domingo. 03.03.2024

A la galaxia ciudad arribó dentro de una cápsula poliédrica una pastora que procedía de los valles de la sintaxis. Salvaje, ruda y con un pañuelo anudado en su rizosa melena, la pastora pisó el asfalto con ganas de bailar sus ancestrales danzas. Muchas personas se acercaron a ella en una plaza sin árboles y dio rienda suelta a su pericia artística.

-Es de un pueblo perdido -gritaban algunos.

-¡Vengo de un planeta donde somos felices! -exclamó ella.

La pastora, que iba vestida con un traje de lana de oveja, traía la alegría a una ciudad llena de tristeza donde el cemento se comía la hierba. Entendió la desazón de aquellos habitantes: vivían huérfanos del calor humano de sus legisladores. Les convocó a una reunión donde les ofreció luz y un poco de magia. Y un consejo: “Debéis ser dueños de vuestro destino, nunca lo olvidéis”.

Su tiempo de estancia había terminado y debía regresar a su lejana estrella del universo. Discurrieron los años y los consejos de la pastora dieron sus resultados. La gente de aquella urbe había plantado semillas en el ayuntamiento, en los bulevares sintéticos pendían melocotones y sandías. Aquella plaza desnuda se convirtió en un vergel de olores a especias. Un piano de cola con amplificación alegró la vida de sus habitantes.

El viaje de la pastora
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