lunes 23/5/22

Libros

Con pocas cosas como con un libro alguien puede ser capaz de evadirse, de imaginar otros tiempos y otros espacios, de vivir las vidas de otros. Pero también de cultivarse, de aprender y de adquirir conocimientos, y de instruir el pensamiento.

Tengo descubiertos dos o tres puestos en el Rastro que venden libros nuevos a precios de segunda mano. Son los sobrantes de ediciones que acabaron en los almacenes de editoriales y de librerías después de agotar su ciclo de oferta en los estantes de novedades, libros que no han tenido éxito en el tiempo, y que apenas han colocado una o dos impresiones en el mercado. Me he aficionado a revolver las pilas de ellos en las mesas buscando algo que llevarme a casa para la más fantástica y reconfortante de mis aficiones, que es leer.

La lectura es un apasionante camino hacia el saber, que a su vez es el mejor cimiento de la libertad

Leer debería ser obligatorio. Con pocas cosas como con un libro alguien puede ser capaz de evadirse, de imaginar otros tiempos y otros espacios, de vivir las vidas de otros. Pero también de cultivarse, de aprender y de adquirir conocimientos, y de instruir el pensamiento. La lectura es un apasionante camino hacia el saber, que a su vez es el mejor cimiento de la libertad. Quienes leen se forman más y mejor como personas y como ciudadanos, ensanchan sus horizontes y entienden más claramente cuanto les rodea. Los libros enriquecen y nos ayudan a crecer individualmente y como sociedad.

Cuando pregunto a la gente de mi entorno qué libro están leyendo, y su respuesta es que ninguno porque les aburren los libros, me entristezco y me enfado. El aburrimiento es un mal muy de este tiempo, que tiene que ver con una cierta simpleza en la búsqueda de las cosas que entretienen, y también quizás con la idea que maneja la mayoría de lo que es el entretenimiento. El cortoplacismo a la hora de escoger cómo evadirse de lo cotidiano, el deseo del mínimo esfuerzo intelectual para conseguirlo, y un amplísimo abanico de opciones puramente pasivas que no requieren más que estar, han devaluado irremediablemente la lectura como pretexto para la distracción. Los libros exigen una indudable predisposición dinámica y ejerciente a la aventura de imaginar, y lamentablemente eso ya no se lleva.

Las sociedades poco ilustradas son muy fáciles de manipular

Tampoco tiene promoción. La ocupación de las administraciones públicas al libro está limitada a un par o tres de festejos anuales malvestidos de ferias, y para salvar la cara. Y la iniciativa privada, autores, editores y libreros, que tiene el éxito justo para sobrevivir, acaba resultando endogámica y actúa por puro instinto de conservación. En aquellos no hay interés alguno porque la gente lea, mientras que los otros no hacen otra cosa que promover la lectura entre los que ya leen.

Las sociedades poco ilustradas son muy fáciles de manipular. El poder tiene tendencia a intentar perpetuarse, y si eso pasa por cultivar poco la formación, y convertir a los ciudadanos en borregos evitando que disfruten de formas de ocio que les ayuden a ver las cosas con otra perspectiva, y desde ella escoger con autonomía, eso se hace. Es una realidad incuestionable que la lectura estimula el libre pensamiento, y eso ni está de moda ni sirve al objetivo de una ciudadanía instalada a la fuerza en la mediocridad, que es el caldo de cultivo ideal para el manoseo intelectual de las élites. Por eso hay que leer. Mucho, lo que sea, sin esperar provocación, pero leer. Porque si no lo hacemos nosotros, lo harán por nosotros, y cuando queramos darnos cuenta, será tarde y ya no quedarán libros. Ni libertad.

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