lunes 6/12/21

A Colón se va por “Madrid”

Aturdido se queda uno cuando Trapiello vindica las pocas diferencias históricas que existen entre la figura del Caudillo, Francisco Franco, y los mencionados políticos de la Segunda República.

Ahora que comienza a despuntar el calor del incipiente verano recuerdo cómo estas navidades pasadas me perdí incansablemente por las librerías de Santander en busca del nuevo libro de Andrés Trapiello, que lleva por título "Madrid". El azar quiso que no sólo no lo encontrara como hipotético regalo de reyes, sino que unos 20 días más tarde, cuando paseaba tranquilamente por la sección de libros de El Corte Inglés, el libro estuviera allí, mirándome fijamente, como quien espera al tren que está a punto de llegar, en caso de frecuentar y utilizar el transporte público, para devolverlo de nuevo a la tranquila rutina diaria después de un duro día de trabajo.

El libro, en líneas generales, quiere ser una guía histórica de la cuidad de Madrid, además de un relato biográfico del autor, quien parece deber todo lo que tiene a la fortuita decisión de abandonar el hogar paterno para iniciar su primera aventura vital por las calles de la capital de España. Peripecias, desengaños, y alumbramientos personales al margen, como toda buena obra del género autobiográfico, el libro vislumbra algunas de las ideas generales que el autor tiene sobre cómo ver el mundo -pasado y presente-, la vida -también pasada y presente-, y hasta la memoria histórica, materia esta última de la Andrés Trapiello es un consumado experto, si tenemos en cuenta que, desde hace al menos cuatro años, forma parte del Comisionado de Memoria Histórica creado por el Ayuntamiento de Madrid con el objetivo de dar cumplimiento al artículo 15 de la debatida ley del año 2007,  aquel que posibilita el cambio de los nombres del callejero.

Quizá Trapiello se imagina a un Largo Caballero en pleno éxtasis, feliz de haber ganado la guerra civil en España y de instaurar una dictadura (social)comunista

En ese sentido, sorprende ver algunas de las apreciaciones que Trapiello dedica a la memoria histórica (de la que es un consumado experto a la par que incansable detractor, como se encarga de decir esa fuente de conocimiento inagotable, la Wikipedia). Pero no me sorprende en absoluto que algunas de las líneas maestras de su argumentario traigan a colación un pasaje que todos recordaremos: la controvertida decisión tomada por el Ayuntamiento de Madrid para retirar los homenajes públicos que la capital había dedicado a los políticos socialistas Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica. A estas alturas del discurso conviene recordar este hecho y enlazarlo con su presencia en ese organismo delegado por el consistorio de la capital para el cambio de los nombres en las calles, no vaya a ser que las coincidencias existan.

Aturdido se queda uno cuando, al acariciar las páginas 145 y 146 del citado libro, el autor vindica las pocas diferencias históricas que existen entre la figura del Caudillo, Francisco Franco, y los mencionados políticos de la Segunda República; esos dos "prohombres" que sólo se diferencian del dictador, "el primero (Largo Caballero), en que murió en el exilio, y el segundo (Indalecio Prieto) en que aún tuvo tiempo de pedir perdón por una aventura que le trajo a España más de mil muertos y la excusa perfecta para el golpe de 1936", como si morir en México o en Francia no fuera morir lejos de la tierra que te vio nacer, y como si esa "excusa perfecta para el golpe" pareciera legitimar un golpe de Estado a todas luces ilegítimo por el mero hecho de que apenas dos años antes, en 1934, hubo una revolución obrera en Asturias y en buena parte de España, igual de ilegítima desde el punto de vista de la legalidad, por cierto.

Quizá Trapiello se imagina a un Largo Caballero en pleno éxtasis, feliz de haber ganado la guerra civil en España y de instaurar una dictadura (social)comunista, mientras da la mano vieja y temblorosa a su fiel aliado Indalecio Prieto en su último discurso público -si es que no ha acabado con él décadas antes, en una purga- un Primero de Octubre de 1975, tras la conjura internacional contra España, esa cuna del bolchevismo y la masonería, después de la ejecución sumaria de cinco falangistas que luchaban por la libertad y la democracia.

Pero puede que esto solamente sea una opinión personal, como la suya. O que yo sea "progre". O las dos. Quién sabe.

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