viernes 24/9/21

De mi memoria ya evanescente: VIII. Polín, el niño prodigio y el Espasa

Polín tenía tras de sí el peso de la púrpura de ser considerado un niño prodigio, posiblemente más debido a su poderío mnemotécnico que a otra cosa.

La rememoración durante estos días del centenario del nacimiento del escritor santanderino Leopoldo Rodríguez Alcalde (1920-2007) ha traído a la memoria de quienes le conocieron en la última etapa de su existencia la necesidad de recuperar los rasgos principales del trabajo cultural desarrollado por este modesto creador e investigador que llegó a convertirse en hijo predilecto de la ciudad de Santander por una de sus aportaciones menos trascendentes: la donación de su biblioteca personal, compuesta en principio por más de 15.000 volúmenes ampliables, con destino a la Municipal de Santander.

Como alguien que mantuvo una larga relación de amistad con él quiero añadir a lo poco que hasta ahora se ha publicado algunos recuerdos personales que contribuyan a conocer mejor la personalidad de un personaje (poliédrico, Salcines dixit) que siempre huyó de la tentación de ser encuadrado en unas dimensiones, acomodaticias por lo perezosas, incapaces de calibrar las verdaderas dimensiones de este intelectual santanderino.

El joven Polín (1936) | Foto: Archivo Saiz Viadero El joven Polín (1936) | Foto: Archivo Saiz Viadero

Conocí a Leopoldo, -o Polín como siempre le llamamos con una efusividad de resonancias infantiles que escondía la minusvaloración del personaje-, en el año 1959. Andaba yo, con mis 18 años a punto de cumplir, sumido en la organización de Cinestudio ’60, un cine-club de efímera existencia, que tenía como presidente al director de teatro José Antonio López Solana, llevando a quien esto escribe en calidad de secretario.

Aquellas andanzas, pioneras en su especialidad, nos sirvieron a ambos para que las entradas y salidas en la Delegación Provincial de Información y Turismo fueran objeto del recelo de su secretario, un antiguo oficial de la Legión siempre receloso ante la actividad cultural que no estuviera promovida por los organismos vinculados al Glorioso Movimiento Nacional. Nos sirvieron, digo, para que además se fijara en nuestra presencia el delegado provincial, a la sazón José Manuel Riancho Sánchez (+2019), mucho más agudo que su subordinado, como prueba el hecho de que pronto llegaría a cubrir designios más elevados en el organigrama del Estado y su comunicación.

Y llegó a la conclusión de que ambos dos, sin oficio ni beneficio reconocido en aquel momento, podríamos ser las personas adecuadas para colaborar (gratis et amore, of course) en un encargo que a él le habían trasladado desde los  despachos del Ministerio de Información y Turismo: la celebración en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de un curso denominado “Orientaciones sobre el Cine Actual” (1960), contando con la presencia de reputados conferenciantes del momento y la proyección de una selección de películas en versión original, novedad revolucionaria para el público español de entonces.

Leopoldo y su colección de miniaturas | Foto: Archivo Saiz Viadero Leopoldo y su colección de miniaturas | Foto: Archivo Saiz Viadero

De ahí parte los motivos de mi conocimiento de Polín Rodríguez Alcalde, funcionario de la Delegación y encargado desde hacía tiempo de la censura de publicaciones y espectáculos. Polín tenía entonces alrededor de cuarenta años pero, a pesar de su aspecto de hombre con un par de siglos a sus espaldas y la memoria prodigiosa que tuvo desde su más tierna infancia, era muy proclive a relacionarse con los ambientes juveniles, siempre que fueran cultos o manifestaran inquietud cultural, aunque posiblemente pensara para sus adentros aquella máxima de alguien cuyo nombre en estos momentos huye de mi memoria:

-La juventud es un regalo muy precioso. Lástima que se lo den a los jóvenes para que lo malgasten.

Así nació una relación que permaneció vigente hasta el momento de su muerte, aunque yo hacía mucho tiempo que había dejado de ser el jovencito portador de unas camisas de nylon recibidas de América por vía familiar y al cual en los instantes de amistosa efusividad palpaba las magras carnes transparentes con las cuales me adornaba entonces. Permanecí en Santander, con obligadas salidas, mientras López Solana se vio obligado a partir hacia las Américas después de infructuosos intentos en el cine y el teatro, pero las jornadas –promovidas por gentes del Opus Dei- fueron un éxito arrollador de crítica y con un público deseoso de conocer, aunque fuera a palo sueco como fue en el caso de Las fresas salvajes (1957) de Ingmar Bergman, un cine que de otra manera su visión estaría vedada en las salas comerciales.   

