martes. 05.03.2024

1. MISIÓN IMPOSIBLE

Persia, hoy Irán, año 1090. Hassan i Sabbah, un estudiante persa que por su inteligencia fue enviado al Cairo, acaba de regresar a su patria. Viene a hacer proselitismo de la prohibida fe ismailita, de la que se ha convertido en un reputado teólogo. Eludiendo a los agentes del sultán selyúcida que le buscan, se adentra en los montes Elburz, una cordillera que rodea el Caspio por el sur, con cimas de hasta 5.000m. 

Disfrazado de maestro de escuela merodea por Gathor Khan, una remota aldea a los pies del inexpugnable castillo de Alamut, construido sobre un risco a 2.163m. Ha comprendido que es el lugar perfecto para llevar a cabo lo que considera su misión. Desde entonces su objetivo es tomar el castillo. No tiene ejército. Tampoco es rico. Pero finalmente lo consigue ¿Cómo es posible?

2. SI ES QUE VAN COMO LOCOS

Nos quejamos de cómo está hoy Oriente Medio, pero si miramos al pasado, ni tan mal. En la década del 1090 que nos ocupa, no ataban precisamente perros con longanizas. El Islam estaba partido en dos califatos. El califa fatimí del Cairo se zurraba con el abasida de Bagdad, tanto por territorio como por ser el auténtico heredero del Profeta. Y el abasida solo era ya un fantoche espiritual. Una tribu de brutos venidos del Asia profunda, los turcos selyúcidas, acababan de birlarle el reino dejándole solo con el título honorífico. Los turcos, que ya se habían merendado media Asia, habían visto el trasero a los bizantinos cuando huían a toda prisa perdiendo Anatolia. Por si fuera poco, desde Europa empezaban a llegar oleadas de militares, pícaros y fanáticos ávidos por matar sarracenos y establecer estados feudales entre la actual costa turca y Jerusalén. Era esa carnicería que desde este lado del Mediterráneo llamamos buenísticamente las Cruzadas.

El Bazar de Qazvin
El Bazar de Qazvin

3. ALMAS EN PENA

Qazvín, a 150 km al noroeste de Teherán es el punto de partida para visitar la fortaleza de Alamut. Llego a la ciudad al atardecer, con el tiempo justo para recorrer el bazar, un laberinto de estrechas calles saturadas de tiendas y protegidas de la intemperie por un techado de arcos ojivales. Separan las calles los grandes patios de antiguos caravasares que hospedaban a mercaderes y camellos, hoy utilizados como almacenes comerciales.

Me detengo en un puesto del bazar para comprar unas pilas, y el muchacho que lo atiende me pregunta en buen inglés por qué he venido a Irán.

Ingenuamente le describo las maravillas del patrimonio cultural del país y la amabilidad de los iraníes.

–No entiendo a qué vienen aquí –me dice con gesto hosco–. Este país es un asco. Lo interesante es Europa.

He visto más veces esa actitud. Jóvenes con buena formación, que se sienten occidentales y no soportan la irrespirable falta de libertad del régimen ayatolá. Para ellos Occidente es un sueño idealizado. Un paraíso cuya frontera les ha sido vedada. Y en su país sienten como si desperdiciasen su vida en una prisión.

Tristes vidas, a la espera de un improbable cambio de régimen, detestando la parte buena de su mundo por un sueño que quizá solo esté en su cabeza.

4. JUDÍOS IRANÍES

Qazvín tiene un casco viejo memorable. De retorno al hotel, entre mezquitas, medersas y palacios, me encuentro con Imamzadeh Chahar Anbia, un singular mausoleo dedicado a cuatro antiquísimos predicadores judíos conversos que llegaron y murieron aquí para traer la nueva del nacimiento de Cristo. 

El mabiente alucinatorio del Mausoleo de los 4 judíos conversos
El ambiente alucinatorio del Mausoleo de los 4 judíos conversos

No es muy raro encontrar judíos en Irán, donde quedarán unos 20.000. Deportados por los babilonios en el VI a.C., muchos de ellos no retornaron a su patria y se dispersaron por Persia y Mesopotamia.

