viernes. 01.03.2024

Alboreó un día con helada. Carolina desempañaba los cristales antes de salir a la calle para embarcar en un bote para pescar con anzuelo. Poco a poco la niebla iba dibujando grisácea la bahía. Dentro de la pequeña barca llevaba sus provisiones, cebos vivos para la pesca y unas botas de plástico que se pondría en mar abierto. Su juventud le hacía tomar riesgos a veces innecesarios, y así entre aguas bravías perdió casi el control por culpa de una marejada anunciada.

La melena morena de Carolina se iba empapando por la humedad. Su pericia le hizo, no obstante, mantener el tipo. No picaban los peces pero inmersa en la bruma vislumbró una ballena jorobada. Con la descomunal cola provocaba unas ondas acuáticas cuando transitaba junto a ella. Estaba herida de muerte con un arpón en su joroba. No podía ayudarla. Unas ninfas marinas le conducían hasta la orilla de la playa para que muriera. Cuando regresó al embarcadero, amarró la barca y corrió hasta el arenal.

Yacía el cuerpo fallecido de una anciana rescatada flotando en las aguas por unos pescadores. Preguntó a uno de ellos casi sin resuello pero no obtuvo la respuesta deseada. "¿Ballena, qué ballena jorobada? ¿No ves el cadáver de la vieja, hija? Y sentenció mientras encendía un pitillo: “Desde hace un siglo no se ve ninguna por aquí". Tiritó en ese instante de frío, el mismo que sentiría el resto de su vida.

La leyenda de la ballena jorobada
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