Quienes no obtuvieron tanto éxito en sus propósitos fueron los componentes de la Brigada Político-Social, con el inspector Víctor Solar Ruiz a la cabeza, confiados en la desarticulación de una conjura de peligrosos comunistas nacionales que podían darse cita con sus congéneres santanderinos aprovechando la celebración de unas jornadas que tenían como profesores, entre otros, a los directores Juan Antonio Bardem y Julio Diamante, ambos de filiación bien conocida. El resultado se saldó con la nueva detención del escultor Joaquín Palazuelos, a quien nosotros habíamos dado una beca de asistencia, por ser el novio de Ángeles Alonso Bravo, una actriz del elenco dirigido por López Solana. Pero esta es otra historia que bien merecería capítulo y ocasión aparte.

El inicio de mi ascensión a los cielos culturales vino parejo al consiguiente ascenso de un piso en el edificio de la Plaza Porticada: del primero, ocupado por las dependencias de la delegación de Información Turismo, al segundo donde comenzaban las actividades culturales de un Ateneo presidido por Ignacio Aguilera Santiago (1906-1989), en el cual Polín siempre tuvo un lugar destacado en sus actividades. Y el inspector Solar un sillón reservado en su salón de actos.

Leopoldo con Vera Fernández de la Reguera, Ramón Viadero yGuillermo Balbona. Foto: Raúl San Emeterio (Archivo Saiz Viadero) Leopoldo con Vera Fernández de la Reguera, Ramón Viadero y Guillermo Balbona. Foto: Raúl San Emeterio (Archivo Saiz Viadero)

Tengo para mí que la etapa correspondiente a la década prodigiosa y el Ateneo fue la más jubilosa para la vida de Leopoldo. Ni siquiera su andadura con la generación de Proel se le podría comparar, por haberse desarrollado en el marco de una España gris y sumida en el silencio censorial. Era el tiempo en el que publicó su libro La juventud en la literatura contemporánea (1967) y su relación con la juventud fue inmensa, intensa y diversa, lejos de los corsés impuestos con anterioridad. Hace relativamente poco, en un encuentro casual después de medio siglo de alejamiento geográfico con Teresa López Brunet, musa que fue del grupo de teatro ateneísta, recordábamos la estampa de Polín bailando con ella rock and roll ante mis temores de que en una de las obligadas vueltas y revueltas acabara lanzado por la ventana o estampanado contra la pared. De su afición al jolgorio dará cuenta la memoria de Leandro Mateo Mateo, también actor del mismo grupo, cuando acompañándole en una de las modestas farras recalamos en Atracciones El Palentino, en el barrio chino, donde la suripanta de turno se nos acercó en busca de invitación y él, asumiendo un papel que ya había dejado atrás hacía mucho tiempo, la despidió con un:

-No podemos, no tenemos dinero porque somos estudiantes.

-Pues tú ya vas un poco retrasado, guapo.        

Polín tenía tras de sí el peso de la púrpura de ser considerado un niño prodigio, posiblemente más debido a su poderío mnemotécnico que a otra cosa. Con apenas diez años, y siendo ya precoz lector en español y francés, su nombre apareció en los periódicos locales por la mera anécdota de haber tenido que ser trasladado a un sanatorio como consecuencia de una repentina intoxicación registrada en el transcurso de una fiesta infantil celebrada en la Quinta Corral, chalé número 46 del paseo Menéndez Pelayo. Así me lo explicaba él mismo muchos años más tarde:

-Había mucho chocolate y me comí una tableta entera.  

¡Cómo no iba a ser noticia local su indisposición, por ligera que fuera, cuando ya una revista de tirada nacional se ocupaba de su figura publicando un reportaje que llevaba un título tan llamativo como “¿Otro Menéndez Pelayo?” (1930)!

Con don Marcelino tendría en común su bibliofilia, los usos y costumbres austeros, una no disimulada afición por el brandy y la soltería recalcitrante hasta su visita a la tumba, que bien hubiera servido de sátira al Pereda de El buey suelto… (1884).