Los mausoleos chiítas son muy llamativos. El sarcófago que albergan está rodeado de una verja de metal –a veces plata– a las que se abrazan los fieles para orar.  Sus paredes y techo, recubiertos de trozos de espejo e iluminados con luces de colores producen una atmósfera alucinatoria. Saliendo al patio hay también un alucinatorio mural sobre la guerra, encargado por el gobierno, que escenifica cómo llevar el hiyab es una guerra sagrada. 

5. CÓMO TOMAR UN CASTILLO SIN DERRAMAR SANGRE

Mural explicando que llevar el velo es una guerra sagrada
Mural explicando que llevar el velo es una guerra sagrada

Hassan no había regresado del Cairo a Persia por propia voluntad. Tras ponerse de parte del bando perdedor en la sucesión del califa fatimí, fue encarcelado. Pero el derrumbamiento de una torre de su prisión se consideró una señal divina en su favor y se le embarcó hacia el exilio. Aunque su barco naufragó, pudo llegar a Persia donde pasó varios años viajando mientras buscaba adeptos al credo ismailita. 

Para adueñarse del castillo, Hassan desarrolló durante dos años una paciente estrategia. Debía de tener un enorme poder de persuasión, porque fue convirtiendo a sus ideas a personajes clave mientras infiltraba seguidores en el castillo. Cuando toda la guarnición estuvo convertida o sobornada desertó del propietario y aclamó a Hassan como nuevo señor de Alamut. El nuevo dueño compensó la expulsión al anterior con un documento por el que el más rico de sus acólitos le entregaría una generosa cantidad de dinero. Pero ¿Para qué quería Hassan el castillo?

6. CUMPLIR UN SUEÑO

De Qazvin hasta el castillo de Alamut solo hay 103 km, pero se tarda más de dos horas y media en llegar. La ruta se adentra por la sierra de Elburz en un continuo subir y bajar puertos de montaña. Ante la vista, resecas cordilleras con laderas hendidas por la erosión descienden hasta las manchas de verdor del fondo de los barrancos, junto a los que se divisan algunas aldeas.

Las montañas de Elburz
Las montañas de Elburz

Aunque viejos y descacharrados, en Irán abundan los coches. El litro de gasolina cuesta 6 céntimos de euro. Es un viernes, equivalente a nuestro domingo, y las familias se entregan a la afición nacional: el picnic. Detengo el coche de alquiler en un mirador, y una familia sentada cerca no deja de insistir hasta que me siento a compartir con ellos sus brochetas con tomate asado y un poco de arroz. Imposible decir que no. Los iraníes son así.

Al fin llego a un largo valle cubierto de frutales que trepa hasta el pueblo de Gathor Khan, situado bajo la peña que corona el castillo. O lo que quede de él.

El castillo de los Asesinos. He deseado durante tantos años poder llegar a este lugar mítico, que la expectativa de estar a punto de lograrlo me llena de impaciencia. 

Aparentemente no hay acceso a la cima, pero una senda que bordea un precipicio por la parte trasera de la peña conduce a la arista cimera. Sobre ella se extienden las ruinas, un tanto decepcionantes por estar cubiertas de andamios y a falta de una excavación y reconstrucción sistemáticas. Aún así, la intensidad del lugar permanece. Las vistas son magníficas. Alamut significa, con todo su sentido, nido de águilas.

Me siento a disfrutar del momento en la parte más alta, sobre lo que queda de una torre desmochada. Por un momento la niebla de los siglos se diluye y es fácil imaginar –casi como un recuerdo– un mundo y unas gentes que vivieron y murieron aquí hace mil años.

