viernes. 23.02.2024

Miraba al horizonte entre el frío gélido del invierno en la montaña. Ella era la mujer a la que más amaba, mi diosa, un flujo de sangre que bebía en una taza de infusión. Alrededor de su largo abrigo oscuro que cubría sus botas altas me sentía protegido por su sabiduría. Siempre de espaldas su silueta decimonónica convertía en admiración el terror de su espectro.  

Buscaba hongos, trufas, hasta que mis ojos se desprendían al suelo. Levantó una de sus botas y quedé ciego. Los aplastó para que no volviera a curiosear cuando dominaba el mundo con el poder de su mente.

Silueta
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