miércoles. 29.06.2022

Cáncer y Sida en punto muerto

Los avances de la ciencia y la medicina en bien de la humanidad deben ser impulsados desde un decidido apoyo de los gobiernos a la investigación. Nos estamos acostumbrando a los anuncios de filántropos que dan un pellizco de sus inmensas fortunas a causas sociales, pero no podemos depender sólo de estas generosidades. Acabar de una vez por todas con el cáncer o el SIDA requiere de recursos continuados, un gasto que los ciudadanos vemos bien y que no puede volver a tener ajustes ni recortes.

No hay día en que algún telediario de cuenta de avances respecto al cáncer, la leucemia, el SIDA, las enfermedades raras y otras que, hoy por hoy, son incurables. Llevamos años y años oyendo la misma canción, siendo casi imposible escuchar que la ciencia está pasando por un momento malo y se encuentra en punto muerto. Lo que sí ocurre en cambio es que se eternizan las esperanzas frente al dolor y la muerte a edad joven. La ciencia, en cualquiera de sus vertientes, siempre merece una mayor atención de recursos que no se dan y, mucho me temo, que tampoco se esperan.

No dar con las respuestas adecuadas a las enfermedades no es tanto culpa de los investigadores como de la falta de ambiciosos programas de investigación, de inyectar dinero de manera constante, sin recortes posibles, y de que los países, de forma individual o conjunta, se propongan de una vez por todas dar un impulso permanente a las investigaciones que más nos preocupan y que son causa de que perdamos a seres queridos, cuando la lógica nos dice que les quedaban más años de vida por delante.

Hace unos días, con motivo del nacimiento de su hija, Mark Zuckerberg, dueño de Facebook, anunció que donará el 99% de las acciones de esta compañía (con un valor actual de 45.000 millones de dólares) para que su retoña crezca en un mundo mejor. Que no se lo tome a mal este y otros multimillonarios, pero no quiero poner mi futuro en manos de señores y señoras que reciben el calificativo de filántropos, porque donan en un momento dado una parte importante de su gigantesca fortuna a una causa concreta. Esto siempre ha existido. En siglos anteriores al actual, los hospitales tuvieron un primer impulso de la mano de donaciones de particulares que apostaban pasar de los buenos deseos a los hechos en forma de una asistencia sanitaria permanente.

Lo cierto es que vamos para atrás en investigación y además se deja en manos de las grandes corporaciones científicas o médicas, que esperan de los resultados unos suculentos beneficios, que en el caso de algunas marcas conocidas concretas son cifras que producen mareo. Ahora bien: ¿qué ocurre con las investigaciones de determinadas enfermedades que afectan a poca población? Las grandes multinacionales no suelen pararse en estos casos, porque anteponen las ganancias a unos resultados costosos de investigación. La medicina universal tiene de grande sólo el nombre. En África aún se dan enfermedades que son impensables en otros lugares. ¡El Ébola! No deja de ser repugnante que cuando el Ébola pasó de Sierra Leona o Liberia a Washington, Londres o Madrid, los países poderosos se movieron con celeridad para encontrar finalmente el antídoto que les librara de una segura plaga de mayores consecuencias.

Cuando se habla de vacunas caras, para curar cualquier brote de lo que sea, en cualquier parte del mundo, experimento un asco tremendo hacia mi especie.

Que una vida no tiene precio es sólo una frase hecha que no va a ningún lado. En una parte del mundo almacenamos toneladas de medicamentos que en la mayoría de los casos no necesitamos  (y más tarde tiramos a la basura), mientras que hay zonas enteras en las que no saben lo que es una simple aspirina. Cuando pedimos y exigimos dar soluciones al cáncer o al SIDA, tampoco podemos dejar de lado la falta de una mínima sanidad en la mitad del planeta. Con la crisis hay muchos países que se han impuesto, incluso constitucionalmente, no gastar más del presupuesto que se aprueba cada año. Puede que sea lo más coherente para las denominadas finanzas públicas, incluidos ajustes y recortes, pero cada vez se echa más en falta destinar importantes recursos a la curación de aquellas enfermedades de nuestro tiempo, que demandan soluciones más concretas que las simples intenciones que cada dos por tres salen en los telediarios.

Cáncer y Sida en punto muerto
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