Leopoldo con Ramón Viadero, Carmen Aguirre, Ana Pombo y VeraFernández de la Reguera | Foto: Archivo Saiz Viadero Leopoldo con Ramón Viadero, Carmen Aguirre, Ana Pombo y Vera Fernández de la Reguera | Foto: Archivo Saiz Viadero

También el Dr. Enrique Diego-Madrazo, (1850-1942) amigo y contertulio de su padre, se preocupaba por sus problemas escolares, intentando consolarle en el día de su 12 cumpleaños por haber recibido un suspenso en matemáticas: escribió un artículo que, si la memoria no me falla, se titulaba “No llores, Polín”. Su padre, un médico de ideas liberales, proyectaba en el niño muchas de sus aficiones, llevándole al teatro y a ser partícipe de las tertulias de intelectuales. Precisamente fue en una de estas donde se le pidió su opinión acerca de los asistentes, emitiendo un dictamen que bien hubiera podido suscribir Jesús en presencia de los doctores:

-El viejo (Madrazo) sabe un poco, pero los demás están todos pez.

Al contrario que un padre al cual veneraba, Doña Lola Alcalde, su madre, era una mujer de ideas y actitudes retrógradas, hasta el extremo de que en una ocasión llegó a decirme con exagerado humor:

-A su lado, Blas Piñar era la Pasionaria.

Hijo tardío del segundo matrimonio materno, Polín tenía un hermanastro mayor llamado José María Gómez Rodríguez-Alcalde, también aficionado a escribir, que era notario o registrador de la propiedad en Bilbao, no lo recuerdo bien, con el cual no debía de llevarse muy bien porque al fallecer decidió dejar todas sus propiedades a la Casa de Misericordia bilbaína, salvando los libros que legó a la Biblioteca Municipal de Santander. Decidimos, por nuestra cuenta, que Leopoldo revisara la colección por si en ella había algún ejemplar que le interesara particularmente. Al fin y al cabo, todo iba a quedar en la misma casa.

Como solterón y coleccionista no es que fuera tacaño, sino más bien podría decirse que era corto en el gasto. Generoso con sus amigos, sobre todo si eran jóvenes y ello no le suponía dispendio alguno, tanto su amplia memoria como su  variada biblioteca siempre estuvieron dispuestas a saciar los apetitos de conocimiento más exigentes, como han podido testificar el dramaturgo Ricardo López Aranda (1934-1996), el abogado Nobel Carral Larrauri o el poeta Arturo del Villar. Si le preguntabas qué le hubiera gustado ser, tenía bien aprendida la respuesta:

-Millonario, para poder hacer aún más lo que me dé la gana.

Quizás tuviera metido entre ceja y ceja aquella máxima de un contemporáneo suyo, que poco más o menos decía así:

-Quisiera ser millonario para poder trabajar más, vestir peor y saludar solo a quienes me apetezca.

Desde el comienzo de su actividad como poeta, traductor, crítico, historiador, antólogo, Rodríguez Alcalde era consciente de sus limitaciones físicas, tratando de superarlas de la mejor manera posible: con problemas de vista y oído, cumplía con su función de crítico de arte y hasta comentarista musical; las dificultades en la dicción, gracias a su facilidad para la escritura podía suplirlas mediante el envío de cuartillas escritas con su letra clara y verde. Yo mismo solía salir al escenario para justificar su ausencia en cualquiera de los actos programados,  procediendo a la lectura del texto escrito para la ocasión.

Leopoldo Rodríguez Alcalde en Quirós | Foto: Archivo Saiz Viadero Leopoldo Rodríguez Alcalde en Quirós | Foto: Archivo Saiz Viadero

Cuando en el año 1983, en mi calidad de concejal-delegado en el Museo Municipal de Bellas Artes de Santander y, con motivo de la inauguración de la sala Antonio Quirós (1912-1984), le encargué una monografía dedicada a este pintor, se inició una frecuente relación con el Ayuntamiento que discurrió a lo largo de un cuarto de siglo. En esa misma colección -iniciada con la publicación del primer catálogo general del Museo-, que yo brevemente coordiné para Ediciones Librería Estvdio, publicó con posterioridad su monografía sobre la obra de Riancho (1988).  

