lunes. 26.02.2024

Cuando le tocaba el turno de noche, Elisa se acicalaba en el espejo del baño del hospital. Se gustaba. Sabía que era una joven enfermera irresistible con unos ojos verdes gatunos. Padecía un síndrome neuroléptico maligno, una reacción adversa al uso de antipsicóticos. Intentaba disimular este problema para que no la despidieran del trabajo. Cuidaba mucho los detalles.  Antes de pasar revisión a los pacientes de la quinta planta de enfermedades respiratorias sacaba de su bolso unas fotos hechas por ella en la unidad de amputados. Tragaba de un vaso agua con bicarbonato porque tenía ardores en el estómago. La enfermera iba a visitar a su paciente favorito, un anciano asmático. Sus pisadas por el pasillo se escuchaban como un estruendo inquietante.

-Manuel, ¿cómo estás?

-Qué guapa eres...

-¿Te gusto? -le dio un suave cachete en la cara.

-Sí -babeaba.

-Te voy a retirar la máscara respiratoria, creo que no la necesitas para dormir.

El anciano se quedó sorprendido ante la ocurrencia de Elisa. Con sus largas manos le retiró la mascarilla. En apenas unos segundos, el hombre se ahogaba. Estiraba los brazos balbuceando a duras penas. Ella observaba, fría, esperando su asfixia. Salió deprisa con la satisfacción en su mirada, tropezó con un médico ("buenas noches, Elisa") y se dirigió a la habitación de dos hermanos mellizos de mediana edad. Les tocaban las inyecciones. De casa traía preparadas las dosis letales. Logró serenar su noche psicótica en el cuarto de descanso. En un bolso neceser introdujo tres dados. Ya había treinta. Pero volvió al pasillo.   

Enfermera de noche
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