7. UN GRANO EN EL CULO DEL SULTÁN

Hassan era a la vez un erudito, un místico y un hombre de acción. Apenas ocupó el castillo, inicio trabajos para la construcción de terrazas y regadíos que ampliasen la superficie cultivable del estrecho valle situado debajo. Como intelectual y experto en matemáticas, astronomía, alquimia, medicina y arquitectura, fue acumulando una enorme biblioteca admirada por quienes la visitaron. Y poco después de adueñarse del castillo rompió con los ismailitas del Cairo para establecer su propia escisión, a la que se ha llamado nizarí. Sus enemigos los llamarían despectivamente hashashin, que se ha interpretado como los consumidores de hachís.

Pero la mayor amenaza para la nueva población del castillo venía de los turcos. Alamut era un nido de herejes. Un irritante grano en el trasero del imperio selyúcida. A pesar de su inexpugnabilidad, tarde o temprano vendrían a por ellos. Hassan recurrió a la figura del fedayín, que significa El que da la vida por otros, y empezó a formar un cuerpo de seguidores dispuestos a morir por su fe, algo que solo líderes muy carismáticos pueden conseguir. Eran insuficientes para defender cuerpo a cuerpo la fortaleza. Pero la guerra, como el amor, puede hacerse de muchas formas. Y aquí empieza la leyenda.

8. MARCO POLO Y EL MILLÓN DE MENTIRAS

Fue el italiano Marco Polo quien descubrió para los europeos a Hassan i Sabbah en su libro de viajes El Millón –que sus irónicos compatriotas completaron con el nombre de El millón de mentiras–  denominándole Cheik-el-Djebel o El Viejo de la Montaña. Polo, que conoció Alamut ya en ruinas, relata una leyenda un tanto ingenua: sus fedayines los Asesinos eran drogados con hachís por Hassan para que despertasen en:

“…el más bello jardín que jamás se vio. En medio había hecho edificar los más suntuosas palacios que jamás vieron los hombres, dorados y pintados de los más maravillosos colores. Había en el centro del jardín una fuente, por cuyas cañerías pasaba el vino, por otra leche, por otra la miel y por otra el agua. Había recluido en él a doncellas que sabían tañer todos los instrumentos y cantaban como los ángeles, y el Viejo hacía creer a sus súbditos que aquello era el Paraíso”. 

Tras la experiencia se les volvía a drogar y se les decía que habían estado en el paraíso y regresarían allí si morían en sus misiones, casi siempre suicidas. Consumidor de hachís o hashashin, asesino y nizarí confluyen así en una misma palabra. 

Mapa del recorrido
Mapa del recorrido

9. EL SUICIDIO COMO ARMA

¿Qué no puede utilizarse como arma? Hasta el suicidio. Incluso el amor. Para sojuzgar a sus poderosos enemigos, Hassan envió a sus hombres a las cortes de los soberanos vecinos, donde pacientemente se iban infiltrando sin despertar sospechas. Podían pasar años. No importaba. El asesino se mantenía allí esperando su momento. Cuando recibía la orden, mataba. Y a continuación no huía. Se quedaba esperando junto a su arma a ser descubierto. Sabía que le esperaba una muerte segura que había aprendido a despreciar. Esto desconcertaba y asustaba a los enemigos.

La primera víctima de esta estrategia fue el gran visir Nizam Al-Mulk, un hombre clave del estado selyúcida. El magnicidio desbarató de tal manera las estructuras de poder del imperio que supuso el principio de su fin. Le siguieron los asesinatos de otros líderes, entre ellos dos califas de Bagdad y un sultán seljúcida, el califa fatimí de Egipto y su visir, el patriarca cristiano de Jerusalén y un buen puñado de nobles y mandatarios cruzados. De manera que ningún caudillo hostil a Hassan podía dormir tranquilo. En cualquier momento, desde su círculo más íntimo, una daga podía atravesarse en el camino a su cuello.

10. PERO ¿QUIÉNES ERAN LOS ISMAILÍES?

La secta más heterodoxa del Islam. Una facción del chiísmo que alcanzó el poder en Egipto bajo el nombre de dinastía fatimí e integrada por algunas de las mejores mentes de su tiempo.