Pero su pensamiento conservador, incluso franquista, se remonta a los primeros años de posguerra cuando publica "El poema de Falange" (Alerta, 12/4/1939), y prevalecerá no solamente en su profesión como funcionario, sino también en los numerosos artículos periodísticos y en las publicaciones que da a la imprenta, bien sean por encargo o motu proprio. Esta orientación cercana al pensamiento del Régimen le llevó, en su libro tantas veces mencionado Vida y sentido de la poesía actual (Editora Nacional, 1956), a incluir descalificaciones de la obra de poetas discrepantes o contrarios al franquismo, como es el caso de Antonio Machado, Miguel Hernández Rafael Alberti, Pablo Neruda; pero cómo sería el ambiente intelectual predominante que el propio Max Aub le denomina “católico pero progresista”.

En sus recorridos literarios regionales, tanto él como José María de Cossío (1892-1977) procuraron soslayar, con mayor o menos habilidad, cualquier mención a aquellos nombres cuyo solo recuerdo podía molestar a las autoridades más suspicaces.

Su proximidad a los órganos de censura y vigilancia le darán ocasión de relacionarse con la policía política, como señalaba el escritor y librero Manuel Arce Lago (1926-2018), y también ejercer como censor, llamándole lápiz rojo el escritor exiliado Max Aub (1903-1972) con motivo de su paso santanderino en el año 1969, recogido en su libro La gallina ciega (1970). Esta actividad censora fue compartida con el poeta falangista Marcelo Arroita-Jáuregui Alonso (1922-1992), prehistórico como él de la revista Proel, suscitando la natural desconfianza en parte de sus compañeros de generación literaria, y posiblemente haya contribuido al desconocimiento o la minusvaloración de la poesía de Leopoldo Rodríguez Alcalde, reivindicada por el profesor González Herrán en su clarividente prólogo a la antología Canciones para una biografía (poesía 1948-1993) (1995).

Leopoldo en el Museo de Bellas Artes con Gloria Torner y Ramón Viadero | Foto: Archivo Saiz Viadero Leopoldo en el Museo de Bellas Artes con Gloria Torner y Ramón Viadero | Foto: Archivo Saiz Viadero

Con motivo de la presentación de su libro La sombra del deseo (1993) en la colección poética La sirena del Pisueña, Polín se creyó obligado a reivindicar su condición de autor de poesía erótica recitando algunos versos de fuerte contenido, motivando que el presentador del acto, su compañero de generación Pepe Hierro (1922-2002), improvisara unas letrillas satíricas alusivas al caso: Polín Rodríguez Alcalde/dice follé más y más/o Polín jodió de balde/o no ha follado jamás.

Tenía a gran parte de la sociedad santanderina archivada en su cerebro porque, según solía repetir: 

-He conocido y conversado con toda clase de gentes: desde burgueses e intelectuales hasta duquesas y chaperos.

Por sus recuerdos y memoria desfilaban desde Emilio Botín Sanz de Sautuola (1903-1993) hasta la Claudia o Amparo la marrana, pasando por el marqués de Puertochico. Cuando se le preguntaba por qué no publicaba sus memorias, respondía invariablemente:

-Porque quiero vivir muchos años tranquilo.

Y es que cuando en alguna ocasión anunció su intención de escribirlas a poco recibió amenazas de muerte, según decía él.

La definición de su personalidad más reiterada era, por lo gráfica y a la vez escueta: Polín es un Espasa; a lo cual su colega de los inicios de Proel, el crítico cinematográfico Cayito Guillermo Ortiz García (1918-1984) solía añadir: …pero un Espasa mal encuadernado, aludiendo sin duda a su empeño en cultivar un feísmo y un desaseo más propio de los hermanos Gutiérrez-Solana que de un señorito del Muelle, como eran él y su antagónico vecino, el abogado y teniente coronel jurídico del Aire Alberto Vierna Sánchez de Movellán (1923-2007), con el cual mantuvo aficiones comunes tales como su fascinación ante Marcel Proust y su obra literaria, pero también con las diferencias propias de convecinos en ocasiones mal avenidos.     

