domingo 1/8/21

Un chorizo en tu ascensor

Si tengo que comer bocata español, de tortilla de patatas o de ese chorizo que tanta hambre quitó en la posguerra y que tantas meriendas nutrió entre pan y pan para hacer más llevaderas las tardes de millones de niños. Lo peor es que una manada de indeseables se haya apropiado del término para evidenciar lo peor de la condición humana al grito de “el chorizo no es dañino si se cuece en vino fino”.

Tanto subió el ascensor del chorizo, tanto escaló en el índice delincuencial que tocó la línea roja del pimentón. Inflación de chorizos en zonas del Norte; rebosamiento al Este, casos al Oeste, reflujo repetitivo al Sur y tramas con mucho tocino en el centro. Un directivo de televisión propuso hacer El Tiempo con el indicador del chorizo diario, en lugar de soles y nubes: lo cesó su responsable político más cercano. Pero tenía razón. Para qué tantos programas con tertulianos que siempre analizan lo mismo y de la misma manera (con la camiseta de su equipo pegada a la piel) cuando puedes decir: para hoy, granizada de chorizos; nubes como chorizos en el interior o nieve pimentonera en los altos y olas como ristras en la costa. 

El chorizo español da para un ‘Breaking News’ sin despeinarse. Repite, pero no por sus condimentos –que son de la tierra y alimentan un huevo (sobre todo a los productores inmorales)-, sino por la iteración pura y dura. Cada chorizo es casi igual al que le precede, gemelo del que le sucede, por mucho que los porcentajes varíen en unas pulgaradas de sal o que la tripa empleada sea de cerdo natural o sintética. Mejor, naturalmente, si es de gorrino autóctono, del que se reboza en su mierda y salpica de ella a quien trate de acercarse al cocino. 

Todo el mundo sabe en España lo que son chorizos, a qué saben, dónde y quiénes los producen y, por supuesto, qué es una sarta y qué una ristra. Por eso extraña que los dos partidos que tratan de pactar la investidura hayan comenzado por filosofar sobre qué es corrupción (¡atiza! El ciudadano ensartado lo sabe de maravilla). Valga como metáfora el chiste del gran Eugenio: “Que al pan le llamen ‘pain’, vale; que al vino le llamen ‘vin’, bueno; pero que al queso le llamen ‘fromage’ con lo claro que está que es queso”. Pues así con la chorizada nacional: pocas bromas y menos rodeos.

Si tengo que comer bocata español, no tengo dudas: de tortilla de patatas o de ese chorizo que tanta hambre quitó en la posguerra y que tantas meriendas nutrió entre pan y pan para hacer más llevaderas las tardes de millones de niños. Lo peor es que una manada de indeseables se haya apropiado del término para evidenciar lo peor de la condición humana al grito de “el chorizo no es dañino si se cuece en vino fino”.  

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