jueves. 29.02.2024

Mis amigos murieron como perros y yo sobreviví en una casa de putas. Ellas me cuidaban con esmero, no era la escoria que veía un contenedor de basura como un gran táper. Así me habían hecho sentirme en el trabajo. Marina tenía las caderas anchas y un busto de monumental tamaño. Ya rondaba la cuarentena. Decía que no entendía de política, pero sí de pollas.

Mientras estaba tumbado leyendo 'Retrato del artista adolescente' de James Joyce, ella intentaba llamarme la atención con sus tetas desnudas, pero estaba tan fatigado, tan hambriento, que apenas me quedaba energía para echar un polvo. ¿Cómo aguantaban estas mujeres con un caldo y un muslo de pollo? Eran admirables, cálidas, comprensivas.

A la hora nocturna del comedor social, por la calle desfilábamos como si de una cadena humana se tratara. Unos cuantos nos quedamos sin poder cenar porque llegamos los últimos y se habían agotado las existencias. Parecíamos los más indigentes. Regresé al prostíbulo, después de coger pan de molde tirado en la acera, y esta vez sí, follé con Marina. Me alimenté de placer.

Turno de mendigos
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