Acostumbrados a las persecuciones de los rígidos sunnitas, los ismailíes se habían organizado para mantenerse en la clandestinidad. Temidos en las cortes musulmanas por lo revolucionario de sus ideas, funcionaban con un sistema de misioneros que se movían ocultando su condición. Quitaban importancia a la sharia –la ley islámica– que fundamenta la formalista mentalidad sunní, porque creían que el Corán es la alegoría de un mensaje oculto que a su vez es la alegoría de otro, en una jerarquía de 7 niveles de los que el último contiene la verdad suprema.

El señor de Alamut llegó a derogar en 1164 la sharia, prohibiendo el ayuno de Ramadán y permitiendo el consumo de alcohol, de modo que allí el Islam pasó a ser una religión estrictamente espiritual y personal.

Tras  la caída de Alamut, los nizaríes resurgen débilmente en el siglo XV. En el XIX, ya repartidos por medio mundo, el shah de Persia entrega el título de Aga Khan al 47º imán nizarí. Hoy día, el jefe del ismailismo y heredero de los imanes nizaríes es el Shah al-Hussayni, conocido como Aga Khan IV.

La cima con el castillo en reconstrucción
La cima con el castillo en reconstrucción

11. UN REINO TAN FICTICIO COMO MORTÍFERO

Después de Alamut, otros castillos de la zona fueron cayendo en manos de los hashashin, si era posible sin recurrir al derramamiento de sangre. El Viejo de la Montaña siempre elegía los más inexpugnables. Luego siguió tomando fortalezas por el resto de Persia. Más tarde, hizo lo mismo en Siria.

De esta manera los nizaríes crearon algo que podría calificarse como un estado sin tierras, incrustado en el imperio selyúcida, formado por más de cincuenta castillos comunicados entre sí por emisarios ocultos. Un estado defendido por el miedo de los mandatarios a ser víctima de un atentado. Todo se sostenía sin batallas sangrientas ni opresión sobre los civiles.

El valle de Alamut
El valle de Alamut

12. VIAJE A RUDKHAN

Situado en la otra cara de los montes Elburz –la que mira hacia el Caspio– Rudkhan es uno de los castillos hashashin mejor conservados de Persia. Al cruzar la cadena montañosa de sur a norte, el clima cambia radicalmente y las resecas montañas aparecen cubiertas por densos bosques atlánticos, llenos de humedad y vegetación. 

La carretera finaliza en Ghalehroodkhan Bazar, una explanada atiborrada de casas de té y toda clase de tiendas de chucherías para turistas locales. Desde allí muchos empiezan la senda que a lo largo de casi 500m de desnivel, asciende entre un bosque de cuento de hadas hasta la fortaleza, situada a 700. Pero solo unos pocos llegan hasta arriba. 

Sentados junto a la puerta de acceso, dos vendedores me ofrecen un helado del cubo isotermo en que los guardan. Para los iraníes, ver a un occidental es siempre motivo de celebración, y enseguida siguen las bromas sobre los equipos de fútbol españoles –de los que saben más que yo– mientras los curiosos se acercan y participan para practicar su inglés o su lenguaje de gestos.

Asentado sobre una arista cimera y rodeado de agudos picos alfombrados de bosque caducifolio, el castillo es un enorme complejo defensivo de ladrillo con 65 torres y más de un kilómetro de longitud.

El bosque que lleva hasta el castillo de Rudkhar
El bosque que lleva hasta el castillo de Rudkhar

Anochece y empieza a llover cuando retorno al coche. Tras casi dos horas de curvas llego esa noche a dormir a Masuleh, un bonito pueblo de montaña establecido sobre una ladera tan agreste que los planos tejados sirven de cimiento a las casas situadas encima. Es tarde y los pocos hoteles están saturados, pero muchos vecinos han habilitado habitaciones para alquilar. La que consigo tiene una ventana a la altura de la calle por la que los transeúntes asoman la cabeza fisgando en mi intimidad. Pero encuentro un retrato enmarcado de Khomeini que encaja en la ventana. Ante la ceñuda mirada de su Gran Hermano, los viandantes aceleran el paso y miran hacia otro lado. Esa noche toca dormir al modo iraní: una manta por encima y por cama una fina esterilla echada sobre una alfombra. Protegido por el imam Khomeini duermo como un ayatolá.

