martes 15/6/21

Nunca antes escribí tantos in memoriam juntos

Reflexiones desde casa. Última reflexión.

El coronavirus da la razón a una canción bien conocida de Pablo Milanés. “La vida no vale nada” es su título. El cubano universal lo canta como sucede: “La vida no vale nada, si escucho un grito mortal, y no es capaz de tocar mi corazón que se apaga”. Hoy, recordando a todos los muertos por el Covid, a sus desconsoladas familias y amigos, concluyo esta serie de reflexiones desde casa, que inicié nada más empezar el confinamiento. Es sábado, 9 de mayo de 2020. Tecleo palabras en el ordenador, a las 16 horas de una tarde gris, oscura, como el tema que abordo. Hablo de los 26.478 españoles y españolas desaparecidos por la pandemia. Jamás he escrito un recordatorio, un in memoriam, para 26.478 personas. Sobre todo serán sus familias quienes les tendrán siempre presentes, preguntándose cómo pudo pasar, el porqué de morirse así, sin la posibilidad de decirles adiós, cogerles la mano, darles un último beso. Es inasumible fallecer mientras estás a buen cuidado en una residencia, cuando eres una joven médico de 28 años y tienes toda la vida por delante, como ocurre igualmente con la mediana edad. Más allá de estos años, superando los 70, 80 o 90, ahí seguían para demostrar raza. Vivieron lo que vivieron, una guerra entre hermanos, la Dictadura, una postguerra y el hambre, mucha hambre. Sacaron España adelante. Nos dejaron un legado maravilloso, como para morir de esta manera. Los españoles de hoy no paramos de polemizar, insultar, enfrentarnos, de querer imponer nuestra razón por encima de las demás ideas y opiniones. Lo estamos haciendo también en el Covid: discutir. Desde luego, el mayor legado que podríamos dejar a nuestros muertos es cambiar. Y solo se consigue con una buena educación, el arma más poderosa para cambiar el mundo como nos legó el referente que es Nelson Mandela. Tenemos unos sanitarios excepcionales, un pueblo solidario como ninguno, y todos estos seres humanos que han entregado su vida sin que padres, hijos, hermanos y demás parientes le encuentren sentido. A fin de cuentas, vivíamos en la sociedad del bienestar, en la Europa de los derechos, y de repente nos cae encima un drama que no cesa. Tal es el impacto en nuestras vidas, en nuestras mentes, que una parte de ciudadanos ha decidido comportarse como si nunca hubiera pasado. Escuchen: flaco favor a los que aún nos necesitan. Porque quedan muchos mayores en sus residencias, multitud de sanitarios en hospitales y ambulatorios. Están también los miles de trabajadores de primera línea de combate al virus, porque había que alimentar, preservar la ley, despachar medicamentos o llevar el correo y la paquetería a los hogares. En tantos y tantos días en casa, hemos pensado, discutido, cantado, abrazado, besado, reído, protestado, criticado, preocupado, llorado y deseado. Permítame querido lector hablar en su nombre si digo que, por encima de lo demás, nuestro mayor anhelo era y es que pare la cifra de muertos. No voy a alargar la despedida, ni insistir en lo sabido, pero sí prometo recordar. La televisión ha contado las cosas a su manera, pero ha sido buena compañía durante todo este tiempo de tristeza. Cuando llegue el día del homenaje a todos nuestros muertos, cuenten conmigo, viéndolo en directo a través de la pantalla. A buen seguro serán instantes estremecedores. Es lo menos que merecen cada uno y cada una de los mártires del coronavirus: homenajearles y llorarles como es debido. 

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