lunes. 20.05.2024

Puente, Óscar

Bregado en el municipalismo, que además de cercanía a los problemas de la ciudadanía obliga al cuerpo a cuerpo con quien gobierne o con la oposición, Puente tiene la lengua suelta, el verbo extenso y la suficiente mala baba

Soy absolutamente partidario de dos cosas en lo que a los ministros se refiere, además de que el presidente pueda nombrar a quien le dé la gana. Una es que no hace falta que estén titulados en el ramo para el que sean elegidos. Los ministros deben ser capaces de gestionar y de tomar decisiones, ese es su trabajo. Desde luego que para hacerlo han de escuchar y dejarse aconsejar por quienes conozcan la materia. Su acierto estará, ahí sí, en escoger a los que más sepan. Otra es que el presidente debe rodearse en el Consejo de Ministros de políticos con peso, y no solamente de meros tecnócratas. La labor del Ejecutivo se apoya en la oportunidad política de sus acuerdos, y la defensa de ambas cosas es una labor colectiva que exige una argumentación fundamentalmente política. Apostar por explicaciones periciales, por muy elaboradas que sean, no aportan las razones ideológicas de la decisión, y las diluyen sin que se instalen en el imaginario colectivo como una aportación institucional de fondo del partido que gobierna, parte integrante de su ideario y del programa por el que fue elegido.

El ministro Puente dice verdades como puños y a puñetazos, que es la única manera de que en estos tiempos que corren se entiendan las cosas y calen hondo

El gobierno actual de Pedro Sánchez tiene buenos ministros políticos, pero su mejor elemento es Óscar Puente. Bregado en el municipalismo, que además de cercanía a los problemas de la ciudadanía obliga al cuerpo a cuerpo con quien gobierne o con la oposición, Puente tiene la lengua suelta, el verbo extenso y la suficiente mala baba como para que su discurso sea incisivo e hiriente pero tremendamente claro. Que su tono suene bronco y que resulte irreverente no le quita ni un ápice de efectividad a su discurso. Enciende a los suyos y a los contrarios, esos que han convertido el debate público en un lodazal en el que se rebozan con el mismo desparpajo con el que otros nos tumbamos a echar la siesta después de comer. El ministro Puente dice verdades como puños y a puñetazos, que es la única manera de que en estos tiempos que corren se entiendan las cosas y calen hondo.

Que Puente es un buen fichaje para dar contundencia política al gobierno lo demuestra la reacción de la fachosfera a cada cosa que dice. Ya puso en su sitio a Feijóo en el debate de investidura en el que el candidato del PP no quiso ser presidente. Cuando publica un tuit, se arma la de San Quintín, y no rehuye ni micrófonos ni preguntas. Siempre demostrando soltura, siempre con un argumento a favor, siempre con un mal ejemplo de los contrarios para que se pongan colorados. Puente es el animal mediático que necesita un gobierno al que la oposición no respeta, y cuya única posibilidad de hacerse valer frente a la deslegitimación, el insulto y la mentira es emplear sus formas broncas y desabridas para trasladar ideas, argumentos, respuestas. Para combatir el enardecimiento de unos solamente sirve alimentar el enardecimiento de los otros. No estamos para paños calientes ni para medias tintas ni para la otra mejilla.

Y no se trata sólo de que Puente no se amilane ante la bronca. Manifiesta inteligencia suficiente para batirse en la pelea sin palparse la ropa ni atender a sutilezas. También es que cada vez que aporta información sobre su ministerio la da. Precisa y completa, comprensible y directa, y comparativa de lo que hicieron o no hicieron otros para que no quepan dudas. Óscar Puente es un combativo activo político, pero, de momento, también un ministro presuntamente eficaz. Ha cogido las riendas del ministerio con la agilidad necesaria como para que las críticas que recibe sólo tengan la fuerza de esas vacías que dicen los manuales de oposición que hay que lanzarle a un miembro del gobierno haga lo que haga. Bueno, menos las de Ayuso, que en el esperpento mental en el que vive terminará acusándole de que Manolete murió por culpa de lo mal que funcionan los trenes de Cercanías. Aunque seguro que hasta para eso el ministro tendría una salida tan categórica como irreverente, porque su contundencia también es la herramienta que se necesita para poner las cosas en su sitio. Y al que no le guste, que le eche azúcar.

Puente, Óscar
Comentarios