martes. 05.03.2024

Todos los días de invierno un joven lutier partía de su casa hacia un bosque de hayas con unas botas de montaña y pertrechado de ropa de abrigo. Le gustaba hablar solo por la senda arbolada. Sentía sosiego e inspiración para su oficio. Decidió desviarse de su ruta habitual entre el murmullo de la naturaleza. 

Iba abstraído hasta que se tropezó con una pata de madera rota. Se agachó para palpar la enigmática pieza. Susurró unas palabras y de repente comenzó a estallar una melodía de piano a la altura de una cascada, apenas a unos cien metros de distancia. Cuando llegó a ese espacio que parecía un jardín de cuento, se adentró en una estrecha cavidad. La música sonaba como un eco, un melancólico nocturno. Halló un teclado de piano donde unas arrugadas manos de mujer no paraban de tocar. Solo unas manos mutiladas. Su cuerpo se transmutaba en un ánima.

Manos de pianista
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