sábado 21/5/22
DAVID JIMÉNEZ

"Los ucranios están demostrando que no van a aceptar ser esclavos de un dictador en Moscú"

El periodista ha presentado en la tarde de este viernes en la librería Gil de Santander su último libro, ‘El Corresponsal’. Para esta novela el escritor se ha inspirado en su experiencia en la Revolución del Azafrán de Birmania para plasmar cómo la guerra saca el lado más oscuro del ser humano. Una realidad que ahora mismo están viviendo muchos reporteros desplazados a Ucrania.

David Jiménez
David Jiménez

David Jiménez (Barcelona, 1971) entró un día al despacho de Pedro J. Ramírez, entonces director de El Mundo, para pedirle que le mandase como corresponsal al extranjero, una conversación que acabó con Jiménez destinado en el extremo oriente.

Desde entonces, una intensa carrera como corresponsal durante casi dos décadas le ha llevado a cubrir combates en Afganistán, Sri Lanka o Cachemira. Sin duda una dilata experiencia informando sobre conflictos internacionales que le ha servido para retratar esta realidad de manera fidedigna en ‘El corresponsal’. Un oficio, por otro lado, que según nos cuenta “no está valorado, reconocido ni bien pagado”, ya que por el camino David ha perdido a compañeros de profesión como el periodista Ricardo Ortega o el fotógrafo Kenji Nagai.

A día de hoy y tras tantos años en primera línea de batalla, David ahora se encuentra en una etapa en la que mira “desde la distancia, pero con cierta tentación, el conflicto en Ucrania”.

¿En qué momento de su vida decide trabajar como corresponsal de guerra?

Fue cuando ya había empezado a trabajar, es verdad que en la facultad uno siempre tiene la fantasía de ser corresponsal y ver el lado más romántico del oficio, pero realmente fue cuando empecé a aburrirme con lo que estaba haciendo en la redacción y un día entré en el despacho de Pedro J. Ramírez, que entonces era director de El Mundo, y le dije que quería ser corresponsal. En esa época no había nadie que estuviese cubriendo la zona del extremo oriente, así que me dijo “vete a probar seis meses”, y eso se transformó en 18 años como corresponsal.

Pasé de cubrir atascos de tráfico y operaciones salida de vacaciones a contar guerras, revoluciones o desastres naturales

¿Y cómo fue ese primer viaje?

Es un cambio radical, porque pasé de cubrir atascos de tráfico y operaciones salida de vacaciones a contar guerras, revoluciones o desastres naturales, y son dimensiones completamente diferentes. Cuando eres más joven y no has visto nada de eso es un shock, pero con los años la veteranía te va haciendo más adaptable a esas situaciones extremas.

Una cosa es que te cuenten la guerra o que la veas por televisión y otra es seguirla en el frente, ahí te das cuenta del sufrimiento que provocan los conflictos y curiosamente te hacen comprender menos incluso cómo puede ser que los seres humanos seamos capaces de destruirnos de esta manera.

Portada del libro El corresponsal

Portada del libro El corresponsal

¿En cuántas guerras ha estado?

He estado en una decena, algunas de ellas muy notorias y con mucha atención mediática como Afganistán, pero también he cubierto otras menos conocidas, las que llaman guerras olvidadas, como la de Sri Lanka o la de Cachemira, que rara vez ocupan titulares.

¿Hay algún momento que le haya marcado especialmente?

‘El corresponsal’ se inspira en lo que vi en Birmania, donde fui testigo de cómo el Ejército birmano masacró a cientos de inocentes en las calles y también vi cómo mataban a pocos metros de donde yo estaba a un fotógrafo, Kenji Nagai, al cual he convertido en un personaje de mi novela como homenaje hacia él.

¿En algún momento temió por su vida?

El libro está dedicado a Ricardo Ortega, con el cual cubrí la guerra de Afganistán y al que luego mataron en Haití

Sí, en varias ocasiones. Más que la veteranía o la experiencia, volver a casa de un conflicto tiene mucho que ver con la suerte, ya que he vivido tiroteos y situaciones muy peligrosas. Hubo momentos donde simplemente creo que tuve suerte donde otros compañeros no la tuvieron. De hecho, el libro está dedicado a Ricardo Ortega, con el cual cubrí la guerra de Afganistán y al que luego mataron en Haití.

Los protagonistas de su novela, Miguel y Daniel, representan dos formas distintas de entender el periodismo. ¿Cuánto hay de usted en cada uno de ellos?

Probablemente he sido en algún momento Miguel Bravo, el joven idealista que llega convencido de que con sus reportajes e historias va a mejorar las vidas de la gente y en algún momento también he sido Daniel Pinto, el veterano más cínico y descreído que empieza a dudar de que haya merecido la pena. Yo creo que los reporteros pasan por esas dos fases y al final siempre tienen esa lucha contra el cinismo y la desilusión.

¿Cuánto hay de realidad y de ficción en ‘El corresponsal’?

