martes. 27.02.2024

Las nubes cubrían la montaña y caían chuzos de punta. Diez caminantes nos encontrábamos desde hacía dos días protegidos en un albergue rehabilitado el pasado invierno. El espacio era amplio, aunque el aguacero que no cesaba, nos tenía retenidos. Al tercer día cesó la tormenta y todos preparamos nuestras mochilas para proseguir la marcha. "¡Un momento! ¡La puerta no se puede abrir!" advirtió uno de nuestros compañeros. "Imposible, si entramos por ella". Empezó a cundir el miedo. Estábamos encerrados.                                         

También las ventanas se encontraban selladas y los cristales estaban blindados. Ni a patadas, ni con palos, ni con cuchillos podíamos salir de aquella trampa y, lo peor, nos encontrábamos incomunicados. El albergue se encontraba situado bajo una cascada. Todos nos referimos a ella cuando nos rendimos al contratiempo. Fue mencionar el riesgo de una escorrentía cuando se reventaron los tabiques del albergue por la virulencia de una riada. El bosque se convirtió en un cementerio flotante.

El albergue
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