domingo 16/5/21

Qué hijos de puta…

La clase política en España no suele estar nunca a la altura. Son bestias de mira corta que se preocupan mucho por lo suyo y por lo de los suyos, y poco por los demás y por lo de los demás.

Llevo un tiempo sin escribir porque estoy seguro de que no voy a ser políticamente correcto con lo que escriba si lo hago, menos incluso de lo que suelo serlo. En realidad, la libertad para decir lo que uno piensa debiera estar siempre por encima de lo que el imaginario colectivo entiende por corrección. Y el ir teniendo cierta edad, además, habría de ayudar a que a uno le importe un pimiento lo que piensen los demás de lo que se dice y de cómo se dice. Lo cierto es que corren tiempos confusos hasta para decidir si llamar hijos de puta a los que mandan y a los que quieren mandar es correcto, oportuno y prudente, o solamente el desabrido desahogo de alguien que está harto de este año de descuento vital tan injusto y loco.

En las malas se conoce a la gente, y a los políticos, que en esta mala que estamos pasando han llegado a lo más alto de la indecencia intelectual y del desprecio cívico

Que somos un país generoso de enormes potencialidades que ha demostrado hasta la saciedad su fortaleza para superar la adversidad ya lo dice el Rey en sus discursos, que el papel todo lo aguanta. Que lo dice mucho, por cierto, como si ni siquiera él terminara de creérselo. Que somos un país de sinvergüenzas en todos los niveles, donde las trampas, la mentira, la traición y el aprovecharse de lo ajeno es el pan nuestro de cada día ya lo decimos nosotros sin necesidad de usar palabras. Y que los que gobiernan este país, sus comunidades y hasta sus pueblos, y sus oposiciones, están a la cabeza de la miseria y la mezquindad es una verdad desbordante que no se cansan de mostrar cada vez que tienen ocasión, especialmente cuando más perspectiva y mayor esfuerzo por arrimar el hombro deberían poner de manifiesto.

La clase política en España no suele estar nunca a la altura. Son bestias de mira corta que se preocupan mucho por lo suyo y por lo de los suyos, y poco por los demás y por lo de los demás. Y que lo hacen con una facilidad pasmosa para que se les vea el plumero siempre en las peores circunstancias, cuando más falta hacen referentes y dirección responsable. En las malas se conoce a la gente, y a los políticos, que en esta mala que estamos pasando han llegado a lo más alto de la indecencia intelectual y del desprecio cívico. Desde marzo de 2020, inasequibles al desaliento de un país que se desmorona, no han desperdiciado ni un sólo instante para la desvergüenza partidista, estando en todo cuanto han hecho más atentos a las cifras electorales y a los intereses personales que a las necesidades de la ciudadanía. Los políticos españoles, unos y otros, han salido al lodazal a sacar tajada sin más miramientos que mancharse poco los zapatos.

Nuestros políticos han demostrado ser unos hijos de puta que llevan 365 días mirándose al espejo de su propio beneficio

El espectáculo diario por los estados de alarma primero y por las medidas sanitarias después, la utilización de los muertos como argumento contra el de enfrente, las declaraciones grandilocuentes para quedar unos por encima de otros, la pelea entre comunidades autónomas para tomar decisiones, la locura de algunas decisiones adoptadas solamente para parecer mejor… Todo mientras los sanitarios siguen pidiendo socorro porque no llegan a todo, los ancianos siguen muriendo en las residencias o la economía local sigue cayendo sin freno por el precipicio. Sin ningún propósito de enmienda en estos 12 meses, nuestros políticos han demostrado ser unos hijos de puta que llevan 365 días mirándose al espejo de su propio beneficio, sin más horizonte que destruir al adversario dándoles igual a coste de qué y de cuántos.

Y lo peor de todo es que todo va a peor, y además se pega. La exaltación de la propiedad sobre la verdad, que además de ser única es incuestionable incluso bajo amenaza, y los argumentos que destruyen sin miramientos al contrario, se han convertido en el guión de la política nacional, cada vez más egoísta, cada vez más cruento, cada vez más despiadado. En términos absolutos, la realidad política española diaria es la de la cochambre y la obscenidad más despreciables, un espantoso ejemplo de cómo no se deben hacer jamás las cosas si se quiere mantener la dignidad y la honra. Y quizá visto así, y compartido así, se entienda mejor que no debiera pasar nada por llamar hijos de puta a los que mandan. Que como diría Alfonso Guerra, no es un insulto, sino un diagnóstico.

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