En el año 1980 tuve la satisfacción, como concejal comunista que fui, de defender la propuesta de otorgar el título de hijo predilecto de Santander a Leopoldo Rodríguez Alcalde, aprobada por unanimidad en sesión plenaria. Argumentaba para ello la anunciada donación de su biblioteca, así como también de “una valiosa colección de obras de arte con destino a la Casa de Cultura (y) que podía valorarse la biblioteca en cincuenta millones de pesetas” (acta pleno 4/9/80). El expediente ya venía de un año atrás, puesto que había sido iniciado por la anterior Corporación, pero en el camino se perdió la colección artística y el proyecto de Casa de Cultura merced a la desidia de los y las munícipes sucesivos.

El alcalde Gonzalo Piñeiro entrega en el año 2000 a Leopoldo Rodríguez Alcalde el título de Hijo Predilecto de Santander | Foto: Archivo Saiz Viadero El alcalde Gonzalo Piñeiro entrega en el año 2000 a Leopoldo Rodríguez Alcalde el título de Hijo Predilecto de Santander | Foto: Archivo Saiz Viadero

Fallecida recientemente Charo Pérez Sampedro (1929-2019), la eterna jefa de Relaciones Públicas del Ayuntamiento, solamente nos quedan tres nombres capaces de dilucidarnos el misterio del porqué no se hizo entrega de tal condecoración hasta el año 2000: los alcaldes Juan Hormaechea Cazón, Manuel Huerta Castillo y Gonzalo Piñeiro García-Lago. Si “veinte años no es nada”, cantaría Polín, gran aficionado a los tangos aunque prefería el apache parisino al lunfardo porteño, no deja de sorprender tamaña dilación y que haya pasado completamente desapercibida.

Se mostraba insaciable en su afán de conocer gentes o recuperar momentos del pasado. Sabedores de esta debilidad suya, le invitamos a una cena en nuestro antiguo ático santanderino de Rualasal 4, con el fin de que pudiera conocer a Ana Pombo Rivero, hija de María Elena Rivero Corral, aquella joven de la cual en los años republicanos había estado enamorado platónicamente; un poema suyo, cantando su belleza, anda despistado en mis archivos y entre mis manos estuvo el original de una novela inédita de María Elena, cuya lectura hubiera hecho rememorar tiempos juveniles en el ánimo de un Polín ya senecto.

Elena Rivero Corral | Foto: Archivo Saiz Viadero Elena Rivero Corral | Foto: Archivo Saiz Viadero

Nos visitó en mi casa de Penilla poco antes de fallecer, acompañado de su entonces inseparable Mario Crespo: ambos querían saludar a mis convecinos, el arquitecto Joaquín Vaquero Turcios (1933-2010) y  su esposa la poeta Mercedes Ibáñez Novo. Era la última entrevista de uno y otro, en el transcurso de la cual Leopoldo dejó la huella fidedigna de su recoleto paladar, porque Vera, mi mujer, que tanto le apreciaba, cometió la enorme imprudencia de deleitarnos con un plato de su especialidad cual era el bonito encebollado, sin recordar que el pescado era a Polín como el agua al gato. A ella le ha quedado la impresión de que nunca se lo perdonó, incluso cuando le visitó ya en su enfermedad última. Y es que sacándole del solomillo, el queso y una o las que se terciaren copa de coñac, nada le causaba impresión. Salvo el pescado y la verdura, anatema ambos.    

Al final, Leopoldo, a quien considerábamos el trasunto de una especie vampírica que resistía gracias a la inoculación de sangre juvenil y que él mismo se consideraba inmortal, pereció víctima de una edad que no perdona cualquier caída desafortunada. Tampoco su frágil fisiología, creada a trancas y barrancas después de la epidemia de 1918, hubiera resistido la embestida del coronavirus que no llegó a conocer. Como su coetáneo, el profesor Pablito Beltrán de Heredia (1917-2009), falleció prácticamente en solitario cual si trataran de corroborar el dicho del buey suelto… Habiendo conocido y también presentido vergüenzas ajenas de tal calibre, a uno no le gustaría colofón similar para Ramonín Viadero.    

Aprovechando la conmemoración de su centenario bien podría recuperarse el interés por este personaje, tan santanderino por lo atípico e inclasificable. De momento, solamente se anuncia la edición de una selección de Cuentos pasiegos narrados de viva voz por el propio Polín, y, a su vez, recogidos del relato de su ama y trasladados al papel por el editor Fernando Gomarín Guirado, que tan de cerca conoció a Polín Rodríguez Alcalde.

De mi memoria ya evanescente: VIII. Polín, el niño prodigio y el Espasa
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