo que no hubo fue piedad ni justicia. Porque la habían barrido unos hombres con entorchados y el alma muy oscura.

He intentado entrar en esa mente de joven con los sueños rotos y no me ha sido posible. Y siento el fracaso como una bilis amarga que sube a la boca.

No les bastaba matar, le llevaron primero a Santoña y luego a Derio, para hacer más daño. Como si se pudiera…

Llevamos tiempo buscando información, rebuscando archivos y persiguiendo los últimos pasos que dio en el Dueso, en Larrinaga… Le imaginamos apaleado, hambriento, porque a la condena a muerte añadían el desarraigo, el sacarle de su lugar para que nadie le pudiera amparar y llevarle pan o lavarle la ropa. La retorcida mente de los verdugos añadían la distancia a la soledad, al hambre, a los golpes, a la humillación. A la muerte. No les bastaba matar, le llevaron primero a Santoña y luego a Derio, para hacer más daño. Como si se pudiera…

Le imagino en el Dueso, paseando los ojos y aguzando el oído para escuchar el mar tan cercano. Ese penal maldito porque hay tanta belleza rodeando sus muros que insulta estar encerrado allí. La dureza de un penal contrapuesta a la hermosura de un paisaje de mar, de cielos grises, a ratos azules, mientras el rugido del Cantábrico les despertaría por las mañanas arrullándoles el sueño nocturno y amagando el hambre con sus brumas.

Al marchar los italianos de Santoña, quedaron a merced del fascismo español. Comenzaron las sacas, los fusilamientos en masa, los atropellos, los apaleamientos. La sangre de compañeros la recogían las olas de Berria en cada amanecida porque mientras el mar rugía, las descargas de fusiles cortaban vidas como las de nuestro pequeño Tasio.

Cada noche. Cada madrugada salían los hombres camino de la playa o de algún camino perdido para volver solos los fusileros con el camión o los pasos vacíos. A Tasio le aguardaba un segundo desplazamiento.

Pusieron que tenía treinta años. Era mentira. Una más. Como le robaron el nombre y le dejaron Manuel, en vez de Anastasio

Le juzgaron un siete de diciembre del Segundo Año Triunfal, es decir 1937, en Santoña. Los cargos de acusación fueron: adhesión a la rebelión con agravantes de perversidad y trascendencia de los hechos… Los sublevados perversos condenando a los leales a muerte por sus propios delitos…  En compañía de catorce camaradas y en pocos minutos. Una sencilla acusación sin más pruebas que su voluntariado y el grado. Voluntario y teniente. Demasiadas muestras de amor a la libertad para un mocoso de veinte años… o menos. Al firmar la sentencia, quizá la vergüenza les hizo falsear la edad. Pusieron que tenía treinta años. Era mentira. Una más. Como le robaron el nombre y le dejaron Manuel, en vez de Anastasio.

Desde el barrio que le vio nacer, San Román de la Llanilla, llegó la prueba definitiva. La confirmación del jefe de Falange afirmando que el susodicho fue voluntario a la guerra además de ¿agente provocador?

En el Dueso, los italianos se portaron bien. Los trataban como prisioneros de guerra que es lo que eran. Al llegar los otros la cosa cambió. El odio transitaba por las venas facciosas, el ansia de venganza por agravios y venenos ancestrales y la crueldad impía se hicieron con las llaves del penal. Luego ya en Larrinaga la imaginación no nos llega…

En la Quinta del Biberón -los llamaron así porque eran apenas niños- aprendieron de golpe que la vida se dilucidaba en cada palmo de tierra, con fusiles viejos, apenas sin balas y con las alpargatas desgastadas. Le hicieron teniente porque sabía leer y escribir, y fue voluntario a una guerra que no quiso. Porque Tasio quería hacerse hombre, enamorarse, formar familia, abrazar a su madre cada poco y contemplar a los hermanos mayores que con sus manos levantaban paredes, construían hogares y remendaban los que andaban rotos. Él quería crecer, envejecer junto a una buena mujer, abrazar a su madre y ver a los hijos medrar sin hambre, yendo a la escuela, jugando con juguetes de verdad. Y creía en la libertad, sentía que eran iguales, que el amo no tenía derecho a explotarles, que podría existir un mundo más justo.

Le acusaron de rebelión. Hombres con entorchados y el alma sucia, le contemplaron un momento, tal que se mira a los insectos que nos molestan, firmando la sentencia de muerte como quien firma una factura sin importancia. Juzgaron a catorce con él. Por adhesión a la rebeldía y agravantes de perversidad. Subió con los desesperados del último tirón de la batalla del Norte, al Escudo, donde ni llegó a entrar en combate porque no hubo tiempo. Ni armas, ni pertrechos, en una guerra que se perdió a poco de empezar porque los cobardes apuestan siempre por el más violento. Los cobardes siempre van con el matón de la clase. Y el matón llevaba polainas de general, era amigo de los nazis y había matado mucho en África. No hubo ni una gota de piedad, ni un tibio sentimiento de humanidad para el vencido. Ni uno.

Había que exterminar a los soñadores. Había que matarlos a todos. A jóvenes de veinte años, que les daba vergüenza confesar que mataban tan pronto, por eso mintieron que tenía treinta. A mujeres hermosas y libres como Manolita Pescador, que también le descerrajaron el pecho detrás de una tapia. Por guapa, por libre, por mostrarse orgullosa de ser socialista. La mataron una madrugada.

Quizá el muchacho de ojos tristes, mientras le apuntaban los rifles del pelotón, contemplaría la luna que ya marchaba pensando que, para él, era la última noche. La última madrugada. Que no habría más porque unos disparos quebraron los sueños y la madrugada. Y es muy posible que Tasio Cañedo Macebo, pensara en ese momento qué hay entre la vida y la muerte en el dolor terrible de Soledad. Y es seguro que le dolió más que los tiros.

In Memoriam: Anastasio Cañedo Mancebo (Manuel, le llamaron en los papeles, equivocando su nombre con el del padre) fue fusilado el 28 de mayo de 1938, Tercer Año Triunfal. Sus restos están en la fosa común del cementerio de Vistalegre, Derio, Vizcaya.

Nadie le olvidó. Su familia vivió con su sombra que me supieron trasmitir como yo intento contarlo a mis nietos para que nadie olvide que hubo un tiempo oprobioso que asesinaban al amanecer a gente inocente que amaba la libertad, la justicia y el socialismo. A gente como Tasio Cañedo Mancebo.

Y para que nunca más ocurra.

 

 

 

A mi hijo Carlos Morao Toca, que empleó tiempo en escuchar y en buscar en el Archivo de Ferrol.

A los compañeros de Héroes de la República por facilitarme la labor. Sin vosotros, imposible, compañeros.

A los responsables del Gobierno Vasco, de Gogora, que han devuelto el honor y el nombre de las víctimas que fusilaron en Derio, dando reconocimiento a mi tío. Qué gran ejemplo nos dais compañeros de Euskadi, al resto del estado.

A tantos/as, a Carolina, a José Luis… a los/as que ayudaron a recuperar esta historia y a escribir sobre ella. Hay novela y ese empuje le dio Carolina: «hay tienes novela, María», que no lo olvido.

A esa familia que lloró hasta sus últimos días la muerte del pequeño Cañedo. A esa abuela que derrochó fuerza y me supo contar la verdad. Gracias Modesta porque soy lo que soy por vosotros/as. Y a Juan, que vivió pero no estaba vivo, unos cuantos años y jamás olvidó aquel último abrazo.
 

En el amanecer cortaron los sueños
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