viernes 3/12/21
ESPELEOLOGÍA

“Unos canalizamos la ansiedad regocijándonos a gritos y otros emocionándonos en silencio”

Los espeleólogos que han descubierto y descendido el pozo interior en caída libre más profundo de la Península Ibérica consideran un “regalo” el haber dado con un “monumento geológico” como el Gran Pozo MTDE.

“Instituciones, entidades y empresas nos subvencionan el 20% del material de cada año y el otro 80% lo pagamos a escote entre nosotros, que somos todos sencillos obreros con una afición apasionada por el mundo subterráneo”.

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Espeleólogos en el Gran Pozo MTDE | FOTOS: CCES/Ábrigu

Este sábado 4 de febrero, los espeleólogos del Club Cántabro de Exploraciones Subterráneas (CCES) y del Espeleo Club Ábrigu que han descubierto y descendido el pozo interior en caída libre más profundo de la Península Ibérica –el Gran Pozo MTDE, en la sima cántabra Torca del Porrón– acabarán de retirar las chapas, los mosquetones y las cuerdas de los 57 anclajes que instalaron en la sima hace un par de meses. Lo hacen satisfechos porque los 435,92 metros de profundidad del MTDE han batido el récord de la Península Ibérica y lo convierten en uno de los pozos interiores en caída libre más profundos del mundo; el segundo más profundo de todo el planeta, según algunos rankings.

Es hora de echar la vista atrás, y lo hacen destacando a 'eldiariocantabria.es' que todos ellos han aportado su “granito de arena” a los trabajos –unos porteando, otros instalando, otros topografiando, otros llevando a cabo los estudios geológicos, hidrográficos, biológicos… unos más en el pozo y otros más en el papel– y que no quieren ningún protagonismo individual. Como demuestra el que prefieren obviar sus nombres. “Lo importante es el grupo, el colectivo”. Se trata de treinta espeleólogos de entre 27 y 61 años, la mayoría federados desde hace más de diez años, y alguno desde hace treinta.

Cantabria es una de las referencias kársticas a nivel mundial y un paraíso kárstico

La espeleología es la ciencia que estudia la naturaleza, el origen y la formación de las cavernas, así como su fauna y su flora. “El espeleólogo es un explorador”, insisten, y es que se consideran parte de un grupo de “exploración e investigación” –todos ellos tienen conocimientos de autosocorro y algunos son espeleosocorristas–, aunque “esporádicamente” también realizan espeleoturismo. “Lo que nos atrae es descubrir nuevos territorios, aunque nos parece muy respetable que se visiten las cavidades descubiertas, siempre que se haga con espíritu de conservar el medio”, advierten.

En Cantabria hay una decena y media de clubes de espeleología, y algunos de ellos colaboran entre sí. Es el caso del CCES y Ábrigu, que empezaron a hacerlo el año pasado porque Porracolina, la zona donde después descubrieron el Gran Pozo MTDE, es “muy amplia y enormemente karstificada”. Procuran salir a practicar su pasión todos los fines de semana, porque la comunidad autónoma es “una de las referencias kársticas a nivel mundial y un paraíso kárstico tanto por su número de cavidades como por las dimensiones y la belleza de estas”. Por eso “personas de todo el planeta –australianos, neozelandeses, norteamericanos… y todo tipo de europeos– vienen a practicar tanto espeleología como espeleoturismo desde que los ingleses y sobre todo los franceses, que fueron los pioneros, empezaron a hacerlo” en los sesenta y setenta del pasado siglo. Aun así, los espeleólogos del CCES y Ábrigu consideran que en Cantabria quedan “sobradas décadas” de exploración espeleológica.

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Constituyen un grupo de gente curtida –no todo el mundo estaría dispuesto a descender por una cuerda hasta una profundidad equivalente a la altura de las desaparecidas Torres Gemelas rodeado de oscuridad, frío y humedad ni preparado para poder hacerlo–, aunque “por mucha experiencia que tengas, entrar en un nuevo pozo o en una nueva galería siempre te genera ansiedad, sobre todo por la incógnita de lo que vas a encontrarte, por lo que puede haber más allá”, advierten. Cuando lo que hay más allá es algo como el MTDE, unos canalizan esa ansiedad “regocijándose a gritos” y otros lo hacen “emocionándose en silencio”, pero todos ellos coinciden en que “ha merecido la pena tanto esfuerzo”. Algo que no siempre ocurre, y esta es la parte de la que casi nunca se habla, destacan: “Nos pasa muchas veces: llevas todo el material y toda la ilusión, realizas la instalación y te encuentras con dos metros de galería, por lo que no has sacado ningún provecho a tu trabajo, y ese esfuerzo resulta muy sufrido”.

Lo más excitante de la experiencia no fue ni el descenso ni la subida, sino el descubrimiento inicial

Precisamente porque saben lo que cuesta, consideran un “regalo” el haber dado con un “monumento geológico” como el Gran Pozo MTDE. Han descubierto pozos más bellos, pero “ninguno con esta dimensión y esta verticalidad”. Tanto que descenderlo lleva una hora y media y subirlo tres horas y media a una persona bien capacitada física y técnicamente. “A alguien que no lo estuviera, podría llevarle un día”. Pero, curiosamente, para la mayoría de ellos lo más “excitante” de su experiencia en el MTDE no fue ni el descenso ni la subida, sino el “descubrimiento inicial”. “Cuando descubres algo así, siempre tiras una piedra desde arriba y esperas hasta que oyes que toca fondo; suelen pasar dos segundos, tres, cuatro… pero esta vez pasaron 12, y eso es una barbaridad”, explican. “Eso es lo que nos ha sorprendido de verdad, porque ahí te das cuenta de la enormidad de la exploración en la que te estás metiendo y de todo el esfuerzo que vas a tener que emplear en ella”.

Un esfuerzo que no sólo es físico y moral, también es económico: “Instituciones, entidades y empresas nos subvencionan aproximadamente el 20% del material de cada año” –han denominado MTDE al Gran Pozo descubierto en agradecimiento a una tienda de material de espeleología que colabora con ellos–, “el otro 80% lo pagamos a escote entre nosotros, que somos todos sencillos obreros con una afición apasionada por el mundo subterráneo”. Por eso agradecerían “recibir más aportaciones”, y es que están convencidos de que sus actividades “no tienen efectos efímeros sino imperecederos, que amplían cada año la riqueza del patrimonio natural de nuestra tierra”.

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