domingo 17/10/21

Sindicalistas (y sindicatos)

La paz social se alcanza con equilibrio y concesiones. Trabajar esto en la base es la asignatura de la credibilidad sindical pendiente.

Hace poco he cambiado de trabajo. Gracias a un reciente ascenso en su estructura, mi empresa me ha trasladado a otro sitio a hacer otras cosas. La semana pasada nos visitaron los miembros del comité de empresa de un sindicato. Cuando les acompañé a la calle al marcharse, uno de ellos lanzó una sutil advertencia sobre la forma en la que debía tratar a mis dependientes, olvidando que yo también soy trabajador y él también es mi representante ante la propiedad de la compañía. Mi promoción interna ni con mucho me sitúa en ese plano, ni siquiera con el empeño del sindicalista de reducir su papel como garante de los derechos laborales de los trabajadores a los de mis compañeros, y no a los míos. Hay veces en que la cortedad de planteamientos de la gente les ubica, y no siempre en buen lugar.

La imagen de los delegados en las empresas sigue siendo torva y bruta, y su forma de expresarse y de relacionarse, intrusiva e incómoda

No me gusta el modelo sindical que tenemos. Me parece antiguo, burocrático, frentista demasiadas veces, caciquil otras tantas. Creo que los sindicatos españoles tradicionales no han completado la transición, y se han quedado congelados en los modos que tenían y en las formas que usaban al final de la dictadura. No se han adaptado bien a los tiempos sociales y laborales, y mantienen en muchas ocasiones comportamientos y posiciones desajustadas que no invitan a la militancia, ni siquiera a la simpatía. Es cierto que en los niveles más elevados su discurso suena coherente y se alcanzan acuerdos. Pero a poco que se descienda hacia la base, solamente se encuentran las miserias y los errores que les convierten en ineficaces. La imagen de los delegados en las empresas sigue siendo torva y bruta, y su forma de expresarse y de relacionarse, intrusiva e incómoda.

Para manifestarse no hace falta gritar. Para hacer huelga no hacen falta piquetes. Para negociar no hace falta amenazar. Para hablar por los trabajadores y usar las herramientas legales para hacerlo basta aplicar el sentido común y ser elegantes. Porque la lucha obrera no tiene que parecer ni una constante afrenta ni un estar permanente con el ánimo erizado y la violencia a flor a piel. Porque para defender a unos trabajadores no hace falta amenazar a otros. Porque para llegar a consensos no hace falta usar la afrenta como estrategia. Porque la calidad de los acuerdos no está en la imposición coactiva. Porque no se puede hacer sindicalismo como si aún estuviéramos haciendo la revolución industrial. La paz social se alcanza con equilibrio y concesiones, sin necesidad alguna de que sea el resultado de una pelea en el barro, del chantaje o del miedo. Trabajar esto en la base es la asignatura de la credibilidad sindical pendiente.

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