Hay que dejar un poco al misterio, esa es la gracia de la novela. Pero creo que el lector que lea ‘El corresponsal’ va a poder decir que ha leído la verdad sobre cómo es la vida más íntima y personal de esos reporteros. Yo diría que estamos más cerca del 80% de realidad y con unos pocos adornos para enganchar al lector y hacer la historia más dramática e incluir también una historia de amor, donde la imaginación también juega un papel.

Cuando va a cubrir una guerra ve el lado oscuro del ser humano, ¿cómo se vuelve a la rutina del día a día tras ver los horrores de la guerra?

Un corresponsal de guerra no regresa nunca del todo de los lugares donde conoció la verdad de los hombres

Me interesaba mucho contar esa parte en la novela, cómo es de difícil adaptarte a la vida cotidiana cuando has estado en la guerra y pasas, por ejemplo, de la trinchera en lugares como Afganistán a la cola del pan. Te sientes extraño cuando regresas y muchas veces es importante tener un entorno que te devuelva a la normalidad, porque si no sería muy complicado. Hay mucho juguete roto dentro del mundo de los corresponsales que no consiguen nunca salir del todo de la guerra.

Hay un momento en el libro en el que se dice que un corresponsal de guerra no regresa nunca del todo de los lugares donde conoció la verdad de los hombres y eso es un riesgo. Al final en esos lugares se suele quedar una parte de ti y también tú te llevas una parte de esos lugares contigo, cada reportero gestiona las heridas que te van dejando las coberturas de una manera diferente.

Libro 'El corresponsal' junto a cámara de fotos

Libro 'El corresponsal' junto a cámara de fotos

¿Se ha planteado cubrir la guerra de Ucrania?

Mientras veo las noticias es verdad que me entra un hormigueo en el estómago, ganas de coger la mochila e irme a contarla, porque es lo que he hecho casi dos décadas, pero como decía Hemingway, este es el mejor oficio del mundo siempre que lo sepas dejar a tiempo. Es cierto que la época de reportero intrépido ha pasado y ahora hay una nueva generación que lo está haciendo muy bien. Los que hemos vivido esas experiencias podemos aportar más analizando la situación, pero sin descartar que en un momento dado uno al final coja el avión y se plante allí, aunque sea, no tanto para escribir el breaking news del momento, sino el reportaje más amplio y sosegado en el que explicas a los lectores lo que hay detrás de estos conflictos.

En una época en la que todo el mundo tiene un smartphone con el que poder grabar y retransmitir en cualquier momento, ¿qué papel juegan los corresponsales de guerra?

Yo creo que eso hace todavía más necesario el papel de los corresponsales, porque, en medio de toda esa información, también hay mucha manipulación y la gente necesita periodistas preparados, que estén sobre el terreno y conozcan la historia y no tengan ningún interés ni ningún bando, para que, en medio de esa oferta masiva de contenido, sepan seleccionar lo que es relevante, lo que es verdad y hacerlo de manera rigurosa. Yo creo que eso es lo que todavía hace muy importante que los periodistas vayan a esos conflictos.

¿Cree que está reconocida la labor de los corresponsales?

Desgraciadamente solo nos acordamos de los reporteros cuando hay un conflicto como el de Ucrania. Este trabajo no está valorado, reconocido, ni bien pagado, y es una pena porque al final tenemos a gente jugándose la vida para contarnos cosas lejanas y muchas veces no se les descuelga el teléfono desde las redacciones.

Solo nos acordamos de los reporteros cuando hay un conflicto como el de Ucrania

Estamos tan enfrascados en nuestras batallas políticas y en el próximo partido de fútbol que no hacemos caso a lo que está pasando fuera de nuestras fronteras y de repente descubrimos que eso también nos afecta. Sería importante, para que haya nuevos reporteros dispuestos hacer este trabajo, que no solo se les pagase mejor, sino que tuviesen el reconocimiento que se merecen.

No sé si está hablando con compañeros corresponsales que se encuentren ahora mismo en tierras ucranianas...

Intento no molestarles porque sé que están muy ocupados, pero es verdad que a través de las redes sociales voy siguiendo su trabajo. Cuando yo cubría este tipo de conflictos estaba muy centrado y no tenía tiempo para más. Primero estoy pendiente de su seguridad y de vez en cuando doy algún consejo de veterano, pero lo que espero con más ganas es que vuelvan para poder tomarme unas cervezas mientras me cuentan lo que vivieron.

¿Cómo y cuándo puede acabar el conflicto entre Rusia y Ucrania?

Una verdad grande de los conflictos es que se sabe como empiezan pero no como acaban. Fíjate que los americanos entraron en Afganistán en el año 2001 y esa guerra no terminó hasta 20 años después con una derrota de Estados Unidos. Yo creo que cuando invaden un país en contra de su voluntad puedes esperar una gran resistencia, incluso si Putin arrasa el país y pone una bandera de la Federación Rusa en el centro de Kiev, se va a encontrar con un conflicto que va a durar mucho tiempo, porque los ucranios están demostrando que no van a aceptar ser los esclavos de un dictador en Moscú.

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