domingo 23/1/22

Jóvenes desaparecidos e información

Hay ocasiones en que las noticias sobre jóvenes desaparecidos añaden dolor al dolor por la forma que tienen los medios de informar del suceso. Si bien la excesiva información tiene que ver con un público que la demanda, resulta difícil no incurrir en una intromisión dolorosa en las vidas de las personas afectadas. Está en el buen profesional y su ética distinguir entre lo que verdaderamente interesa contar, y aquello que es evitable, porque daña directamente a quienes de por sí sufren la ausencia inexplicable de un ser querido.

El aumento de los casos de jóvenes desaparecidos en España, y el interés que suscita en la opinión pública, genera abundante información por parte de todos los medios de comunicación. En paralelo, se ha generado un debate sobre el límite de lo que es tolerable contar en busca de ofrecer más exclusivas al respecto. Lectores y espectadores de televisión nos preguntamos dónde queda el respeto a las familias y sus sentimientos de dolor frente a la tragedia por la que atraviesan. Que España es un país casi modélico respecto a los delitos es una falacia que ya no se puede mantener por más tiempo. No faltan datos que lo demuestran: 34 personas desaparecen cada día en España. Solo en el periodo que comprende desde el año 2007 al 2011 hay 72.018 denuncias de ausencias injustificadas de ciudadanos. Precisamente desde 2011, y cada 30 de agosto, ya se celebra el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. Cada poco tiempo y sin salir del territorio nacional, surge un nuevo caso muy mediático como el del niño Yeremi Vargas, Marta del Castillo, Asunta Basterra y, ahora, Diana Quer. Algunos casos están aún sin resolver (¿y olvidados?), otros terminaron de forma trágica y quedan muchos más por esclarecer.

El sensacionalismo invade este tipo de suceso, mientras las familias desesperadas esperan que se arroje luz sobre la desaparición

La forma de abordar estas desapariciones llega incluso a contagiar a los denominados medios de información serios, ya que hay entregas informativas que no han sido suficientemente contrastadas, o se obvia directamente la existencia de fuentes de información, con lo que parece que muchas veces resulta más una opinión, una teoría lanzada al azar más que información veraz. El sensacionalismo  invade este tipo de suceso, mientras familias desesperadas esperan que se arroje luz sobre la desaparición de su familiar. Hay otra cuestión no menor y, por lo tanto, criticable. ¿Por qué unos casos aparecen tanto en los medios mientras otros ni existen? Tampoco acierto a entenderlo, salvo que la causa haya que buscarla en que las familias decidan no acudir a los periodistas o todos los casos no tengan el mismo interés de cara a la opinión pública, que es la que da audiencias. Difícil galimatías en todo caso.

Sobre los expedientes abiertos de desapariciones cabria reflexionar sobre lo que hay que contar y aquello que es innecesario dar a conocer

Pero no siempre el foco hay que fijarlo en los medios, porque pueden resultar incomprensibles las continuas declaraciones de los padres de una desaparecida. ¿Se resuelve mejor el caso hablando más?, ¿se busca mantener viva la investigación y que así no cesen las pesquisas por parte de las fuerzas de seguridad?, ¿es bueno, en definitiva, tener tanto protagonismo mediático, incuso mayor en algún momento que la persona desaparecida? Los medios pueden errar algunas veces, pero cabe reflexionar sobre cuando son requeridos con excesiva insistencia, al facilitarles continuamente noticias, declaraciones, filtraciones y especulaciones, que por descontado tienen que ofrecer a sus lectores. Es curioso comprobar como ningún caso de desaparecido en España es similar en cuanto a la manera de  informar sobre el mismo. Casi siempre tiene que ver con las interioridades de la familia y como ésta decide difundir novedades sobre la desaparición, en paralelo a las informaciones facilitadas por parte de los investigadores oficiales. Hay incluso desapariciones, como la de Diana Quer, que propician grandes diferencias entre policía y portavoces directos de la familia en su contacto directo y fluido con los medios de comunicación.  No ocurre así en todos los expedientes abiertos de desapariciones en España, y cabria que todas las partes reflexionaran sobre lo que hay que contar y aquello que es innecesario dar a conocer.

Dicho con más claridad, las informaciones nunca deben apartarse de ese precepto del Código Deontológico de los Periodistas que establece que “en el tratamiento informativo de los asuntos en que medien elementos de dolor o aflicción en las personas afectadas, el periodista evitará la intromisión gratuita y las especulaciones innecesarias sobre sus sentimientos y circunstancias”. Resulta fácil aseverar eso de que nos ponemos fácilmente en la piel de quien sufre una circunstancia tan dolorosa, aunque es mejor empezar por no divulgar habladurías sin fundamento alguno, y ser especialmente rigurosos con todos y cada uno de los detalles y protagonistas directos relacionados con el suceso de una dramática desaparición.

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