lunes 18/10/21

A superar la pandemia, como Israel, con igual perseverancia

Causa pesadumbre tener que citar países que lo han hecho bien con el Covid, caso de Israel, mientras el panorama es bien distinto, malo, en España, Francia o Alemania. Fundamentalmente, las causas hay que buscarlas en el desacuerdo inicial y consiguiente improvisación. Aunque estamos a tiempo de cambios necesarios. Otro ejemplo lo encontramos en Estados Unidos. Allí se ha dado paso a las grandes decisiones (Biden) y dejado atrás las estériles broncas políticas (Trump).

Estamos en punto muerto respecto a doblegar los malos resultados de la pandemia por Covid-19. Quiero recordar que los datos, a día de hoy, en todo el mundo, son 3 millones de muertos y 140 millones de contagiados (lo olvidamos con facilidad). Entre los 194 países que componen el mapa mundi, España ocupa el noveno lugar de los peor parados. Consiguientemente, la situación se puede calificar de muy delicada. Hay otro asunto que no se aborda bien. Ya me gustaría decir que, cumplido un año, hemos aprendido lecciones, superados entuertos y acordado trabajar todos juntos en favor de una misma solución sanitaria satisfactoria, pero va a ser que no. A consecuencia de todo ello, el coronavirus se ha hecho extremadamente fuerte.  

En los dos escenarios del actuar frente al problema, uno es el avance que quiere ser la aparición de vacunas y su aplicación inmediata a la población, y otro el espectáculo interior que se vive en muchos países, caso de España, al encontrarse con una variada descoordinación y fallos generalizados, por ausencia de un continuado trabajo en común, algo que ha sido tónica general desde el principio de esta crisis. No se salva nadie de ser señalado con el dedo, pero quienes menos tienen la culpa son los ciudadanos, deseosos de recuperar sus vidas y, ante todo, no perder los trabajos que ahora penden de un hilo. 

“Israel. Sus ciudadanos están inmunizados, y no están obligados a llevar mascarilla en el exterior. ¿No podrían otros haber aplicado el mismo plan?”

A estas alturas del Covid, no cabe duda que unos poquitos países han hecho mejor los deberes. Israel es un caso claro. Todos sus ciudadanos están ya inmunizados, y no están obligados a llevar mascarilla en el exterior de sus ciudades y pueblos. ¿No podrían otras naciones haber aplicado el mismo plan? Pues no, porque cada país ha querido ir desde el principio por libre, aunque luego el resultado haya sido nefasto, como le sucede a una Unión Europea, el gran continente del bienestar social, que queda muy tocado ante un plan de vacunación que no va hacia adelante, a lo que se suma la controversia de la eficacia de vacunas como AstraZeneca o Janssen. En una nueva decisión de urgencia, ahora se quiere apostar todo a la Pfizer, pero nada ni nadie nos asegura que la situación actual, del todo insatisfactoria, vaya a revertir.

Un hecho está más que claro. No haber trabajado todos los países juntos ha empeorado el problema. La UE, por su lado, Estados Unidos, por otro, Reino Unido, mejor no hablar, Rusia, apostando por la confusión y China, también incalificable. El control de las vacunas pareciera buscar nuevas influencias mundiales de unas potencias sobre otras, de tal manera que la solución urgente queda supeditada a acuerdos, tratados y otros pormenores que se irán conociendo con el tiempo, aunque no por ello dejarán de ser inaceptables por anteponer poder e influencia a salud.  

En busca de ahondar un poco más en el éxito israelí, encuentro una serie de claves que derivaran en el éxito de su vacunación. Es así porque en menos de dos meses la recibió el 40 por ciento de su población. Todo un record. Tanto desde dentro como desde fuera de aquel país, el hecho se explica porque tienen un sistema público de salud muy eficaz, totalmente digitalizado, cualidades que han facilitado enormemente convocar rapidísimamente a los ciudadanos para inyectarles. Hay más cositas. Otorgan a Israel la realización de una buena campaña de concienciación ciudadana contra el Covid, una logística impecable y una anticipación en la compra de vacunas, que les llevó a cerrar con la farmacéutica Pfizer un contrato de suministro  pionero, a cambio de  facilitar datos experimentales nuevos que sirvieran para el resto de países. 

“No haber trabajado juntos ha empeorado el problema. La solución queda supeditada a acuerdos inaceptables por anteponer influencia a salud”

Bien a todo, pero resulta excepcionalmente chocante hablar del buen sistema de salud israelí y tan informatizado, que no deja en buen lugar al español, francés, alemán o portugués. Si a esto le sumamos que la mayoría de las vacunas se fabrican en suelo europeo, la frustración aumenta por momentos. Lo que sí hay que concluir es que ha faltado previsión. Que dentro de los países como España nos hemos perdido en el limbo de los desencuentros que no aportan nada. Que la desunión ha sido y es patente. O que un gigantesco problema como el que aún tenemos encima se acomete con serias dudas ante el verano o las siguientes Navidades, sin ir más allá. Así y todo, estamos aún en la segunda parte del partido y creo que hay muchas cuestiones que se pueden y deben reorientar. Que haya países que lo van logrando, abre la puerta a un mejor escenario para el resto. Queda tiempo, pero es un tiempo que tenemos prestado, sobre todo para una economía cada día más maltrecha. Hay que perseverar, dialogar y acordar, todos con todos. Y si no es posible, desde la sociedad tendremos que empezar a demandar otra forma de hacer las cosas, que no comprometa la salud general por el egoísmo de unos cuantos. 
 

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