viernes. 23.02.2024

La carta que recogió de su buzón era una notificación de la compañía eléctrica. Nada que no supiera. Verónica vivía en un mundo irreal, siempre soñadora y eternamente soltera. Cumplía años y su rostro se iba arrugando. Esperaba una carta de amor de algún anónimo pretendiente, pero se tenía que conformar con bailar los sábados en una discoteca donde alternaban cincuentones, todos rudos que venían de las cuadras del ganado.                  

Aquel pueblo tan poco hospitalario convertía a mujeres como Verónica en personajes de triste estampa. Todo cambió un fatídico día festivo. Guardaba en su armario un traje blanco de época, como si fuera el de una princesa. Aquel día, mientras repicaban las campanas, entró en misa y ante la mirada atónita de los feligreses blandió unas tijeras y empezó a hacer un recortable de su vestido. Cuando solo estaba en bragas y sujetador insultó al cura y con un cirio se liberó de su mojigatería y lo introdujo en su vagina hasta alcanzar un orgasmo. Creían que se había vuelto loca, pero nunca estuvo más cuerda.

Verónica
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