martes 30/11/21

Muchas veces lo que nos parece que por todos va a ser conocido resulta ser lo que pasa más desapercibido. Senda Ibérica tiene la obligación de sacar a relucir esos lugares de nuestra geografía que podemos pasar por alto en nuestras escapadas de fin de semana o puentes. El Castillo de Santa Ana, en Castro Urdiales, no entra en el saco de monumentos olvidados por el turismo, pues es uno de los más emblemáticos hitos de la “arquitectura del mar” que ofrece Cantabria al mundo entero.

faroalta blanco y negro

Junto a la iglesia de Santa Ana, una de las más preciosas iglesias góticas del norte peninsular, se alza la torre-castillo de Santa Ana, del s. XIII. La luz de la atalaya alcanza los cuarenta y ocho metros de altura e ilumina la bahía desde el corazón de su pétrea fortaleza. Delante, el Cantábrico luce con los destellos dorados de un foco que saludaba antaño a las ballenas que recorrían sus frías aguas. Castro Urdiales fue conquistada por Napoleón en 1814. La fortaleza del faro cumplió entonces la labor defensiva para la que había sido construida. Desde su interior, el pueblo cántabro pudo eludir el ataque francés escapando a través del mar.

El faro se incorporó al castillo en 1853. La luz de guía surgió inicialmente a partir de una lámpara de aceite. No obstante, la luminaria no llega a ser, incluso hoy, habiéndose modernizado desde sus orígenes, un elemento del todo útil en la señalización del puerto; pues, atendiendo a las frecuentes borrascas que azotan el norte de nuestra Piel de toro, los marineros se veían y se ven, a veces, rodeados por las espesas nieblas que impiden una fácil aproximación a la costa. Por ello, a mediados del s. XX se incorporó al faro una bocina para suplir la luz en esos días de nubes bajas y densas.

La robustez de los muros que rodean y protegen al coloso de Cantabria se debe al uso de mampuesto; esto es, piedras y materiales, sin labra o con una labra muy tosca, que se unen con argamasa y sirven para levantar gruesos muros defensivos. Esta técnica fue muy empleada en la Edad Media para la construcción de castillos y, en menor medida, de iglesias, donde predominaba el uso de sillares.

Es adyacente al castillo un puente medieval sobre el que hoy se arrojan al agua loschavales de Castro, desafiando heroicamente la altura de su arco.

Faro-Puente

La modernidad, quizá impulsada por el salvaje turismo que visita esta localidad cada verano, ha hecho desaparecer la típica instantánea medieval de iglesia, puente y castillo, desde el otro lado del puerto. Sin embargo, llegar al pie de semejantes monumentos hace que, concentrados en su belleza, podamos retrotraernos al momento en que este lugar esa paraíso de pescadores, lugar de culto al mar y a Dios intra muros de su iglesia y en cada rincón del pueblo. Con todo, Castro, de corazón cántabro y vasco, mantiene el gusto por lo histórico, por lo eterno, plasmado aquí en roca.

La mejor vista del lugar la tienen, sin duda, los remeros de las traineras que surcan las bravas aguas cantábricas al refugio del castillo y la iglesia. Aquí se han forjado las leyendas del más importante de los deportes acuáticos de las tierras del norte, iconos de la fuerza que tiene y siempre ha tenido esta villa.

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