domingo 28/11/21

inVESTIDURA

Lamentablemente, nuestros representantes visten como se comportan, y lo hacen con simpleza, antigüedad y falsa progresía. Y lo más terrible de todo es que nos representan igual que visten: con poco arte y mucho desaliño intelectual. Estamos apañados, y perdidos, porque esto del malvestir es una costumbre muy mala de quitar.

He seguido con interés el último intento de investidura (el primero; para la segunda votación no me quedaban ni tiempo ni ganas). Los discursos no, que aburren. Me he fijado en cómo iban vestidos ellos, para criticarles ahora. Ellas iban todas estupendas, como siempre (bueno, quizá Alicia Sánchez Camacho abusó un poco de las cremalleras, y Soraya Sáenz de Santamaría iba demasiado de blanco), pero los diputados no tanto. Trajes azul marino prêt-à-porter con la talla mal escogida, camisas de color crema de esas que se vendían ya en Galerías Preciados, y corbatas estrechas y de colores tan insulsos como son sus señorías. También había descamisados con las mangas remangadas, que el estilo de Iglesias ha hecho mucho daño a la elegancia institucional. Y honrosas excepciones a tanta uniformidad de funcionario. José María Lasalle, con una fina chaqueta color burdeos, el ministro de Educación, vestido de indiano con traje claro, o ese diputado socialista que lleva siempre pajarita.

A nuestros diputados todo les viene grande, y les queda puesto como con dejadez. Son vistiendo el fiel reflejo de su papel como representantes de la soberanía nacional (a copa por cada vez que el candidato lo ha dicho en sus intervenciones tendría para emborracharme los próximos diez años): pretenciosos, aburridos y soberbios. Iguales en la desidia por escoger algo distinto del resto, y desafortunados cuando lo hacen. Pablo Casado, sacando dos palmos de camisa por las mangas de la americana; César Luena, disfrazado de moderno cool informal pero elegante, o Juan Carlos Girauta, con una chaqueta en la que cabe la mitad de su grupo parlamentario, no dejan de esto lugar a dudas.

A nuestros diputados todo les viene grande, y les queda puesto como con dejadez. Son vistiendo el fiel reflejo de su papel como representantes de la soberanía nacional

Parecen todos lo que terminan siendo. Rajoy parece un funcionario del grupo A ejerciendo como jefe de servicio, sin más vida social fuera de su despacho que la tele y los expedientes que se lleva a casa. Pedro Sánchez, con su ropa clásica pero actual de cadena nacional para clases medias, parece el nuevo vecino de la urbanización, que trabaja en banca y sonríe porque alguna vez le han dicho que le hace parecer interesante. Iglesias no parece nada y lo parece todo, con ese look de pretendido hombre de la calle del que sólo tiene la tozuda vulgaridad del que necesita disfrazarse de lo que dice ser, sin serlo del todo, gritando mucho de la pura soberbia de la que está permanentemente emborrachado. Y Rivera parece lo que se ve, un chico de las afueras que acaba de descubrir la ciudad y se ha puesto de domingo porque es lo que ha hecho siempre en su pueblo cuando ha tenido que ir a donde no tiene costumbre.

Lamentablemente, nuestros representantes visten como se comportan, y lo hacen con simpleza, antigüedad y falsa progresía. Se ponen corbatas deslucidas que resaltan sus complejos. Visten camisas que delatan su mediocridad. Conjuntan con manoseados estereotipos sacados de manuales de marketing y revistas de moda tan ajadas como ellos mismos. Y lo más terrible de todo es que nos representan igual que visten: con poco arte y mucho desaliño intelectual. Estamos apañados, y perdidos, porque esto del malvestir es una costumbre muy mala de quitar. Pongámonos en lo peor, que la cosa tiene poco remedio...

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