martes. 05.03.2024

Si anduvieras en mi búsqueda estaría sentado como un tonto escuchando la caída del agua del manantial, pero no era así, olvidaste tu promesa. Recorrí las cumbres borrascosas para ausentarme de esta vida que no elegí. Solo como un perro abandonado no encontraba la pócima que decían se hallaba escondida en las vías de un tren minero. El mundo palidecía entre mis torpes manos que no te habían sabido acariciar. Encontré la carretera principal que comunicaba con la ciudad más próxima. Un coche se detuvo a mi altura y el conductor abrió la ventanilla.

-¿A dónde se dirige?

-A donde las luces mueren -contesté enigmático.

-Yo le ayudaré.

El trayecto fue corto, de apenas sesenta kilómetros. Atardecía durante el itinerario y apenas cruzábamos palabras. Cuando entramos por una rotonda en aquella ciudad desconocida, los agentes de tráfico nos pararon: la carretera estaba cortada por un accidente. No podía ser, era ella estrellada en una farola con su moto. Supe después que fue un suicidio.

A donde las luces mueren
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