domingo 23/1/22

Falso regionalismo

Nuestras manifestaciones culturales son la seña de nuestro pueblo y no simples alegorías de las que presumir el día del santo.

El inicio del franquismo supuso la muerte del medio rural. Más allá de las historias personales que expulsaban a cada familia de su territorio, el franquismo instauro una mentalidad que caló en el imaginario colectivo y que dividió a las gentes ente ciudadanos y pueblerinos como sinónimos de progreso y retraso. Esta mentalidad se trasladó a las manifestaciones culturales vivas aun en los pueblos, a la cada vez mayor ausencia de mozos que perpetuaran el acerbo se unían las descalificaciones de las supuestas mentes progresistas que ridiculizaban una cultura milenaria: el traje regional pasó a ser el traje de paleto; las tonadas moñigadas y las mascaradas de invierno se convirtieron en “mozos vestidos de mamarrachos”.

En esa mirada franquista el ritmo de los pueblos no tenía cabida, su esencia y su singularidad se diluían al son marcado por una España grande y libre. Su visión desarrollista despreciaba la precaria economía de los pueblos en la que nada sobraba, pero tampoco nada faltaba. Sus habitantes de pronto dejaron de ser vistos como personas con raíces y pasaron a convertirse en emigrantes que surtían de mano de obra barata las fábricas de las ciudades.

El PRC ha olvidado que lo que nos convierte en cántabros no es nuestro DNI sino nuestro acerbo y las miles de esencias que destila nuestra tierra

Fue una época oscura de que la salimos, pero que dejó mella. Y esa mella en Cantabria la perpetúa un partido que se llama a sí mismo regionalista. Un partido al que los que sentimos Cantabria como nuestra matria mucho agradecemos, pero que poco a poco se está cargando todo aquello por lo que tanto dice luchar. El regionalismo cántabro se empeña en perpetuar su visión tardo-franquista del medio rural y traslada esa visión a todas sus políticas urbanísticas,  sociales y culturales. El PRC ha olvidado que lo que nos convierte en cántabros no es nuestro DNI sino nuestro acerbo y las miles de esencias que destila nuestra tierra. Nuestras manifestaciones culturales son la seña de nuestro pueblo y no simples alegorías de las que presumir el día del santo.

Así nuestro país lleva la Estela de Barros en su escudo, pero su gobierno permite su inmatriculación por parte de la Iglesia. Así Peña Herbosa protege los bolos como bien cultural, pero permite hormigonar las boleras impidiendo cualquier posibilidad de desarrollo de nuestro deporte. Así se venera al urogallo que ya no canta en nuestros montes, pero se introduce al pigargo que jamás voló en nuestros cielos… En definitiva, se convierte nuestra cultura en una sucesión de símbolos carentes de sentido alguno, se vacía nuestra esencia de su significado hasta dejarla tan vacía como como lo están ya nuestros pueblos.

Con esa visión tardo franquista que la gente que puebla el antiguo hospital de San Rafael tiene de nuestras zonas rurales, no es extraño que nuestros montes y prados se vean como un erial improductivo al que no se le saca el suficiente rendimiento. Poco importa que esas campas sean la base de la economía rural y el sustento de miles de cántabros, poco importa el grito de tantos jóvenes que se aferran a nuestro paisaje como esperanza de futuro, los tiempos han cambiado pero la mentalidad regionalista no.

Hoy nuestros montes se convierten en zonas de sacrificio eólico en post de un progreso que es ajeno a sus moradores, nuestro terreno agrícola se somete a la especulación ofreciéndolo como rico caramelo para que el mejor postor construya su casita de veraneo. Nuestra Cantabria rural una vez más es despreciada y esta vez el desprecio viene de sus gobernantes más cercanos. Como las potencias con sus colonias el gobierno regional somete a sus pueblos al espolio de sus recursos con el falso mantra de detener la despoblación, pero sin raíces, sin recursos ¿Qué nos atará aquí a los que aquí vivimos?

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