martes 30/11/21
CANTABRIA

Damos la espalda a lo que ocurre en Santander y nos escandaliza en Idomeni

La historia de estas personas es una más entre todas aquellas que suceden a lo largo y ancho del Estado español, y que se acumulan mostrando la cara más cruel de las políticas migratorias en nuestra frontera sur. Mientras tanto, los europeos miran hacia donde indica la televisión.

portada interior
Seis personas viven desde hace años en precarias viviendas construidas con plásticos y maderas a las afueras de Santander

En los últimos meses y guiados por los medios de comunicación masivos los europeos observan las imágenes que llegan de la frontera este – Grecia, Macedonia, Hungría – con una mezcla de indignación y vergüenza. El “mundo civilizado” repite los peores errores de su historia con las personas que viajan desde distintos puntos de Oriente.

En los últimos 15 años más de 27.000 personas perdieron la vida intentando entrar en la ‘Europa fortaleza’

Pero no es algo nuevo, desde hace décadas otras fronteras europeas, como el Mar Mediterráneo, que separa Italia, Grecia y España de África, acumulan cuerpos sin parar. Se calcula que en los últimos 15 años más de 27.000 personas perdieron la vida intentando entrar en la ‘Europa fortaleza’. También las vallas que separan Marruecos de los territorios españoles han sido testigo de todo tipo de agresiones a los derechos humanos por parte de las fuerzas de seguridad de uno y otro lado.

Muchas de esas personas huían de diferentes conflictos y persecuciones; muchas buscaban una vida mejor. Hoy por hoy lo siguen haciendo.

Buscar una vida mejor y acabar bajo un puente

La historia de Naie Olimpia, Christian, Busi Costel y otras tres personas que viven bajo el puente de La Marga, junto a las vías del tren, es sólo un ejemplo de muchas que se repiten en distintos puntos de la geografía española. Seis personas viven desde hace años en precarias viviendas construidas con plásticos y maderas a las afueras de Santander.

Una parte del hueco bajo el puente está cercado con una valla por la que se accede al terreno donde tres o cuatro chabolas resisten el frío y la humedad. Un perro ladra cuando algún desconocido entra y los habitantes miran al recién llegado con parsimonia y curiosidad, le invitan a pasar y sentarse en una mesa en medio de cuerdas con ropa tendida. Todo el suelo está cubierto por antiguas alfombras.

Dentro de las casas se intuye la vida que uno construye después de unos años viviendo en un lugar: mesitas junto a la cama, ropa bien doblada, una televisión, adornos en la pared; en una de ellas, a través de la ventana se puede ver la jaula de un pájaro; figuritas de ángeles sobre la nevera: cada uno crea su hogar donde la vida le lleva.

La historia de Naie Olimpia, Christian, Busi Costel y otras tres personas que viven bajo el puente de La Marga, junto a las vías del tren, es sólo un ejemplo de muchas que se repiten en distintos puntos de la geografía española

Naie Olimpia tiene cerca de 30 años y lleva dos viviendo en la capital cántabra. Salió de Rumanía con su marido en busca de trabajo y una vida mejor,  y después de pasar por otras ciudades acabó bajo un puente en Santander. Está embarazada de siete meses y espera un niño al que aún no sabe qué nombre pondrá.

Sentada junto a su chabola, explica en una mezcla de español y rumano que necesita un techo para criar a su hijo. Hace unos meses, su marido y ella acudieron al albergue municipal, situado a escasos metros, en el polígono de Candina. Pero a los cuatro días les echaron argumentando que tienen recursos suficientes. Ni siquiera tienen agua corriente.

Junto a la chica, Busi Costel, un hombre que también ronda la treintena, pela cables y rompe piezas con un martillo para extraer el cobre. Todos los que viven bajo el puente subsisten vendiendo chatarra, un negocio con el que ganan alrededor de 150 euros al mes. No es una forma de vida que nadie elija por placer, pero su situación administrativa, su salud, el rechazo social, no les permiten encontrar otra ocupación. Así que recorren la ciudad, de barrio en barrio, de contenedor en contenedor, en busca de algo que les sirva entre todo lo que los demás desechan. Al otro lado de la verja que protege las chabolas se amontonan lavadoras, piezas sueltas, carritos, y otros objetos a la espera de ser desguazados para obtener la chatarra.  

