martes 18/1/22

La villa de Santillana del Mar es el lugar de las tres mentiras, pues ni es santa, ni es llana, ni está a la orilla del mar.

El pueblo es hoy Monumento Histórico Artístico y no es para menos, pues ante su belleza solo cabe el asombro y el disfrute sin medida.

Al borde del Camino de Santiago, los siglos que por ella pasaron han respetado, aquí más que en ningún sitio, la bondad del hombre de fe, que trabajó con esmero la piedra hasta darle forma de exquisitos palacios y casonas, que engalanan, aquí y allá, sus estrechas callejuelas.

Adoración a los Reyes Magos

Desde la salida del pueblo, guiándonos por los múltiples establecimientos de productos típicos, llegaremos hasta el corazón del pueblo, que bombea a los turistas, su particular esencia vital, a lo largo de sus dos eternas arterias. El corazón no es otro que la basílica de Santa Juliana, mártir de las persecuciones de Diocleciano, cuyos restos reposan aquí.

El senderista, venido en Santillana a peregrino, puede sentir la acogida de este lugar en cada uno de sus rincones, en la alegría de sus gentes, en el sabor de su cocina y en la brisa fresca y aromática del cercano mar.

Santillana guarda entre sus tesoros una de las Cabalgatas de Reyes más bonitas de España, calificada de Interés Turístico Nacional. Cada cinco de enero, a media tarde, la villa se llena de almas que traen consigo la ilusión tan propia de ese día señalado.

Niños y adultos, familias enteras, ocupan cada rincón de las callejuelas de la localidad esperando el inicio del Auto Sacramental y la Cabalgata de Reyes, en la que participan como romanos, pastores, animalillos, etc, engalanados con pintorescos disfraces, casi todos los vecinos de Santillana y de las aldeas colindantes.

Cada uno de los caserones del pueblo, cada uno de sus imponentes portalones, acoge diferentes escenas, evocación del capítulo segundo del Evangelio de San Mateo y de San Lucas. Desde la Anunciación del Ángel Gabriel a María hasta la Adoración de los Magos, Santillana vibra en la mirada y en el corazón de pequeños y mayores, que preparan una noche de magia y alegría con toda la ilusión que cabe en su corazón y en su sonrisa.

Podríamos decir que la representación se divide en dos fases. En la primera, tras el edicto de César Augusto, José y María, a lomos de la borriquita, recorren las calles, camino de Belén, ciudad de David. María se pone de parto y, tras la imposibilidad de encontrar posada, acaba refugiándose en un pesebre, donde dará a luz al Salvador. La escena culmina en la Plaza Mayor del pueblo, donde los pastores, respaldados por vecinos y turistas, adoran al Niño.

La segunda fase comienza con la llegada de los Magos, quienes, tras mostrar sus respetos a Herodes, se encaminan hacia Belén a lomos de caballos cántabros y camellos, seguidos de un copiosísimo séquito que trae la luz a la villa de la mano de sus antorchas y la música de tambores, anunciando que los pueblos del mundo vienen a adorar a Dios.

Las escenas de la Cabalgata están aderezadas con texto, siguiendo la guía del Evangelio, pero con el toque tan característico del acento de las gentes de por aquí. La entrada de los Reyes en el pueblo es recibida con una explosión de alegría en gritos y saludos a unos Magos de blancas barbas que, con sus mejores galas, recorren las calles llenando de calor el corazón de la Cantabria más profunda.

A la belleza de la representación contribuye la luz amarillenta que, sobre las fachadas de iglesia, palacetes y casonas, proyectan los faroles del pueblo. Los balcones lucen engalanados con banderas y el pasacalles culmina con la solemnidad de la

Adoración, tras la que todos deben prepararse para ir pronto a la cama, pues, tras una buena cena en el ayuntamiento, Melchor, Gaspar y Baltasar no perderán un minuto en visitar cada una de las casas de la eterna Santillana, llevando ilusión y felicidad a las buenas gentes de Cantabria, tierra bella cual ninguna en su forma y en su fondo.

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