martes 24/5/22

Espía, que algo queda

Irrelevancias aparte, el espionaje al presidente Sánchez y a alguno de sus ministros, por mucha normalidad que hayan querido darle al relato contándonoslo con la misma serenidad de espíritu que cuando nos desvelan las cifras del paro, es de una gravedad inusitada e incuestionable

Me parece que no tengo infectado mi móvil con ninguna app que me espíe. Bueno, en realidad no lo sé. Tengo muchas mierdas para tonterías que me gastan la batería, pero no he visto así nada raro que parezca que me esté robando información. Si alguien lo hiciera, el encargado de valorarla se iba a aburrir un montón. No tengo dinero en el banco, ni hago transacciones mercantiles con Corea del Norte, China, o las Islas Caimán; los correos que recibo son anuncios comerciales, y los que envío son peticiones de baja de las listas de anuncios comerciales o chorradas que mando a Jose Manuel para que me imprima y ahorrarme la copistería; las fotos son las que luego publico en Instagram o comparto con mi familia en Whastapp; y uso el block de notas para escribir artículos como este y hacer la lista de la compra. Vamos, supongo que el mismo coñazo que el del 95 por ciento de los españoles. En el metro, de tan apretujados que vamos, podría ser que alguna portera me haya leído la pantalla alguna vez, pero más allá de eso no vislumbro yo riesgo alguno.

Irrelevancias aparte, el espionaje al presidente Sánchez y a alguno de sus ministros, por mucha normalidad que hayan querido darle al relato contándonoslo con la misma serenidad de espíritu que cuando nos desvelan las cifras del paro, es de una gravedad inusitada e incuestionable. Por supuesto lo es porque algún país ha robado información sensible al jefe de nuestro gobierno, pero esto es algo que ha pasado toda la vida, y que se nos había olvidado porque ya no se hacen películas de espías. Para sacar ventajas competitivas en el proceloso mundo de las relaciones internacionales es obligatorio para cualquier gobierno vigilar a otros gobiernos, sustraerles sus cosas sin que se enteren, saber a qué dedican el tiempo libre cuando no lo están cacareando en ruedas de prensa. Incluso a aquellos que se califican de amigos, y que en realidad son como tu suegra, todo sonrisas los domingos en la comida familiar y todo reproches y mal rollo el lunes por la tarde, y el martes, y el miércoles, y el jueves... 

No. El acecho a las comunicaciones de Sánchez, de Robles y de Grande-Marlaska parece necesario en el juego supranacional, lo haya hecho Marruecos, Rusia o el Principado de Andorra. Está en los manuales de relaciones internacionales. Lo que hace al caso peculiar, grave y estridente sin necesidad es que nos lo hayan explicado con pelos y señales, con todo lo que eso supone. Y supone que ahora sabemos que el presidente y sus ministros no están muy bien protegidos de la vigilancia de otros, y para los que todos los estados tienen organismos específicos (el CNI en España, por ejemplo). Supone también que sepamos que la tecnología que usan en el gobierno y que evita el espionaje es un poco así así, que ni impide ni avisa del escrutinio. Supone que hayan dejado a nuestro servicio secreto al pie de los caballos, que se haya desatado la paranoia colectiva del espionaje y hasta el más tonto crea que le ha robado datos el malvado enemigo, que parezcamos más aún que siempre el país de Mortadelo y Filemón y la Tía. También que los independentistas se crean que todo es una cortina de humo para tapar lo suyo, que es harina de otro costal, y para que la derecha y la ultraderecha se sumen al desvarío del invento. Por cierto, que no hayan pinchado el móvil al ministro de Consumo o al de Universidades es muy elocuente y explica qué interesa fuera de España y qué no (diría que dentro también, pero no quiero faltar a nadie). 

Con independencia de las cabezas que ahora acaben en una bandeja a disposición de los socios de investidura para compensarles que sus secretos estén en informes de inteligencia sobre el riesgo que suponen para la unidad de España, o de que en el gobierno del país que les ha cotilleado las cosas a nuestros dirigentes se estén descojonando de la risa porque se haya tardado más de un año en descubrir el fisgoneo, este asunto del espionaje es la excusa perfecta para entretenernos un rato y que se nos olvide que el IPC está por encima de 8%, que el precio de la comida o del combustible están por las nubes, o que el presidente de Iberdrola nos llame tontos a los consumidores que pagamos su electricidad a precio de oro. 

La frivolidad la ha puesto Revilla, como siempre, que es incapaz de no quedar siempre por encima, se trate de lo que se trate, porque si no se muere. Esta vez alardeando de usar un móvil del siglo XX sin internet ni cosas modernas, imposible de intervenir. Que digo yo que para qué va a querer estar un presidente de comunidad autónoma a la última, por Dios. Y menos él, que ha hecho de la cochambre cotidiana y del provincianismo más cateto un estilo de gestión política, al menos comunicativa, que provoca risa y sonrojo a partes iguales. Aunque también es verdad que espiarle a él, que pierde el culo por cascar lo que no debe en cuanto le invitan a una televisión, tiene poco sentido práctico. Eso que se ahorran los del Pegasus, y nosotros el circo que hubiera montado de haber sido espiado.

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