sábado. 02.03.2024

Mi enfermedad me causaba escalofríos. Mi cuidadora era una mujer todavía atractiva que estaba a punto de jubilarse y nunca había mostrado empatía alguna. Frente a mi cama estaba la foto de mi chica que murió en un tiroteo en México D.F. Apenas podía mantener la vista fija porque echaba en falta sus besos y su tacto. En una noche de relámpagos me sobresalté y se cayó el vaso del agua. La asistenta no escuchaba la llamada de socorro con mi escasa voz porque estaba fornicando con un hombre desconocido. Escuchaba sus histriónicos jadeos.

A la mañana siguiente me encontraba deshidratado, inconsciente. Ella mostró cierto reparo por no haberme atendido durante la noche. Me mojó los labios y después intentó que bebiera a pequeños sorbos. Tampoco sirvió el boca a boca. No hubo nada que hacer. El médico forense y su ayudante apenas cruzaron unas palabras en el depósito de cadáveres.

-Parada cardiaca. Tápelo con la sábana.

-¿Autopsia?
-Para qué, si este hombre ha muerto de soledad.

Certificado de defunción
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