viernes 24/9/21

Covid + crisis + descontento social y educativo = cóctel explosivo

Como el Covid desbarata todo a su paso, es normal que las sociedades y  grupos que las conforman empiecen a mostrar hartazgo con lo que sucede, y las medidas impopulares que se toman. El caso de los jóvenes puede llegar a ser el más preocupante. En los libros viene lo que son estados de alarma o toques de queda, pero vivirlo a sus edades es cuestión difícil de digerir. Con ellos ha faltado pedagogía, y ahora vemos las primeras consecuencias.

En tiempos de una pandemia, con los terribles daños que acarrea, empezando por la propia salud, hay momentos en que se hace difícil asumir medidas que, a la hora de adoptarse, hay que haber explicado socialmente muy bien, al detalle, para que no sean tomadas como poco democráticas

La desunión, no solo en España, ha marcado en todo momento los pasos dados por Gobiernos y otras instituciones con plena capacidad política y económica. No vale la pena pararse en esta lista de grandes organismos y su función directa sobre los ciudadanos, muchos de los cuales pueden haber empezado a sentir cierto desamparo ante lo que se vive y viene, lo que provoca al tiempo que se ponga en entredicho el sistema de bienestar, que aún disfrutamos, aunque cada vez más disminuido.

“Estado de alarma o toque de queda. La mayoría nunca antes había vivido situaciones semejantes, y estas nuevas medidas dividen a los españoles”

El coronavirus concentra en torno a sí dos hechos indudables. El primero es que quienes están al frente de la crisis sanitaria mundial se encuentran más perdidos que otra cosa. El segundo, consecuencia directa del primero, es que tanta desorientación provoca desconocimiento, improvisación, y forzar decisiones que afectan directamente a la forma de vivir y ganarse el sustento de los ciudadanos y, con ello, a nuestras libertades. Del lenguaje poco realista acuñado en la post cuarentena, y después de tirarnos un verano padre, hemos pasado a las decisiones más extremas como auto confinamiento, estado de alarma o toque de queda. La gran mayoría de la población, entre los que me encuentro, nunca antes había vivido situaciones parecidas y, al igual que aceptar las prevenciones de la mascarilla o mantener las distancias de seguridad, estas nuevas medidas dividen a los españoles. Da la sensación de que los acuerdos que se toman van por un lado, y la opinión de la calle, por otro. A esto contribuye que en cada comunidad autónoma se ejecuta una cosa diferente, lo que implica medidas impopulares como puede ser la suspensión de las vacaciones escolares correspondientes a la primera semana de noviembre. 

Hablar y acordar, bajo la responsabilidad común de todos los agentes políticos, económicos y sociales, siempre es mejor que imponer. Vemos lo de los autónomos y sus lógicas reivindicaciones, como antes fueron las de los sanitarios, que siguen pendientes, y ahora se suman las de profesores y estudiantes. El coronavirus se ha cargado aquel esquema de Ortega y Gasset sobre nuestra forma de convivir: “Ciudad es ante todo plaza, ágora, discusión, elocuencia. De hecho, no necesita tener casas, las fachadas bastan. Las ciudades clásicas están basadas en un instinto opuesto al doméstico. La gente construye la casa para vivir en ella y la gente funda la ciudad para salir de la casa y encontrarse con otros que también han salido de la suya.” En la oportuna cita orteguiana no aparecen términos como mascarilla, dos metros de distancia o aplicarse el gel hidroalcohólico. Mucho menos el toque de queda, porque suena a drama, y recuerda los peores momentos que la humanidad ha vivido en su historia, mediante batallas y enfrentamientos en los que todos pierden al final. 

“La juventud es la que peor encaja los cambios. Ha faltado pedagogía hacia ellos, y decirles la verdad sobre la gravedad de lo que pasa”

En este nuevo contexto, la juventud es la que peor encaja los cambios, que se toman de un día para otro. Ha faltado, lo he dicho en otras ocasiones, pedagogía hacia ellos, y decirles la verdad sobre la gravedad de lo que pasaba y pasa, desde el primer momento. De haberse hecho así, luego ya nadie podría contrariarse por tal o cual decisión tomada en base a la mala evolución de muertes, contagios y UCI abarrotadas de hospitales. Ahora sumamos otra cuestión no menos preocupante: los primeros brotes de disturbios en las calles, protagonizados en mayor medida por jóvenes descontentos con lo que sucede. El análisis de esta violencia, la mayor o menor preocupación sobre sus consecuencias, habrá que hacerlo en la medida de que se vayan produciendo nuevos conatos. Contar los hechos del Covid debería ir precedido de tomar grandes acuerdos, contando con todos, algo que no conllevara tanto ruido como se está haciendo en España, con cualquier asunto además. La mayor o menor preparación frente a semejante pandemia debe tener en cuenta que la suma de  virus,  crisis y desempleo, hogares sin ingresos y descontento social, sin porvenir visible para los jóvenes que hoy estudian y se preparan, el resultado es un peligroso cóctel de carácter explosivo. A ello hay que añadirle que, con mayor o menor razón, muchos ciudadanos están seriamente preocupados por el apuntalamiento de los pilares de toda democracia, como son preservar siempre la aplicación de los derechos y las libertades dentro de cualquier actuación que acometan los poderes. 
 


 
 

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