sábado. 25.06.2022
URBANISMO

La invasión de las terrazas en las calles de Santander afecta a la convivencia y la movilidad

Se ha duplicado el número de terrazas de bares y restaurantes en los últimos cinco años. Esta reducción y privatización del espacio público tiene consecuencias positivas para la economía de la ciudad, pero también afecta a sus habitantes.

Se trata de una ocupación del espacio público que afecta en distintos aspectos a todos los que conviven en la ciudad
Se trata de una ocupación del espacio público que afecta en distintos aspectos a todos los que conviven en la ciudad

La entrada en vigor de la ‘ley antitabaco’ en 2010, entre otros factores, ha provocado que el número de terrazas en las calles de Santander se haya duplicado en los últimos años: de las 210 terrazas autorizadas por el Ayuntamiento en 2010 a las 489 de 2015. Además, en los primeros cuatro meses de este año se concedieron dos nuevas licencias, y este verano las zonas convertidas en la extensión sobre el espacio público de heladerías, casetas, bares y restaurantes crecerán con el buen tiempo en un negocio muy rentable para el Ayuntamiento.

De forma paralela, a través de los años, las plazas se van transformando en espacios de hormigón donde se aplaude que alguien se haya acordado de plantar dos árboles, al tiempo que se echan en falta fuentes públicas o los tradicionales bancos para sentarse. En las nuevas construcciones éstos han sido sustituidos por sillas individuales, que a su vez funcionan evitando que, por ejemplo, las personas sin techo se recuesten. Es lo que algunos urbanistas denominan la “arquitectura antisocial”.

El número de terrazas en las calles de Santander se ha duplicado en los últimos años: de las 210 terrazas autorizadas por el Ayuntamiento en 2010 a las 489 de 2015

Otro factor que suele acompañar a la aparición de grandes espacios privatizados ocupados por terrazas es la peatonalización de las calles, paso previo imprescindible para “modernizar” una zona de la ciudad. Aunque son procesos más visibles en las grandes ciudades, en Santander hay múltiples ejemplos de peatonalización y semipeatonalización: desde la calle Burgos, pasando por la calle Rubio y Cañadío, hasta Tetuán.

En muchas ocasiones estas remodelaciones se producen con la excusa de que esas zonas estarán más descongestionadas sin tráfico. Parece una buena noticia que los peatones, confinados en las ciudades a las aceras y siempre alerta para cruzar las carreteras, recuperen espacio para caminar a sus anchas. Sin embargo, suelen ser zonas que se intentan regenerar o promocionar, así que la peatonalización viene casi siempre precedida por una certeza de que la zona va a atraer clientes y ello va a revalorizar, lo primero, los activos inmobiliarios. Una buena opción para poner un local con su correspondiente terraza.

El “boom” de las terrazas

La polémica ley que prohibía fumar en ciertos lugares, entre ellos los bares y restaurantes, cambió el panorama. Tuvo un nacimiento confuso y, después de que muchos establecimientos realizaran reformas para adaptarse a la norma, finalmente se decidió que no se podía fumar en ninguno bajo ninguna excepción.

Así que las terrazas fueron la solución estrella para que la gente continuara frecuentando los locales. La terraza dejó de ser un lujo que se disfruta en verano, y en pleno febrero se podía estar allí fumando. Fue la época de la llegada de los radiadores y las terrazas con mantas.

La terraza dejó de ser un lujo que se disfruta en verano, y en pleno febrero se podía estar allí fumando. Fue la época de la llegada de los radiadores y las terrazas con mantas

Las calles comenzaron a llenarse de sillas, mesas y sombrillas, muchas veces acompañadas de grandes tiestos con plantas, marquesinas y “peceras”. Pero no se trata sólo de una cuestión de fumadores y no fumadores, de que haya más terrazas o menos. Se trata de una ocupación del espacio público que afecta en distintos aspectos a todos los que conviven en la ciudad.

Una de las consecuencias más obvias del incremento de las terrazas es la privatización del espacio común. Los establecimientos hosteleros pagan al Ayuntamiento por los metros cuadrados que ocupan sus extensiones en calles y plazas, pero es una zona a su vez arrebatada a los habitantes de la ciudad que, además de tener que sortearlas, ven su calle convertida en un espacio de consumo.

En lo que se refiere a los precios de la ocupación de la vía pública, la tasa anual para instalar terrazas, por la que opta la mayor parte de los establecimientos, oscila entre los 22 y los 40 euros por metro cuadrado - una mesa y cuatro sillas-  según el tipo de calle - principal o secundaria- y dónde estén situadas. El precio por temporada (de marzo a octubre) está entre los 21 y los 40 euros. La tasa se incrementa un 50% si se ponen mamparas, enrejados, setos, plantas u otros elementos delimitando la zona.