Christian, que entiende y habla mejor español porque lleva más tiempo aquí, llega y se sienta en una mesa en medio de dos chabolas, frente a la nevera donde se conserva la escasa comida que a veces reciben. Mientras hace cigarrillos con tabaco de liar, explica que llevan allí años abandonados. Habla de su experiencia en el albergue: “a los cuatro días nos echan, tengo que dejar el material del que vivo en la calle, y luego ¿dónde dormir? ¿de qué vivir?”.

El albergue municipal Princesa Letizia

El albergue municipal, inaugurado en 2010 con la asistencia de la entonces princesa, no ofrece la cobertura necesaria para muchas personas sin hogar, como las que viven bajo el puente de la Marga.

El centro de acogida, que cuenta con un total de 144 plazas, está actualmente al 20% de su capacidad, con una media de 38 huéspedes diarios. Las instalaciones se dividen en dependencias para hombres y mujeres, pero también hay 43 plazas específicas para el alojamiento de familias, que en su día fueron ofrecidas por el Ayuntamiento de Santander para recibir a familias sirias que llegaran a la región.

Sin embargo, Naia y su pareja sólo pudieron estar cuatro días. Fuentes cercanas al centro indican que la excusa para expulsarlos, pese a su avanzado estado de gestación, fue que eran personas que tenían recursos porque se dedicaban a la venta de chatarra. Pero lo cierto es que existe la posibilidad de que permanezcan durante meses, mientras realizan cursos de búsqueda de empleo, colaboran en los trabajos del huerto sostenible o esperan a la recepción de ayudas como la renta básica. A cambio, se deben cumplir las normas mínimas del centro y mostrar una actitud proactiva.

La excusa para expulsarlos, pese a su avanzado estado de gestación, fue que eran personas que tenían recursos porque se dedicaban a la venta de chatarra. Pero lo cierto es que existe la posibilidad de que permanezcan durante meses

El propio sistema de admisión y los horarios del albergue también son criticados por parte de fuentes cercanas al mismo. Para que una persona sea admitida, debe antes acudir a la Policía Local para obtener un permiso, un trámite calificado de “degradante” en algunas situaciones extremas que necesitan de acogida urgente. Por otra parte, los huéspedes deben abandonar las instalaciones a las 12 de la mañana hasta las 6 de la tarde, lo que obliga a muchas personas a pasar el día en la calle, en invierno o en verano, estén enfermos o no.

¿Dónde quedaron las ciudades solidarias?

Cuando la llamada “crisis de los refugiados” comenzó a ser una constante en los telediarios, en tiempos muy cercanos a las elecciones generales, los ayuntamientos y gobiernos regionales de distintos lugares de España se apresuraron a autoproclamarse ‘ciudades refugio’. Cantabria y muchos de sus municipios no fueron una excepción.  Varios ayuntamientos se sumaban a la iniciativa mientras ofrecían pisos de alquiler social a disposición de los migrantes. ¿Eran acaso los primeros migrantes que llegaban a España? ¿Son Naie y sus compañeros menos merecedores de ayuda que un sirio, un afgano o un pakistaní?

La joven explica que ni el personal de Servicios Sociales ni los trabajadores sociales del albergue han pasado por el lugar. Ha hablado con la asistente social del hospital, donde de vez en cuando la atienden para hacer un seguimiento de su estado, pero sigue viviendo bajo el puente. Por allí sólo pasa la policía para hacer controles “rutinarios” de extranjería de vez en cuando.

¿Son Naie y sus compañeros menos merecedores de ayuda que un sirio, un afgano o un pakistaní?

También reciben otro tipo de ayudas: los trabajadores del albergue llevan mantas, café y sobaos por las noches, en un servicio especial que funciona desde octubre y termina este mes de mayo. Mientras hablamos, una chica aparece con una bolsa y les entrega algunos envases. Explican que es la mujer de un compatriota que trabaja en un restaurante y, casi a diario, pasa por el lugar después de su jornada para llevarles algo de comida que ha sobrado en su trabajo.

En dos meses un nuevo miembro, que será ciudadano español, llegará a esta gran familia. ¿Qué será de ellos? La caridad, por muy bienintencionada que sea, no es una solución a largo plazo.

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