13. ALGUIEN DEJÓ UNA DAGA JUNTO A TU ALMOHADA MIENTRAS DORMÍAS

Hassan i Sabbah murió en 1124, pero aún le sucedieron 7 líderes hashashin a lo largo de los 166 años en los que los nizaríes mantuvieron su inusual poder. En ese tiempo continuaron los asesinatos de caudillos musulmanes o nobles cruzados cuando amenazaban sus intereses. El todopoderoso Saladino, tras sufrir dos atentados de los hashashin decidió acabar con ellos y sitió Alamut. Pero al levantarse una mañana en su bien vigilada tienda de campaña, encontró una daga situaba junto a su almohada. Era el último aviso, que a veces los nizaríes tenían a bien conceder. Saladino comprendió y dio orden de retirarse y dejarlos tranquilos.

14. SI EL ÚLTIMO NAZARÍ NO HUBIESE SIDO UN COBARDE QUIZÁ NO SERÍA EL ÚLTIMO

Fueron los mogoles de Gengis Khan quienes acabarían con los Asesinos. A Hulagu Khan, nieto de Gengis, se le encargó la conquista del Oriente Próximo. Una vez ocupada Persia, Hulagu no podía avanzar hacia Siria dejando las fortalezas nizaríes en la retaguardia. 

Rukh al-Din, el último líder nizarí, se enrocó en el castillo de Maimundiz sitiado por las tropas mongolas, esperando que el crudo invierno iraní los congelaría. Pero aquel invierno fue el más suave nunca conocido. Rukh al-Din perdió la fe en sí mismo y se avino a negociar con Hulagu en un proceso que finalizó con en su apresamiento. Cobardemente aceptó ordenar la rendición de Alamut y otras fortalezas a cambio de la vida de su familia y la suya propia, que no se le perdonó por mucho tiempo. 

A partir de aquí las fortalezas nizaríes de Persia empezaron a caer como fichas de dominó, mientras los mamelucos iban tomando las de Siria. El castillo de Alamut, capital de aquel reino sin tierras e inexpugnable por la fuerza militar, fue entregado por sus ocupantes e incendiado después por los mogoles. Incluida su gran biblioteca.

El castillo de Rudkhar
El castillo de Rudkhar

15. NOSTALGIA POR DEJAR DE SER

Dejando atrás la anécdota, cuesta comprender cómo El Viejo de la Montaña podía convencer a sus seguidores para que aceptaran una muerte segura. El suicidio elegido por una causa –pero no la acción con alta probabilidad de morir– es enormemente chocante para la mentalidad occidental, que considera la vida como el don más valioso. 

Una ilustración antigua de Hassan, el viejo de la montaña
Una ilustración antigua de Hassan, el viejo de la montaña

Por eso el hoy tan común terrorismo suicida islámico se nos antoja solo explicable como una respuesta visceral a abusos que han destrozado la propia esencia de una persona. Pero los kamikazes japoneses no habían sufrido esos abusos. Y los cristianos que acosaban a los gobernantes romanos para que los asesinasen y así convertirse en mártires, tampoco.

El fanatismo es condición imprescindible, pero no todos los fanáticos son suicidas. Sucede igual con la depresión y con esos actos de violencia de género que a veces terminan en la autoinmolación del asesino. Una cosa es la compulsión por morir y otra sobre qué argumentos se justifica.

Quizá la razón definitiva sea la atracción del abismo. Somos tan complejos que a veces eludimos el laborioso impulso de la vida para escuchar los cantos de sirena de la muerte. Quién sabe. Superadas las propias barreras, puede ser muy dulce abandonarse y poder dejar de sufrir.
 

Irán profundo (1): La secta de la que viene la palabra asesino
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