Las ciudades para sus habitantes

Una de las ideas centrales en algunos escritos sobre urbanismo en este sentido hablan de cómo el mobiliario urbano (público y, como en este caso, privado) estructura y modifica el trazado de las calles, por donde circulan los coches y por donde los peatones caminan.  A veces, el hueco para los transeúntes es sólo un pasillo a un lado de la calle, otras sencillamente es necesario cambiar de acera para transitar.

En este sentido, una investigación realizada por científicos de la Universidad de Bath (Reino Unido) sugiere que los entornos que las personas habitan o por los que se desplazan influyen en sus decisiones y su personalidad, porque los procesos mentales están vinculados al movimiento y a la percepción. De la misma forma, vivir en un tipo de espacio, en última instancia, puede afectar a la forma en que interactuamos con otras personas. El estudio señala, por tanto, la importancia de planificar edificaciones y trazados urbanos también para “construirnos a nosotros mismos”.

Los entornos que las personas habitan o por los que se desplazan influyen en sus decisiones y su personalidad, porque los procesos mentales están vinculados al movimiento y a la percepción

Una de las principales quejas ciudadanas por el creciente número de terrazas es la reducción de la movilidad. La Mesa de Movilidad de Torrelavega, manifestó el pasado abril la necesidad de que el Consistorio garantizara el tránsito peatonal en aceras y plazas ante el “descontrol” de las terrazas en la localidad. Ante la posible modificación de la ordenanza reguladora de estos espacios, para la que el equipo de Gobierno había iniciado una ronda de consultas con la Asociación de Hostelería de Cantabria, el organismo reclamaba un proceso más participativo en el que se tuviera en cuenta a los vecinos.

A su juicio, es "muy comprensible" realizar esa modificación dado que, en muchas zonas peatonales de la ciudad, "la extensión del espacio público ocupado por toda clase de mobiliario (aparadores, estufas, barriles e incluso muebles hechos con palés) llega a resultar invasiva, reduciendo el espacio disponible para libre disfrute de los peatones hasta el punto de comprometer la movilidad de colectivos que ya de por sí no lo tienen nada fácil para desplazarse, como son las personas con movilidad reducida y muchas personas mayores".

Desde la Federación Cántabra de Asociaciones de Vecinos (FECAV) afirman que en su seno existe un debate continuo en torno a la cuestión de la “invasión de las terrazas”. La Federación presentó una serie de alegaciones al Ayuntamiento de Santander cuando se aprobó la Ordenanza que regula estos espacios, y hace poco sus representantes mantuvieron una reunión al respecto con el alcalde de Santander, Íñigo de la Serna.

La organización critica, por un lado, las molestias por ruido que las terrazas abiertas hasta altas horas provocan a los vecinos y vecinas de la zona. Proponen la fijación de horarios distintos para el cierre de las terrazas y de los propios establecimientos, algunos de los cuales pueden estar abiertos hasta las 4 de la madrugada.

Las asociaciones de vecinos denuncian la falta de movilidad de los transeúntes en las calles y plazas con terrazas, en especial entre aquellas personas con movilidad reducida

Por otro lado, las asociaciones de vecinos denuncian la falta de movilidad de los transeúntes en las calles y plazas con terrazas, en especial entre aquellas personas con movilidad reducida. Para que un establecimiento pueda poner mesas y sillas en una acera, es necesario que al menos ésta tenga unas medidas de 3,80 metros de ancho, y el local debe dejar al menos 1,80 metros para el paso de peatones. Sin embargo, si dos personas en silla de ruedas (cada una de las cuales ocupan alrededor de un metro) coinciden transitando, no podrán pasar a la vez por el lugar. En lo que respecta a las personas invidentes, una calle abarrotada de terrazas no hace sino sumar barreras arquitectónicas a su día a día en el espacio urbano.

Desde la FECAV aseguran que “hace falta que lo mismo los hosteleros como la policía hagan cumplir la Ordenanza”, y solicitan un control más exhaustivo sobre las terrazas y la denuncia de aquellas que incumplan las normas. “Aquí parece que la hostelería gobierna la ciudad, y es el Ayuntamiento el que debe hacerlo. Y debe gobernar para todos, no para un colectivo en concreto”.

Decía Jane Jacobs, famosa urbanista y activista sociopolítica, que “las ciudades tienen la capacidad de proporcionar algo para todo el mundo, sólo porque, y sólo cuando, se crean para todo el mundo”.

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